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CUENTOS DOMINICANOS
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EL SOBRESALTO
cuentos dominicanos
FERNANDO UREÑA
RIB
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EL SOBRESALTO
I
La vida de Ofelia transcurría sin sobresaltos. Algunos problemas menores
irrumpieron en el hastío y la monotonía de sus casi tres décadas de matrimonio.
Sus hijos y su marido la amaron y compartieron con ella una cotidianidad
tranquila y reservada que en muy poco difería de las demás familias que vivían
en aquella zona residencial de Gascue.
Pero una mañana don Ernesto Silveira amaneció muerto sin que nadie supiera por
qué. Como conservó para la eternidad una espléndida sonrisa, nadie puso en duda
que se trataba de una muerte natural. No había rasguños, forcejeo, ni marcas de
angustia o de lucha. Los médicos amigos de Ofelia descartaron un paro cardíaco o
algún derrame cerebral, porque no apareció la menor señal de estertores, babas
ni agonía.
En la funeraria su rostro se veía rozagante, iluminado. Todos aceptaron la
repentina muerte como una decisión divina o como acto irrevocable del destino.
Todos, menos Ofelia. Ella encontró en su traje vestigios y evidencias que en
aquel sombrío momento decidió callar. “Le llegó su hora y murió” dijo secamente
Almar, el hijo mayor. Airina, la menor, se limitó a rodearla por los hombros,
sin decir una palabra.
Ellos sabían que desde hacía algunos años la pareja había decidido dormir en
habitaciones separadas de la amplia mansión, heredad de Ofelia. Se dijo que era
solo debido a los estruendosos ronquidos de Ernesto. Se reunían para cenar a las
siete y a eso de las ocho don Ernesto salía a su caminata habitual que según él
le llevaba a los casinos del Malecón, al Ateneo o alguna de las tertulias con
sus amigos poetas, vagos y pintores que se reunían en El Cantábrico.
A Ofelia no le importaba. El sexo era para ella historia antigua. Le era menos
trabajoso encender el televisor o hablar con las amigas al teléfono. Se acostaba
puntualmente a las diez y a eso de las ocho de la mañana le traía sus pantuflas,
el café y los periódicos. Ernesto se tardaba un par de eternidades leyendo en su
baño y no salía hasta repasar los titulares, las notas editoriales y las
luctuosas. No había discordias. Los diálogos entre ellos eran parcos y rozaban
apenas alguna novedad social o familiar. El almuerzo y la cena los servía
Azucena, una joven mucama que Ofelia misma había entrenado en las artes del
hogar.
La noche antes de su muerte, Ernesto cenó poco. Se retiró a sus habitaciones y
ella sólo sintió la aureola de su perfume revoloteando el aire, cuando él se
escabulló por el pasillo sin el acostumbrado beso de buenas noches. Esa noche
repetían una de esas películas interminables de la televisión que Ofelia nunca
lograba ver completa. Se acostó muy pasadas las doce si oír a Ernesto llegar. Se
durmió a eso de la una, vencida por las imágenes tumultuosas del film.
Cuando fue a llevarle las pantuflas ya él estaba muerto. Lucía impecablemente
vestido y oloroso. Una sonrisa inefable iluminaba su rostro. No fue preciso
vestirlo ni maquillarlo para las honras fúnebres. Los de la casa mortuoria solo
tuvieron que trasladar el cuerpo al ataúd. Ella hizo un par de llamadas y al
poco rato empezaron a llegar coronas de flores de las logias, tertulias,
empresas e instituciones a las que perteneció. En la misa de cuerpo presente el
párroco elogió las ejemplares dotes morales del varón y sus generosas
contribuciones a la iglesia.
Ofelia mantuvo una postura digna y serena durante las exequias. No derramó una
lágrima. Antes de que terminaran los sufragios y partiera el ataúd, ella
contempló la apacible sonrisa del difunto y revisó una por una las coronas que
continuaban llegando. Del gobierno, de los líderes políticos, de los gerentes,
de los generales, de los familiares lejanos. Entre todas hubo una que le llamó
la atención. Orlada sobre un fondo de rojo tafetán oscuro se leía: “De Lucía, tu
último y más grande amor.”
Arrebatada por un irracional impulso, Ofelia Santander de Silveira se volteó
iracunda y su mirada fulminante tropezó con el rostro de una mujer joven y
desconocida, tras unos lentes oscuros, vestida de negro. Y sin decir una
palabra, obedeciendo instintivamente el mismo impulso, Ofelia dio rápidamente
tres pasos y en un sobresalto, propinó una sonora y memorable bofetada a la cara
de Lucía Cienfuentes. Para alivio de todos, quienes conocían esa historia
secreta, menos ella.
FERNANDO
UREÑA RIB
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DE AMOR Y GUERRA
En secreto, y antes de salir en campaña
militar a tierras lejanas, el general Kan
Tien Su se hizo leer la palma de la mano.
La mujer, que era ciega, vio que él habría
de encontrar un castillo inexpugnable, una
princesa virgen y el pozo de la muerte. No
hizo comentarios, durante el largo y
silencioso recorrido en el que tocaba con la
yema de su índice, las callosidades, las
líneas, los valles y los montículos en la
palma de la mano del general Tien Su. Ella
adivinaba el intenso paisaje de la vida del
joven militar. Entonces dijo: “Encontrarás
el amor. Y eso quizás te salve.”
Tien Su alzó la espada para matarla y
ella levantó la cabeza. En sus ojos había
nubes dispersas. A la prestidigitadora no
se le había informado que Tien Su era un
hombre poderoso, de modo que le dijo sin
miedo: “Si cortas mi cabeza, la tuya caerá
rodando en el pozo de la muerte hacia el
amanecer”. Tien Su envainó la espada
ensangrentada y salió presuroso hacia el
campamento. Repasó, intranquilo, las
armas, las banderas y guarniciones, los
animales de la infantería y el equipo.
Su mirada sombría se iluminó al llegar
al castillo. Una princesa muy joven le
esperaba al umbral de las dehesas. Estaba
desarmada y desnuda, bajo un sayo sutil de
almidón blanco. Ella le abrió los brazos y
preguntó “¿Por qué pelear y morir si hay
cosas mejores?” Lo condujo a las recámaras
reales, lo unció con ungüentos y lo amó
envolviéndolo en mantos de locura. Luego,
mientras él dormía, al filo de la noche,
llegaron soldados reales, lo degollaron y lo
echaron al pozo de la muerte.
En tanto, el regimiento del general Kan
Tien Su había sido regalado con toda suerte
de atenciones cortesanas. Les enviaron
tiendas, canastas repletas de higos y
dátiles. Hermosas doncellas trajeron
manjares exquisitos, vino de arroz y les
mostraban sus cuerpos desnudos mientras
danzaban. Durante años, los soldados
esperaron afuera, e imaginaron sin prisa que
Kan Tien Su alguna vez regresaría.
Fernando Ureña Rib
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