Una
experiencia reciente, relacionada con
Manolo Pascual
y la red cibernética, ha sido tan remuneradora y misteriosa, que merece
ser compartida con todos aquellos que se interesan por el arte y las
cosas que ocurren en ese otro mundo, paralelo y virtual, del Internet,
con su insondable maraña de laberintos. La historia es verídica.
Mis
lectores no ignoran quién fue
Manolo Pascual.
Lo recuerdan como uno de aquellos artistas que escapó de las atrocidades
del Generalísimo Francisco Franco. Saben que algunas de sus esculturas y
bocetos se muestran aquí en el Museo Bellapart y en el Museo de Arte
Moderno. Y que fue él uno de los fundadores de la Escuela Nacional de
Bellas Artes en los albores de la década de los cuarenta. Así que muchos
no han olvidado cómo él llegó a Santo Domingo, junto a un grupo de
notables músicos e intelectuales y en medio del estupor de la guerra
civil e ideológica que desgarró a España de 1936 a 1939.
Pero lo
que quizás ignoren o hayan olvidado es que nuestro escultor tenía una
hija. Que la hija, fue el producto de su breve matrimonio con una joven
judía a quien había él había conocido mucho antes, en París, a
principios de los años treinta. Aquella niña fue separada de sus padres
a la tierna edad de cinco años y fue a parar a Rusia como parte de un
grupo de niños españoles refugiados de la guerra. Durante nueve años
vivió la niña en Rusia, alejada de los suyos. La madre murió sola en
París, en 1940, como consecuencia del holocausto y del exterminio Nazi
ejecutado contra los judíos.
Por más
de cinco décadas, el angustioso dolor de aquella madre continuó
palpitando en el pecho de su única hermana sobreviviente, llamada Else
Englen, quien luego se radicó en Suecia y dedicó gran parte de su vida a
buscar a aquella niña abandonada en los campos de refugiados en Rusia.
¿Pero cómo encontrarla? ¿Dónde? ¿Bajo qué nombre? A no ser por una serie
de coincidencias y las virtudes del Internet aquel dolor habría podido
bajar con ella a la tumba.
Usted
no tiene que ser detective para intuir que el único indicio válido para
encontrar la sobrina perdida era la referencia del padre escultor. Así
que la tía Else se empeñó en seguir su rastro. Escribió cartas a la
Academia de Roma, donde nuestro escultor había ganado premios de
escultura en el 1936, indagó en ciertas municipalidades de París, hurgó
en los archivos de distintos gobiernos y nada. Con el correr de los años
aparece el Internet y el correo electrónico y la tía Else pone manos a
la obra y utiliza sus recursos de búsqueda con profusión.
Sin
embargo, para el tiempo en que el Internet alcanza un gran desarrollo,
el escultor
Manolo Pascual había muerto.
Él había vivido sus últimos años en Nueva York, adonde había huido a
finales de los años cincuenta.
Manolo
había sido víctima de las presiones que le había impuesto el mismo
Trujillo. Resulta que Ariadne (que así se llama la hija de
Pascual)
vino al país a los trece años y empezó a estudiar en el Colegio Santo
Domingo. La presencia de una niña "rusa" hija de un escultor español
republicano causa revuelo y a él se le acusa de comunista. Así que se
trasladan. Al llegar a la Gran Manzana,
Manolo
empieza a enseñar escultura en la New School for Social Research y entre
sus alumnos está la hoy famosa escultora Josephine Hurst, quien le
menciona como su maestro en las páginas del Internet.
Un día,
mientras hago en el Internet un estudio sobre la obra de
Manolo Pascual,
caigo en las páginas de Josephine Hurst y le escribo. Ella me dice que
había alguien desde Suecia haciendo indagaciones sobre la hija del
fenecido maestro y me comunica con ella por correo electrónico. Era la
tía Else. Ella barajaba una serie de nombres errados. Imposible
encontrarla de esa manera. Gracias al crítico e historiador José Saldaña
y a una entrevista publicada por doña María Ugarte pudimos dar con la
clave. Utilizando un buscador hallé el nombre y la dirección exactas de
la hija de Manolo Pascual. La llamo. Le
digo que su tía Else, cuya existencia ella ignoraba, la estaba buscando
minuciosamente desde hacía años.
El
feliz encuentro familiar no tardó en producirse. Ariadne Palmer Wright,
sus siete hijos y sus ocho nietos se reunieron con Else en Austin, Texas
poco antes de la Navidad. En la sinagoga, el Rabí dijo un Kaddish por la
madre ausente y por las víctimas de Auschwitz. Gracias a esta proeza de
los ordenadores se aligeró un gran peso de los hombros de Else y
compartimos hoy su felicidad y su alivio con la hija de
Manolo Pascual,
ese gran escultor nuestro.