Encontramos
pues los dos requisitos que determinan el dominio del color: la belleza
intrínseca de cada uno de ellos, la armonía que resulta de la combinación
de varios colores, enriquecidos por una sutil gama de tonos. Fernando
Ureña Rib mostraba de repente su ciencia de las medias tintas, de
difíciles matices. Rosados tiernos, amarillos tenues, azules de cielo
límpido que proponían una seducción exaltada por los acordes contiguos y
por superposiciones ligeras, hábilmente transparentadas. Además, otra
selección ardua en los efectos a lograr, los colores nocturnales, sordos,
matizados aparte de proyectar las tonalidades claras, francas vibrantes,
planteaban a la segunda mirada su profundidad y su valor cromático propio.
En muchos de los cuadros expuestos sobresalía esa interacción fructífera
en sus afinidades y sus contrastes.
Comprobando
esa eficiencia del colorido que acabamos de mencionar, siguen vigentes las
afirmaciones de Baudelaire: "Las sombras se desplazan lentamente y hacen
huir delante de ellas o apagan los a medida que la luz desplazada también
hace resonar nuevos tonos". Lo que el gran poeta y esteta llamaba "la
sinfonía del día" se manifiesta intensamente en las composiciones
recientes de Fernando Ureña Rib. La luz, la luminosidad muy bien trabajada
como fuente múltiple del color, interviene a modo de participante esencial
del repertorio plástico, todo armonía, nunca conflicto.
Existía
ese común denominador en todas las telas. No obstante, algunas en
particular intensificaban tanto el elemento luminoso que ese se convertía
en refulgencia fascinante. Así pues, una de las bellas y líricas obras,
"Suprema energía del Amor", se convertía en un fuego cruzado, en un juego
de destellos multicolores y vibrantes, en auténtica sinfonía de luz. En la
parte inferior del lienzo, un cuerpo yacente apenas insinuado, intervenía
más bien como origen de aquella irradiación centelleante. Si la energía
lumínica reinaba de manera singular, se destacaba igualmente la
investigación renovada de la forma. Tendemos a calificar esa fase de la
creación de Fernando Ureña Rib como abstracta o neoclásica, porque la
morfología representativa del mundo conocido e identificable cedía ante
estructuras imaginarias, ante el estudio acentuado de la forma, del color
y de la luz. Sin embargo, ya que nunca hay una ruptura sino una
metamorfosis en la trayectoria de Fernando Ureña Rib todavía
reminiscencias de la naturaleza nutrían la nueva configuración. Tal vez la
mejor clasificación para esas contigüedades, superposiciones o fusiones
sería de biomorfismo, por su índole orgánica fundamental, por la vida que
late y habita en los espacios pictóricos. Transmutaciones carnales,
frutales, florales, hasta mecanicistas pueblan la atmósfera sustanciosa o
totalmente aérea. Sobre la base de esa iconografía mágica mantendríamos
nuestra denominación inicial de una comunicación surrealizante y
fantástica, planteando una modalidad diferente para el surrealismo
dominicano, síntesis poética, vegetal, sensual, casi dionisíaca.
Por
supuesto, considerar "surrealista" el reciente y actual período de la
pintura de Fernando Ureña Rib podía suscitan una discusión, si remontamos
hasta el purismo original de ese movimiento, cuando "suprarrealidad" se
identificaba con "suprarracionalidad". Así mismo se requería la
observancia de modelos estrictamente interiores, y el fluir automático de
la creación, ajeno a la lógica y al método.