No era raro encontrarse
con él vestido siempre de negro, caminando de manera lenta y sombría por
los alrededores de la Calle del Conde, en la ciudad colonial de Santo
Domingo. Su conversación era audaz, fatigada por el alcohol y un humor
acre, irónico, que castigaba cualquier insensatez con una frase corta y
mordaz. Pero su inteligencia no se manifestaba solo en una conversación
culta, desenfadada y plena de reflexiones filosóficas sobre el arte y la
vida. También salía a relucir en sus pinturas que daban cuenta, a
la manera de Nietszche, de la futilidad de la vida y de lo inútil que
resultaba luchar contra un mundo mal hecho e injusto.
Ese lado oscuro de la vida también era digno de ser contemplado y José
Ramírez Conde lo llevaba al lienzo o al mural con determinación y
fuerza. Las líneas son duras, entrecortadas y su manejo de la anatomía
nos recuerda, de algún modo, la de los muralistas mexicanos y la de
ciertas épocas de Darío Suro y de Jaime Colson, quienes fueron, de
alguna manera, sus maestros. Madres desoladas por la muerte de sus
hijos, esclavos de la guerra, expatriados, el hombre degradado por los
abusos del poder, son algunos de los temas que descansan en estos
trabajos