Dioses que han perdido su cetro y su poder imploran a otros
dioses el milagro de ser. Eduardo Kingman recoge en sus lienzos esa
imagen del absoluto desamparo. El pasado atormentado y aguerrido del
hombre del altiplano, el sufrir del indio de las sierras, el cansancio
del campesino que ara la tierra a las faldas de un volcán y que se
nutre de la lava reseca o su mujer, olvidada en faenas cotidianas e
inútiles, son algunos de los temas que propone el pintor ecuatoriano
Eduardo Kingman.
Kingman es un pintor de fuerza contenida, como esos volcanes
anhelantes de la cordillera andina. El pinta los resabios, las
angustias, y el tormento desolador del hombre común, del caminante,
del labriego. Esa identidad con el dolor es su punta de lanza, su
sello, su innegable impronta.
Pero ese dolor manifiesta una grandeza apenas descriptible. Es la
grandeza del hombre en su fútil destino, es la vida como congoja, como
clamor, como ruego quizás para que haya un viraje, para que el mundo
mejore y cambie alguna vez.
Fernando Ureña Rib