De las pinturas del mexicano Francisco
Corzas emanan gestos sombríos, taciturnos, que obedecen
quizás a una tragedia escondida, a una sórdida pesadumbre, a
alguna angustia existencial que mueve el pincel de este intenso y
formidable artista de México y del mundo.
Una sutil mezcla de dolor y placer liban sus sesiones con
modelo, sus mujeres a medio ataviar, sus hombre solitarios que
buscan con nostalgia un amor que nunca fue, o que creen advertir a
una madre en la hembra, o a un agresor en el personaje
escondido que merodea en la penumbra luminosa de sus pinturas como
un signo, como si el pintor narrara episodios que al mismo tiempo
quiere olvidar, pero cuyo regusto amargo es imposible de sacar a
menos que esa hiel se esparza como el óleo sobre la superficie
pulida de sus lienzos.
Esa sensualidad permisiva oculta pues un horror y es más bien
una huida, un escape que una tentación inevitable. Aún sus mujeres
de compañía padecen de alguna soledad que les destroza el alma y
que rechaza en el fondo la misión aparentemente grata que les toca
vivir, al margen de la sociedad y de sus mimos.
Es ahí donde radica la fuerza y la intensidad de la obra de
Francisco Corzas, un pintor mexicano que murió a destiempo.
Fernando Ureña Rib