MAL ENAMORADA
El lunes dos de septiembre la
enterramos. Lucía todavía su corona
de azahares y su rostro lívido
recordaba el de esas vírgenes puras
en las imágenes antiguas de la
catedral. El pelo le ondeaba en
bucles sobre el cuello espigado y
sus manos con anillos de plata se
cruzaban sobre el delgado talle de
su vestido blanco, inmaculado.
Un
crucifijo luminoso bendecía su
pecho. Sentí la tentación de
acercarme y besar sus labios por
última vez pero un gesto del
Cardenal me lo impidió. "Debe
descansar, ahora," me dijo, "sería
un sacrilegio más y han sido ya
demasiadas las desgracias para su
corta edad."
Me senté en un rincón de la capilla,
inundada de sus aromas, incapaz de
articular palabra o pensamiento
alguno. Intenté orar, pero la
ofuscación me impidió acercarme a
Dios. Prefería recordar dulcemente
el día en que la vi por primera vez,
en la eucaristía, muy cerca de la
capilla donde la velábamos. Fue en
el altar mayor. Ella levantó sus
ojos, me miró y abrió sus labios
para tomar la hostia y mis dedos
rozaron con un leve temblor aquella
boca tierna que parecía un milagro.
Luego vinieron las confesiones cada
tarde, al terminar la misa de las
seis. Ella se arrodillaba en mi
confesionario y decía, con voz casi
divina, abrigar en su pecho un amor
tan hermoso como imposible, que la
torturaba y le impedía dormir, que
se metía en sus sueños y la alzaba y
la ponía a rondar la noche como a
alma en pena. Su madre la encontraba
vencida, hacia el filo del alba,
echada al tronco de un gran naranjo
en el jardín, cubierta de azahares.
Y ese olor de azahares se abría paso
entre las rejillas del confesionario
y embriagaba mi cuerpo casi tanto
como sus suspiros.
"Estás mal
enamorada, Alina", le advertía, "muy
mal enamorada. Y uno se enamora de
alguien sólo si uno mismo se lo
permite; Si uno admite esos
pensamientos ellos crecen dentro de
uno y se expanden y te recorren el
cuerpo entero y penetran tu corazón
y tu piel y tus instintos. Y ya ves,
ahora tus sueños están siendo
invadidos por ese deseo poderoso que
no te deja vivir, que te deja
ansiosa y angustiada."
Lloraba. No valieron ayunos,
penitencias, letanías. Padecía de
estados febriles, desfallecía al
subir las escalinatas de la
catedral, estaba débil, ausente. Le
dije que tenía la voz más hermosa
que jamás había escuchado y era
recomendable que ella se inscribiera
en uno de los grupos corales de la
catedral. Fue un alivio.
Nada como
las liturgias para levantar el ánimo
y la fe. Al final de los cantos
venía a verme y sonreía feliz, con
el pecho henchido por la gracia
divina. Nos quedábamos charlando
largo rato en la sacristía o la
invitaba a subir y ver la ciudad
morir en el atardecer desde la
altura de los campanarios. Su
aspecto mejoró y sus mejillas
retomaron el leve tono rosado de la
primera vez. Una tarde, en el
campanario y como premio a sus
progresos le regalé un anillo de
plata, de esos que venden los
buhoneros de la catedral.
No sé cómo
ella habría interpretado el
significado de aquel gesto, porque
sin que yo pudiera evitarlo ella se
echó sobre mí y me besó en los
labios con esos labios suyos,
inevitables, que contenían el sabor
de la gloria del cielo. "Es un
regalo de de la Providencia", me
justifiqué yo, mientras seguí
probando de sus mieles.
Luego de aquellos besos fui yo quien
atravesó un período de crisis, de
penurias y de dudas, como San
Agustín. Mientras ella se presentaba
cada tarde más hermosa y florecida
que la corona de azahar que traía en
el pelo y que inundaba el atrio de
un olor a campo y a futuro; yo
languidecía.
Me reproché acremente
el desliz y aumentaron mis
contradicciones. Mi vocación está en
juego, razoné. Alimentar ésta pasión
nos conducirá irremisiblemente al
sexo y ahí, en el sexo está Dios,
porque en él se anidan tanto el
poder de la vida como el poder de la
muerte. El sexo es un lugar sagrado.
No puede uno acercarse allí con las
manos o el corazón inmundos. Si
cedía a sus deseos o a mis propios
instintos jugaba a destruir un alma
preciosa que Dios me había
encomendado y a la que amaba
hondamente. También corría el riesgo
de cometer un pecado que pudiera
condenar la mía. Recordé aquello de
San Agustín: "el pecado nos acerca a
Dios" y eso redoblaba mis dudas.
No tenía alternativa que pedir
consejo a mi propio pastor, el sagaz
Cardenal. Hice arreglos para la
confesión. En el mismo reclinatorio
donde se apoyaron las rodillas de
Alina, estaban ahora las mías,
temblorosas. Fue tajante. Aquello
tendría que terminar aquella misma
tarde. Yo era su mano derecha y mi
conducta empañaba la suya. Él no
podía abrigar a su lado un material
tan explosivo como el romance
referido. No. Además en este caso no
valía la discreción. Alina era hija
de una adinerada familia dedicada a
la perfumería y a las esencias y el
escándalo social e incluso político,
serían mayúsculos y las ondas
expansivas de una explosión similar
alcanzarían al Papa.
Me quité el crucifijo, lo puse en
las manos de Alina, apretándolas
entre las mías. Con gran dolor y de
la misma manera como habló el
Cardenal se lo expliqué aquella
tarde, contemplando la ciudad y a su
alma morir, en aquel campanario,
ahora triste y desolado, que llevaba
siglos repicando gloria. Ella me oyó
sin pronunciar palabra. De sus ojos
no brotó una lágrima. Bajó corriendo
la espiral de las escalinatas. No
regresó al coro ni al confesionario
y no volví a verla hasta el lunes,
el día que velamos su cadáver en la
capilla ardiente.
Ese día su madre me dijo que le
volvieron todos los síntomas del mal
de amor. No comía, no dormía, era
atacada por estados febriles y
alucinaciones y en las noches volvió
a vagar por el jardín, casi desnuda,
recogiendo azahares, sonámbula y
embriagada de amor. Un desconocido
atravesó los muros y penetró el
jardín, la noche del domingo. La
encontraron lívida, desgarrada y
sangrante al pie del gran naranjo.
Sus manos empuñaban el crucifijo que
yo le había entregado. Ella murió,
desangrada, al filo de las seis.
FERNANDO UREÑA RIB
MEXICO.21 DE SEPTIEMBRE 2003