Hay un rumor de tambores y de ritos en las
pinturas del dominicano Antonio Guadalupe. Pareciera como si su pincel
se moviera secretamente al ritmo de antiguos atabales, al compás de las
ceremonias taínas de iniciación, o de las rondas y espadas de los
conquistadores. Esa acendrada mezcla de elementos hace de la pintura de
Antonio Guadalupe, una de tremenda fuerza.
Es una pintura enraizada en el pasado cultural
de la isla pero que encierra una clara visión del porvenir, de un futuro
que el artista intuye luminoso y exaltado. Pero no dejan de existir en
sus imágenes fuerzas encontradas, diametrales, vivas disquisiciones y
antagonismos que son las que otorgan a su obra esa innegable dinámica,
esa sensación de torbellino, de huracán, de fuego que devora, como la
guerra, los pastos y los campos.
Pocos pintores dominicanos reúnen con tal éxito
en sus lienzos esas batallas. Pero las de Antonio Guadalupe apuntan
siempre, con el correr de los años, al portento de un final glorioso. De
modo que cada lienzo de Antonio Guadalupe es una invocación, un canto a
las fuerzas telúricas, a la bondad invencible que nos aguarda en el
futuro.
Es esa visión triunfante del ser humano sobre
la opresión y sobre la guerra misma lo que hace de las pinturas de
Antonio Guadalupe no solo objetos de arte, sino verdaderas canteras de
premonición que nos recuerdan, con la distancia de los años, a las
alfombras de oración que los aborígenes de África y de Australia cuelgan
aún en sus paredes y miran con reverencia antes de buscar, y encontrar,
el sueño.
FERNANDO UREÑA RIB