Al
alba empieza la faena. La siniestra de
Gaspar Mario Cruz
empuña la gubia o el formón y la diestra el mazo poderoso. El
tronco, previamente curado con paciencia, va siendo decantado. Se le
entrega, desnudo de cortezas, como materia abierta a posibilidades
múltiples. Golpe a golpe, fibra a fibra,
Mario discute
con los nudos, ahuyenta las impurezas. No hay prisas. El grano surge
apretado, la masa firme, la materia dúctil. La figura asoma sus
perfiles, tímida y confiada. Ahora el escultor es un testigo de la
gradual transformación de los volúmenes y éstos le van atrapando
poco a poco en un diálogo que le endulza los ojos. La madera cede
sus secretos a la mano certera.
Ni la
mano ni la imaginación se detienen hasta no despedir las últimas
luces de la tarde. Afuera se escuchan los murmullos, pero nadie ha
osado irrumpir. La imaginación es en
Mario Cruz un refugio, un ejercicio cotidiano, urgente, solitario. La
imaginación está en la palma de su mano, brota de la yema de sus
dedos, del borde afilado del cincel. Es posible tocarla. Las
imágenes se agolpan, se suceden, se traslapan, juegan, se encaraman
las unas sobre las otras. La limpieza ( la pureza) no está solo en
cada rostro que se alza e implora, ni en cada pliegue que se
desdobla y se convierte en ala o en canción; está en esa alma capaz
de alcanzarla.
Mario,
el niño, imagina y recuerda. El nos cuenta su vida con las manos.
Cincuenta años, formón en mano. La Escuela de Bellas Artes tres
veces por semana, al filo ardiente de la una. Las áridas batallas
del Colegio de Artistas. Hoy sus alumnos todos están aquí,
respetuosos. Algunos son ya maestros. Son muchas las historias. Son
muchos los años, las pasiones. Todos esperamos ansiosos el final de
los interminables discursos para darle un abrazo.
Al
otro lado del patio y frente a su taller se levantaron ayer los
muros del olvido. Pero
Mario ignora
el olvido, ignora la indiferencia, el despiadado trajín urbano. El
trabaja y recuerda. Sus años primeros. No.
Mario no ha
perdido la infancia. O mejor, la frescura de la infancia. El
jolgorio de niños, el aro, la rayuela, la garata con puño. Atrapa su
memoria un pasado que pulula todavía y con sabia madurez lo moldea,
lo lima, lo pule, lo bruñe, le saca brillos insospechados. La
acerada pátina se convierte en epidermis corpórea, cálida, pero
subsiste una espiritualidad sensual y el recuerdo es ahora no solo
tangible, sino entrañable.
Mario
se ha ido muy lejos. Su mente discurre entre álamos y laureles, en
frondosos parajes virginales. Allá ha creado dioses o los ha
hallado. Le esperaban, quizás. Sus imágenes, se diría, pertenecen a
algún templo ignoto. También ha rescatado reyes, amos y súbditos de
una mitología particular, de una cierta demiurgia. Pero no son los
otros a quienes
Mario plasma. No es el mundo de allá afuera. El ha creado un
paraíso que le comprende. Es su universo íntimo y ceremonial. Su
escultura es auténtica, única, poderosa. Es su mas hondo y exacto
reflejo. A tal punto que no sabemos ya si son estos dioses
bondadosos quienes han creado a
Gaspar Mario Cruz
o si es al revés. Es la magia del arte, es el portentoso reino de la
imaginación.
Jeannete
Miller, en un extenso y bien ponderado ensayo sobre la obra de
Gaspar Mario Cruz,
sugiere con razón que ésta nos recuerda el espíritu sinuoso de la
escultura barroca. Pero es posible ir más allá. Las esculturas de
Gaspar Mario Cruz
también se acercan lejanamente ( esto es, una cercanía que excluye
la contigüidad) a los conjuntos de la escultura gupta y postgupta de
la India y que corresponden cronológicamente, en el arte occidental,
al período gótico. Este acercamiento no es puramente formal (las
curvas se enlazan y desenlazan vertiginosamente) sino espiritual.
Surge de la manera en que los cuerpos se tocan y de lo sagrado y
ritual de ese contacto. A través de la bruñida piel de cada una de
sus piezas aflora inviolable la ternura.
Gaspar
Mario Cruz llama "Familias" a esos grupos silentes. Y en efecto,
los cuerpos pulsantes se integran o aproximan con latente vitalidad
aunque sin violencia, sin desmesura. Se abrazan mansa y
ceremonialmente, se entretejen, se unen sin poseerse, como si esa
unión ocurriera después o mas allá del amor. No hay excesos, no hay
sexo, tan solo su veneración trascendente.
Si
nos empeñáramos en hallar una palabra capaz de describir el espíritu
que habita detrás de la formidable muestra de esculturas que la
Galería Ultimo Arte presenta en homenaje a los cincuenta años de
labor artística del dominicano
Gaspar Mario Cruz,
esa palabra tendría que ser AMOR. Esta es una obra de amor y de
dedicación absoluta.
Mario Cruz es un ejemplo viviente de tenacidad, de paciencia y valentía
frente a un medio apático e incomprensivo. Pero él nunca ha dejado
de atrapar sus sueños. Y sobre todo, a los cincuenta años de labor,
Gaspar Mario Cruz
es para nosotros un incomparable ejemplo de maestría.