Las dos grandes catástrofes
europeas, la Guerra Civil Española y la última Gran Guerra ,
desplazaron a artistas e intelectuales europeos que acudieron a
buscar refugio en esta isla. Todos traían en su haber las ansias de
laborar y de enseñar lo aprendido, después de los horrores pasados y
de haber superado la intranquilidad que amenazaba sus vidas.
La afluencia de artistas
exiliados fue numerosa. Santo Domingo era el punto de entrada a al
continente. Muchos vivieron aquí por unos meses y partían de nuevo a
conquistar América (como Pablo Casals, quien se establece en Puerto
Rico). Otros se quedaron y repartieron aquí su conocimiento e
inquietudes. Traían consigo las últimas novedades europeas del arte,
pero al alojarse bajo nuestro cielo tropical, se sorprendieron por
la intensidad de su luz. Una luz que al principio no acertaron a
reproducir en sus lienzos. El ambiente distinto hizo que los
extranjeros se encariñaran con nuestro sol, con nuestras costumbres,
y fueron seducidos por la manera de ser del dominicano.
La obra que producen los
emigrantes en nuestro país adquiere de pronto, otro giro, otra luz,
otra dinámica. Las tendencias que habían traído de Europa adoptan
aquí nuevas formas. Sus conocimientos se enriquecen, la actitud es
otra. Los artistas dominicanos captan el sentido de aquella novedad
e integran muchos elementos estructurales a la obra producida por
ellos.
Desde 1940, antes de la
inauguración de la Escuela Nacional de Bellas Artes, se celebraron
varias exposiciones donde se hermanaban nombres nacionales y
extranjeros.
Se consiguió una atmósfera
favorable y con el aporte estimable del talento nativo, hubo un
extraordinario florecimiento del arte. La desgracia de ellos se
transformó en una bendición.
Todavía hoy no sabemos qué
habría ocurrido en nuestro país y en nuestro arte sin ellos, porque
esos emigrantes influyeron en casi todo aspecto de la vida nacional.
Y ciertamente ellos le dieron un salto cualitativo a la vida
dominicana. Entre los que vinieron hubo campesinos, músicos,
actores, arquitectos, y profesores que aportaron a la educación y a
la ciencia. Uno de ellos fue el profesor Malaquías Gil, quien vivió
y trabajó hasta hace poco entre nosotros.
Rafael Días Niese, fue un
intelectual dominicano que había llegado de regreso en esos
momentos. Él fue la persona clave para capitalizar los valores que
habían llegado al país, e influyó, en las altas esferas del poder,
para que se tomaran las decisiones críticas para la cultura
dominicana. Aprovechando la avalancha de los conspicuos artistas e
intelectuales que se habían refugiado en el país, el Doctor Díaz
Niese propuso la creación de varias instituciones claves de la vida
cultural dominicana, como la Escuela Nacional de Bellas Artes, la
Orquesta Sinfónica Nacional, la Escuela Nacional de Teatro y el
Conservatorio Nacional de Música.
Entre los inmigrantes se
contaban en esa época fructífera del arte dominicano estaban Josep
Gausachs, Manolo Pascual, Eugenio Fernández Granell, Francisco
Rivera Gil, Monia André, Josep Fulop, Antonio Prats Ventós, José
Allosa, Carlos Solaeche, Ernesto Lothar, Emilio Aparicio, George
Hausdorf, Gilberto Fernández Diez, Compostela, Malaquías Gil, Ángel
Botello, Enrique Casals Chapi. De los dominicanos se destacaron
Celeste Woss y Gil, Jaime Colson, Darío Suro,Liliana García, Elsa
Divanna, Marianela Jiménez, Noemí Mella, Nidia Serra, Silvano Lora,
Domingo Liz, Fernando Peña Defilló, Oscar de la Renta, Eligio
Pichardo, Gaspar Mario Cruz, Rafael Pina Melero, Gilberto Hernández
Ortega, y Luichy Martínez Richiez.
JOSÉ SALDAÑA