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Los cuentos dominicanos más
sobresalientes del siglo XX
DIÓGENES CÉSPEDES
A la verdad que la seductora teoría de Bosch encaja
perfectamente a un tipo de cuento que estuvo en boga
en América Latina hasta la irrupción de los modos de
vida urbanos más descalabradores de la paz bucólica
de la llamada novela de la tierra, de la cual el
cuento fue subsidiario antes de independizarse, como
la novela misma, de las jerarquías sociales
campesinas teñidas de prácticas políticas e
ideológicas autoritarias.
Aunque existen excelentes precedentes de cuentistas
clásicos, medievales, neoclásicos, modernos -y sobre
todo en nuestro idioma a partir de El conde Lucanor,
de don Juan Manuel, los escritores nacidos en la
isla de Santo Domingo, así como sus sucesores hasta
el siglo XVIII prefirieron, junto con los lectores
de aquellas centurias, consumir lo europeo antes que
producir lo propio.
No es hasta finales del siglo XIX cuando encontramos
atisbos del cultivo del género cuento que podríamos
llamar inicios, protocuentos, con las narraciones de
César Nicolás Penson incluidas en Cosas añejas y en
el libro Cuentos puertoplateños, de José Ramón
López.
Incluso los autores recogidos por Sócrates Nolasco
en la antología El cuento en Santo Domingo (1957) y
los censados por Emilio Rodríguez Demorizi en la
antología Cuentos de política criolla (2da, de
1963), con prólogo de Juan Bosch, no son en su
opinión, propiamente tales, sino estampas, cuadros
de costumbres, anécdotas, apólogos o sátiras
políticas.
Si uno se remite a las exigencias del propio
Bosch en su ensayo
«Apuntes sobre el arte de escribir cuentos», cuya
primera versión vio la luz en La Habana en los años
40 y el texto ya más acabado del suplemento Papel
Literario del diario El Nacional de Caracas en 1958,
ninguno de los textos que llamamos cuentos
publicados con anterioridad a Camino real (1933),
del propio Bosch, califica en el canon boschista del
relato de un hecho-tema único y de la «fluencia
constante».
A la verdad que la seductora teoría de Bosch encaja
perfectamente a un tipo de cuento que estuvo en boga
en América Latina hasta la irrupción de los modos de
vida urbanos más descalabradores de la paz bucólica
de la llamada novela de la tierra, de la cual el
cuento fue subsidiario antes de independizarse, como
la novela misma, de las jerarquías sociales
campesinas teñidas de prácticas políticas e
ideológicas autoritarias. Tales prácticas condujeron
a muchos escritores del período a subordinar su
literatura a los hechos de la historia. Esto produjo
como resultado una escritura de un plural
parsimonioso -como le llamaba Roland Barthes-,
cuando no unos textos francamente dualistas o
binarios con un clara ideología de lucha entre el
bien y el mal a la cual eran arrastrados los
personajes de la ficción, con su consecuente tributo
al historicismo y al realismo.
Sin embargo, las grandes transformaciones urbanas y
la ruptura de la linealidad historicista
experimentadas por algunos países como Argentina,
México, Brasil -con las urbes modélicas de Buenos
Aires, Ciudad de México y Río- lanzaron al mundo, a
partir de los años 50 y 60, una nueva literatura que
de Borges a
Cortázar, de Onetti a
Bioy Casares, de Lezama a García Márquez, produjeron
nuevas imágenes con las cuales ya no era posible
semantizar la vida y sus contradicciones. El hecho
tema único reacio a digresiones, suspensiones o
desvíos -recuérdese la imagen boschiana de la flecha
disparada por un arco en tensión- se irá por la
borda con la herencia literaria del cubismo, del
surrealismo y con el principio de la descronología
introducida en los años 50 por la teoría y la
práctica de la nueva novela francesa.
Los mejores cuentos. Así como la métrica y la rima
-al decir de Octavio Paz- no
pueden ya decir en imágenes o figuras los sentidos
de la vida moderna, de la misma manera el hecho tema
único y la ley de la fluencia constante no pueden
dar cuenta de la simultaneidad de miles de
acontecimientos que ocurren en el cerebro del
escritor al momento de escribir su texto, sea
cuento, novela o poema.
No es que poetizar o dar cuenta de las
contradicciones de la vida de una gran ciudad o del
problema urbano sea un «progreso» con respecto a un
«atraso» vinculado a la vida campesina. El ritmo,
definido como la orientación política del sentido en
un texto, es lo que decide del valor de la
escritura. Entonces lo que procede es transformar
las viejas imágenes de la vida campesina.
Fue esto lo que hizo Juan Bosch, nuestro cuentista de
mayor importancia, cuando escribió Camino real
(1933), libro que inaugura el género cuento en el
país y elimina el dominio que tuvo hasta entonces la
estampa, la anécdota, la sátira política o el cuadro
de costumbres.
De esa época son también «La Nochebuena de
Encarnación Mendoza», «El indio Manuel Sicuri», «El
hombre que lloró», los cuales rivalizan con los de
la primera etapa: «Los amos», «La mujer». Y no es un
azar que el mejor cuento de Bosch, «La mancha
indeleble», haya sido escrito en Caracas en 1960,
una gran urbe en comparación con Santo Domingo. Pero
no solamente eso, sino que este texto -junto a otros
estrictamente de temática urbana- dicen adiós para
siempre a las figuras de la cuentística campesina.
Es obvio que comparado con algunos cuentos borgianos
o cortazarianos, «La mancha indeleble» simboliza el
auge y caída del Bosch cuentista en beneficio del
Bosch político. La influencia de su escuela
literaria campesina comenzaría a su llegada al país
en 1961, pero también «La mancha indeleble» prepara
a los cuentistas del futuro que adoptaron lo urbano
como una urgencia del decir.
Virgilio Díaz Grullón, con sus cuentos «La enemiga»
y «El espejo» es nuestro segundo mejor cuentista.
La enumeración que sigue no tiene una prelacía en
orden de importancia, sino que responde a un
principio cronológico. Y esta selección, extraída de
los libros publicados por los autores o de revistas,
no implica que no tengan valor solamente los textos
que ofrecemos como ejemplo. Cada autor posee otros
que se leen con interés y pasión y su ritmo no
decae, pero diría que son secundarios con respecto a
los que aquí ofrezco.
Para mí, el mejor cuento de Hilma Contreras es «La
espera» porque en este género planteó en los años 50
el problema de la homesexualidad femenina en el
espacio de lo público.
Marcio Veloz Maggiolo
posee cuentos de mucha calidad, pero a mi juicio el
que lo singulariza es «La fértil agonía del amor»,
título homónimo de su libro publicado en 1987.
Nadie mejor que Pedro Vergés en «Intuición femenina»
para captar los intríngulis de los personajes de la
pequeña burguesía y su relación con el sexo, así
como sus pruritos y desenfados en el orden del
escalamiento social.
J. M. Sanz Lajara, cuentista que debido a su
carrrera diplomática vivió siempre en el extranjero,
escribió un texto cosmopolita que revela el
aburrimiento de esa vida llena de convenciones. El
playboy latino en una urbe que pudiera ser Río por
el carácter casi mecánico que adopta allí el amor y
la actividad sexual, es simbolizado por la anonimia
de los personajes de «Curiosidad», texto que se
encuentra en su libro El candado.
Un cuentista por lo general relegado ha sido
Sócrates Nolasco. Considero que de su libro Cuentos
cimarrones leer, como recreación del mundo
maravilloso, los textos «De lo que vino a encontrar
el que buscaba lo que no se le había perdido», «De
cómo Ezequiel se le disfrazó a la muerte» y en El
diablo ronda en los guayacanes, el cuento homónimo
del título del libro y «Gente de la aldea» y,
finalmente, «Diálogo en la sombra».
Pienso que Ramón Marrero Aristy ocupa un lugar
cimero en la narrativa que pugna por salir del
campo, pero que no llega a la ciudad sino como
periferia, como el lugar del mal. Eso lo logra
primero en «El libertador», incluido en la antología
de Max Henríquez Ureña,
escrita en 1938, pero jamás publicada, y esto por
razones políticas obvias. Ha venido a serlo en 1996.
El otro texto de Marrero que ronda, como transición,
lo rural hacia lo urbano, es «Balsié" , libro de
narraciones, estampas y cuentos publicado en 1938.
El tema de la mujer como perfección de la belleza
platónica es, en Fabio Fiallo, semejante en sus
poemas y en sus cuentos. Tanto Américo Lugo como
Federico García Godoy, Jacinto López y Ana María
Garasino, que comentaron su obra en prosa y en
verso, atinan a señalar la abstracción del topos de
la obra de Fiallo.
Sólo en un cuento que ha dejado la marca del lugar
de su escena- el Club Unión- puede catalogarse de
texto relacionado con la cultura dominicana. Estimo
que un cuento como «Antojo femenino», de Renato de
Soto, es una joyita que cohabita al lado de los
textos del eterno femenino de Fiallo.
La tópica de los cuentos y poemas de Fiallo es el
cosmopolitismo, enredado en el exotismo, el
romanticismo y briznas del modernismo. De ese modo
hay que tomar su escritura y decir que «Ernesto de
Anquises», publicado en la Revista Ilustrada en
1899, es uno de los mejores cuentos de Fiallo. Y a
su lado coloco estos dos: «Subasta de amor» y
«Esquiva», incluidos en Cuentos frágiles (1ra, edic.
de 1934), aunque algunos de estos textos hayan sido
publicados a finales del siglo XIX, el hecho mismo
de que el autor los corrigiera muy avanzado el siglo
XX, les dan una perspectiva temporal propia de la
última centuria.
Delia Weber nos ha dejado bajo el título de «Dora»,
su mejor cuento, incluido en el libro Dora y otros
cuentos (1952). Es un circunloquio del amor místico.
O mejor dicho, el símbolo de la perfección amorosa
como algo inalcanzable. No hay topos en el texto de
Weber, al igual que no lo hay en Fiallo. Lo cual
muestra que era una ideología de época, venida del
platonismo. Y Weber logra, con el desdoblamiento del
personaje Dora en su hermana y viceversa, envolver,
a quienes lean el texto, en la vaga atmósfera de
frustración que termina con el suicidio del
personaje en la sima del mar, otro símbolo de lo
eterno, del abismo y del misterio y de lo
inalcanzable.
La vieja generación de cuentistas se
secó y aún no nace una nueva generación
Con su cuento «Chito», José Rijo tiene derecho a
figurar en esta selección.
Cuando leo los poemas escritos por un Hernández
Franco o un Incháustegui Cabral -«Yelidá» o «Canto
triste a la patria bienamada» o «Invitación a los de
arriba» y, los demás poemas incluidas en Poemas de
una sola angustia (libro de 1940), los cuales son
una crítica del poder y de lo social hecha en el
interior mismo del régimen dictatorial de Trujillo,
me pregunté si en el cuento también ocurrió lo
mismo. Mi búsqueda, que todavía no ha terminado,
encontró tres cuentos que respondieron, como una
débil y velada crítica al régimen, a mi
interrogación. Se trata de «Aquel hospital», de
Virgilio Díaz Ordóñez; «Mi traje nuevo», de Miguel
Angel Jiménez; y, «Un hombre de la calle», de Néstor
Caro. Si en mi buceo literario me encontrara con
otros textos que los desplazaran, con igual punzón
que los de Incháustegui Cabral o Hernández Franco,
los incorporaría a este juicio valorativo.
Ahora sigue una lista de cuentistas surgidos a la
luz pública después de la caída de la dictadura,
fundamentalmente a partir de 1966, una vez terminada
la guerra civil y patriótica.
Los textos de estos narradores, si los consideramos
en su conjunto, tienen deficiencias en la
forma-sentido (problemas de sintaxis, de puntuación,
de conjugaciones verbales, de léxico sobre todo,
pues las faltas a la ortografía sólo son detectables
en los manuscritos, jamás en un libro publicado,
pues no se sabría a quién atribuírselas, incluso si
el autor ha corregido el original). Casi todos
vadearon el tránsito de la literatura de la tierra y
pasaron directamente a la temática urbana, hijos
como eran de la pequeña burguesía de la ciudad.
La prosa revela más que el poema, la falta de
dominio del idioma. Casi todos los poetas de las
generaciones pos-dictadura, esconden tal deficiencia
en versos cortos y libros de menos de cien páginas.
Y cuando cometen una falta visible a la sintaxis,
pueden justificarla con el eufemismo vergonzante de
que están descalabrando a propósito la estructura
del lenguaje o subvirtiendo la lengua.
En la prosa artística o informativo-ideológico no
hay excusa que valga. Sólo el crítico avezado sabe
-y tiene que justificarlo muy bien- cuándo un
escritor viola las reglas sintácticas para proponer
una nueva forma de escritura o para burlarse de la
de otros escritores o para hacer befa de una
oralidad asnal.
Para comparar un modelo de cuento que se ha tenido
como paradigmático y a fin de ilustrar cuanto acabo
de decir, invito a quienquiera estudiar las
variantes que presenta el cuento «Ahora que vuelvo,
Ton», de René del Risco, en su edición de 16 cuentos
latinoamericanos (Coedición Latinoamericana, 1992) y
la que aparece en las antologías dominicanas
anteriores a 1996.
Y con este cuento, que incluyo entre los mejores del
período pos-dictadura tengo, al igual que con los
demás, las reservas expresadas más arriba. Sin orden
de prelacía: Efraim Castillo, «El oidor»;
José Alcántara Almánzar, «Ruidos»; Miguel
Alfonseca, «Delicatessen»; Armando Almánzar
Rodríguez, «Infancia feliz»; Ramón Lacay Polanco,
«El hijo»; Pedro Peix, «Pormenores de una
servidumbre»; Diógenes Valdez, «Antipólux»; Ramón
Francisco, «No hay vacante»; y, Angela Hernández,
«El amor de Ana".
Conclusión. Ha transcurrido un tiempo enorme desde
Camino real hasta hoy. Y de la llegada en 1961 de
Bosch y su teoría sobre el arte de escribir cuentos.
La línea que tomó la escritura del cuento fue la
urbana. Pero el autor de «La mancha indeleble»
siempre tuvo sus reparos con los cuentistas que
emergieron apadrinados por él en el acto de la
Librería Dominicana en 1966. A causa de la flojera
en el dominio del idioma y el manejo del hecho-tema
único.
Hay que darle un poco de razón, pero hay que decir
que los cuentistas de aquellas generaciones se
secaron. Pocos han seguido escribiendo. Como si los
hechos-temas únicos se hubiesen al parecer, agotado
o como si los hechos hubiesen dejado de tener
interés humano. Pero digamos que esa fue una etapa
que ya se cumplió.
Para los que se propongan izar la bandera del nuevo
cuento dominicano que todavía no ha nacido, hay que
decirles que el hecho-tema único no es una
limitación. Es su cronología de reloj suizo la que
no puede seguirse hoy a la letra. Incluso si hay que
resquebrajar la ley de la «fluencia constante» en
favor de la ruptura de la linealidad del relato,
habrá que hacerlo a fin de destruir la ilusión de
realidad que envuelve al lector al atarlo a las
peripecias de una aventura que no tiene otro lugar
que el papel. Hay que hacer de los lectores sujetos
inteligentes e independientes que busquen primero
las leyes con que está hecha una escritura y no las
intrigas que narra. Hay que volver a la aventura del
relato y cambiar radicalmente la escritura
tradicional que uno identifica con el relato de una
aventura. Todos los temas caben en esta nueva
escritura, como cabían en la anterior. Pero para
esta última ya no hay figuras e imágenes que la
digan. A la era de los temas ciberespaciales, de la
astrofísica, de la internet y de la informática hay
que buscarle una nueva forma-sentido. Hay que
poetizar los nuevos horrores, abyecciones y
excrecencias sociales. Fundar el género policial en
nuestra cultura, pero no como ha existido hasta
ahora, sino ligado a las nuevas tecnologías. Si
Rimbaud y Baudelaire se la buscaron a la ciudad
moderna que surgía con la era industrial y el barón
Haussmann, ¿por qué no puede usted hacer lo mismo?
La prosa revela más que el poema, la falta de
dominio del idioma. Casi todos los poetas de las
generaciones pos-dictadura, esconden tal deficiencia
en versos cortos y libros de menos de cien páginas.
Letras dominicanas
cielonaranja@mixmail.com
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Diógenes Valdez gana
Premio Nacional Literatura
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Por JOSE ANTONIO
TORRES, El Nacional Digital
La Secretaría de
Cultura y la Fundación Corripio dieron a conocer hoy
el ganador del Premio Nacional de Literatura, el
escritor Diógenes Valdez, de 64 años, natural de San
Cristóbal.
El veredicto del jurado del Premio fue unánime.
Provinciano, estudioso, discreto y con una obra
literaria consistente y deliciosa, Valdez alcanzó su
consagración al ganar el Premio Nacional de
Literatura 2005, con una dote de medio millón de
pesos.
José Luis Corripio Estrada, presidente de la
Fundación, indicó que el Premio, que incluye además
un pergamino, será entregado en ceremonia solemne el
23 de febrero en el Teatro Nacional.
Entre las consideraciones del jurado resaltan el
manejo de una prosa multicolor, la genialidad de sus
enfoques y la capacidad descriptiva de personajes y
situaciones.
Valdez se inscribe a una exclusiva lista de
literatos que han recibido el principal galardón
literario de la República Dominicana.
Los anteriores ganadores han sido Joaquín Balaguer y
Juan Bosch empatados en la primera entrega; Manuel
del Cabral, Pedro Mir (el Poeta Nacional), Manuel
Rueda; Antonio Fernández Spencer (todos fallecidos).
Además Mariano Lebrón Saviñón, Lupo Hernández Rueda,
Carlos Esteban Deive, Hilma Contreras, Franklin
Domínguez y Andrés L. Mateo.
El jurado del Premio Nacional de Literatura estuvo
constituido por los rectores de las Universidades
Autónoma de Santo Domingo, Católica de Santo
Domingo, Central del Este, Pontificia Madre y
Maestra y Nacional Pedro Henríquez Ureña. Sus
representantes en la labor de escogencia fueron
Diana Contreras (UASD), Padre Ramón Alonso (Católica
de SD), Miguel Phis (UCE y Francisco Polanco
(Pontificia Católica Madre y Maestra).
Por la Fundación Corripio estuvieron en el acto los
asesores José Alcántara Almánzar y Jorge Tena Reyes
y el director ejecutivo, Jacinto Gimbernart.
El acto fue realizado en el local de la Fundación
Corripio de la avenida Núñez de Cáceres y fue
encabezado por el presidente de la entidad, el
empresario Corripio Estrada, quien anunció que la
entidad aumentará su promoción de la literatura
dominicana por medio de su Colección Prisma y se
propone institucionalizar una celebración anual con
motivo de la fecha de nacimiento de Manuel Rueda,
con un programa que incluirá la invitación a
destacados conferencistas internacionales y
conciertos de música clásica.
José Rafael Lantigua, secretario de Cultura,
manifestó su reconocimiento a la Fundación Corripio
por mantener y aumentar su respaldo al principal
galardón literario de la República Dominicana.
Solicitó que para las próximas entregas del Premio
se tome en cuenta a la crítica literaria, género que
ha alcanzado una madurez y una validez dignas de
reconocimiento.
Tan pronto se dio a conocer el veredicto del jurado,
se le comunicó al escritor galardonado.
¿Quién es?
Diógenes Valdez nació en San Cristóbal, el 29 de
mayo de 1941 y desde muy pequeño se inclinó por la
literatura. En su localidad, durante los años mozos
participó de grupos literarios; estudió letras en la
Facultad de Humanidades de la Universidad Autónoma
de Santo Domingo.
Cuentista, novelista, poeta y crítico. Ocupó
diversos cargos relacionados con educación y cultura
y fue director de la Biblioteca Nacional en el año
2001. Galardonado varias veces por los Concursos de
Cuento de Casa de Teatro. Fue Premio Nacional de
Cuento en tres oportunidades. También ganó el Premio
Siboney de Novela.
Obras premiadas
++++La noche de Jonsok (Yelidá I: El sexteto de Fort
Liberté,2001).
++++Huellas en la arena mojada (Yelidá II: El
sexteto de Fort Liberté, 2002).
**** El viento y la noche (Yelidá III: El sexteto de
Fort Liberté, 2003).
**** Las flores hielo (Yelidá IV: El sexteto de Fort
Liberté, 2004).
**** El arte de escribir cuentos (didáctica 2003).
**** El hipocampo y el iceberg (Yelidá V: El sexteto
de Fort Liberté 2004).
**** Raknarok (Yelidá VI: El sexteto de Fort
Liberté, 2004)
**** El cisne enfermo
Premio de Novela de la Universidad Central del Este,
UCE, (2004).
El destacado escritor Diógenes
Valdez, alcanzó el prestigioso ‘‘Premio UCE 2004”,
en el género de novela con la obra titulada “El
cisne enfermo”. El anuncio fue dado a conocer en un
acto efectuado en la sede de ese alto centro de
estudios con la presencia del autor y de las
autoridades universitarias.
El jurado de premiación estuvo integrado, entre
otros, por los escritores Manuel Mora Serrano y
Francisco Comarazamy, quienes destacaron que la obra
fue seleccionada por su indiscutible calidad
literaria y su originalidad, al tratar algunas
facetas de la vida de un cantante lírico en una
convulsa etapa de la historia nacional. El premio UCE de novela entrega al ganador 75 mil pesos,
diploma y la publicación de mil ejemplares de la
obra.
Valdez cierra ciclo de ‘‘Yelidá’’
En otra agradable noticia para
las letras nacionales, Diógenes Valdez acaba de
publicar el último tomo de su serie de novelas
inspiradas en el célebre poema de Tomás Hernández
Franco ‘‘Yelidá’’ bajo del título de ‘‘Raknarok’’.
En esta obra se centra la
lucha de los dioses del panteón noruego y del
panteón voudú por ‘‘la escandinava inocencia de una
gota de sangre’’ que las deidades noruegas exigen
que se mantenga pura e incontaminada, mientras que
los dioses del voudú desmontan estos propósitos de
las deidades blancas y salvan a Yelidá y confirman
el mestizaje como una conquista de la humanidad.
Recientemente, Valdez también había publicado los
tomos IV y V de esta saga,
El IV, titulado, “Las flores
del hielo (Un paréntesis)”, presenta a Erick, un
joven de origen noruego, quien conoce a Suquiete y
se enamora de ella; aunque la joven le corresponde,
exige, que éste la haga su esposa, tanto en una
ceremonia voudú, como por la religión católica.
La parte V es “El hipocampo y el iceberg”, donde el
tema central lo constituye el matrimonio de Erick,
quien se convierte en víctima fatal de Nadia, una
figura cuya influencia gravita sobre los habitantes
de una pequeña urbe haitiana. Aquí se conjuga el
poder del voudú y “el dominio de los dioses”.
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