Pintura Orgánica de Fernando Ureña Rib

LOS CUENTOS DE UREÑA RIB

LA INICIACIÓN

CELAJES

PULPO A LA GALLEGA

LA PORTEÑA

VIENTOS DEL NORTE

LA VINDICACIÓN DE OMAR

CELAJES

EL ABRAZO

LA TORRE VIGILADA

LA SOLUCIÓN EN EL OMBLIGO

SALAMANDRA

EL NAHUAL

MALENAMORADA

 

 

ABELARDO VICIOSO

ABIL PERALTA AGUERO

ANDRÉS L. MATEO

ANTONIO FERNÁNDEZ SPENCER

AYERIM VILLANUEVA

CAMILA HENRÍQUEZ UREÑA

CÉSAR NICOLÁS PENSON

DELIA WEBER

DIÓGENES CÉSPEDES

JUAN BOSCH

MANUEL DEL CABRAL

MANUEL RUEDA

MARCIO VELOZ MAGGIOLO

MARÍA UGARTE

MÁXIMO AVILÉS BLONDA

MIRIAM VENTURA

ENRIQUILLO SÁNCHEZ

EFRAÍM CASTILLO

EMILIO RODRÍGUEZ DEMORIZI

EUGENIO MARÍA DE HOSTOS

IGNACIO NOVA

JOSÉ ALCÁNTARA ALMÁNZAR

J.M, SANZ LAJARA

JOSÉ MÁRMOL

JOAQUÍN BALAGUER

JUAN BOSCH

JEANNETTE MILLER

SALOMÉ UREÑA

TOM{AS HERNÁNDEZ FRANCO

PEDRO ANTONIO VALDEZ

PEDRO HENRÍQUEZ UREÑA

PEDRO MIR

PEDRO PEIX

PEDRO VERGES

RAMÓN MARRERO ARISTY

RITA INDIANA HERNÁNDEZ

HILMA CONTRERAS

FRANKLIN MIESES BURGOS

FERNANDO VALERIO HOLGUIN

 

 

PEDRO HERNRÍQUEZ UREÑA

PEDRO MIR

JEANNETTE MILLER

JOSÉ MÁRMOL

JOSÉ RAFAEL LANTIGUA

JULIA ÁLVAREZ

JUAN BOSCH

HILMA CONTRERAS

RITA INDIANA HERNÁNDEZ

PEDRO MIR

PEDRO PEIX

MANUEL DEL CABRAL

SALOME UREÑA 

FRANKLIN MIESES BURGOS

ANTONIO FERNÁNDEZ SPENCER

DIÓGENES CÉSPEDES

 
NARRATIVA DOMINICANA

 

DIÓGENES VALDÉZ

CUENTOS SOBRESALIENTES DEL SIGLO XX

 

 

 

 

Los cuentos dominicanos más
sobresalientes del siglo XX

DIÓGENES CÉSPEDES

A la verdad que la seductora teoría de Bosch encaja perfectamente a un tipo de cuento que estuvo en boga en América Latina hasta la irrupción de los modos de vida urbanos más descalabradores de la paz bucólica de la llamada novela de la tierra, de la cual el cuento fue subsidiario antes de independizarse, como la novela misma, de las jerarquías sociales campesinas teñidas de prácticas políticas e ideológicas autoritarias.

Aunque existen excelentes precedentes de cuentistas clásicos, medievales, neoclásicos, modernos -y sobre todo en nuestro idioma a partir de El conde Lucanor, de don Juan Manuel, los escritores nacidos en la isla de Santo Domingo, así como sus sucesores hasta el siglo XVIII prefirieron, junto con los lectores de aquellas centurias, consumir lo europeo antes que producir lo propio.

No es hasta finales del siglo XIX cuando encontramos atisbos del cultivo del género cuento que podríamos llamar inicios, protocuentos, con las narraciones de César Nicolás Penson incluidas en Cosas añejas y en el libro Cuentos puertoplateños, de José Ramón López.

Incluso los autores recogidos por Sócrates Nolasco en la antología El cuento en Santo Domingo (1957) y los censados por Emilio Rodríguez Demorizi en la antología Cuentos de política criolla (2da, de 1963), con prólogo de Juan Bosch, no son en su opinión, propiamente tales, sino estampas, cuadros de costumbres, anécdotas, apólogos o sátiras políticas.

Si uno se remite a las exigencias del propio Bosch en su ensayo «Apuntes sobre el arte de escribir cuentos», cuya primera versión vio la luz en La Habana en los años 40 y el texto ya más acabado del suplemento Papel Literario del diario El Nacional de Caracas en 1958, ninguno de los textos que llamamos cuentos publicados con anterioridad a Camino real (1933), del propio Bosch, califica en el canon boschista del relato de un hecho-tema único y de la «fluencia constante».

A la verdad que la seductora teoría de Bosch encaja perfectamente a un tipo de cuento que estuvo en boga en América Latina hasta la irrupción de los modos de vida urbanos más descalabradores de la paz bucólica de la llamada novela de la tierra, de la cual el cuento fue subsidiario antes de independizarse, como la novela misma, de las jerarquías sociales campesinas teñidas de prácticas políticas e ideológicas autoritarias. Tales prácticas condujeron a muchos escritores del período a subordinar su literatura a los hechos de la historia. Esto produjo como resultado una escritura de un plural parsimonioso -como le llamaba Roland Barthes-, cuando no unos textos francamente dualistas o binarios con un clara ideología de lucha entre el bien y el mal a la cual eran arrastrados los personajes de la ficción, con su consecuente tributo al historicismo y al realismo.

Sin embargo, las grandes transformaciones urbanas y la ruptura de la linealidad historicista experimentadas por algunos países como Argentina, México, Brasil -con las urbes modélicas de Buenos Aires, Ciudad de México y Río- lanzaron al mundo, a partir de los años 50 y 60, una nueva literatura que de Borges a Cortázar, de Onetti a Bioy Casares, de Lezama a García Márquez, produjeron nuevas imágenes con las cuales ya no era posible semantizar la vida y sus contradicciones. El hecho tema único reacio a digresiones, suspensiones o desvíos -recuérdese la imagen boschiana de la flecha disparada por un arco en tensión- se irá por la borda con la herencia literaria del cubismo, del surrealismo y con el principio de la descronología introducida en los años 50 por la teoría y la práctica de la nueva novela francesa.

Los mejores cuentos. Así como la métrica y la rima -al decir de Octavio Paz- no pueden ya decir en imágenes o figuras los sentidos de la vida moderna, de la misma manera el hecho tema único y la ley de la fluencia constante no pueden dar cuenta de la simultaneidad de miles de acontecimientos que ocurren en el cerebro del escritor al momento de escribir su texto, sea cuento, novela o poema.

No es que poetizar o dar cuenta de las contradicciones de la vida de una gran ciudad o del problema urbano sea un «progreso» con respecto a un «atraso» vinculado a la vida campesina. El ritmo, definido como la orientación política del sentido en un texto, es lo que decide del valor de la escritura. Entonces lo que procede es transformar las viejas imágenes de la vida campesina.

Fue esto lo que hizo Juan Bosch, nuestro cuentista de mayor importancia, cuando escribió Camino real (1933), libro que inaugura el género cuento en el país y elimina el dominio que tuvo hasta entonces la estampa, la anécdota, la sátira política o el cuadro de costumbres.

De esa época son también «La Nochebuena de Encarnación Mendoza», «El indio Manuel Sicuri», «El hombre que lloró», los cuales rivalizan con los de la primera etapa: «Los amos», «La mujer». Y no es un azar que el mejor cuento de Bosch, «La mancha indeleble», haya sido escrito en Caracas en 1960, una gran urbe en comparación con Santo Domingo. Pero no solamente eso, sino que este texto -junto a otros estrictamente de temática urbana- dicen adiós para siempre a las figuras de la cuentística campesina. Es obvio que comparado con algunos cuentos borgianos o cortazarianos, «La mancha indeleble» simboliza el auge y caída del Bosch cuentista en beneficio del Bosch político. La influencia de su escuela literaria campesina comenzaría a su llegada al país en 1961, pero también «La mancha indeleble» prepara a los cuentistas del futuro que adoptaron lo urbano como una urgencia del decir.

Virgilio Díaz Grullón, con sus cuentos «La enemiga» y «El espejo» es nuestro segundo mejor cuentista.

La enumeración que sigue no tiene una prelacía en orden de importancia, sino que responde a un principio cronológico. Y esta selección, extraída de los libros publicados por los autores o de revistas, no implica que no tengan valor solamente los textos que ofrecemos como ejemplo. Cada autor posee otros que se leen con interés y pasión y su ritmo no decae, pero diría que son secundarios con respecto a los que aquí ofrezco.

Para mí, el mejor cuento de Hilma Contreras es «La espera» porque en este género planteó en los años 50 el problema de la homesexualidad femenina en el espacio de lo público.

Marcio Veloz Maggiolo posee cuentos de mucha calidad, pero a mi juicio el que lo singulariza es «La fértil agonía del amor», título homónimo de su libro publicado en 1987.

Nadie mejor que Pedro Vergés en «Intuición femenina» para captar los intríngulis de los personajes de la pequeña burguesía y su relación con el sexo, así como sus pruritos y desenfados en el orden del escalamiento social.

J. M. Sanz Lajara, cuentista que debido a su carrrera diplomática vivió siempre en el extranjero, escribió un texto cosmopolita que revela el aburrimiento de esa vida llena de convenciones. El playboy latino en una urbe que pudiera ser Río por el carácter casi mecánico que adopta allí el amor y la actividad sexual, es simbolizado por la anonimia de los personajes de «Curiosidad», texto que se encuentra en su libro El candado.

Un cuentista por lo general relegado ha sido Sócrates Nolasco. Considero que de su libro Cuentos cimarrones leer, como recreación del mundo maravilloso, los textos «De lo que vino a encontrar el que buscaba lo que no se le había perdido», «De cómo Ezequiel se le disfrazó a la muerte» y en El diablo ronda en los guayacanes, el cuento homónimo del título del libro y «Gente de la aldea» y, finalmente, «Diálogo en la sombra».

Pienso que Ramón Marrero Aristy ocupa un lugar cimero en la narrativa que pugna por salir del campo, pero que no llega a la ciudad sino como periferia, como el lugar del mal. Eso lo logra primero en «El libertador», incluido en la antología de Max Henríquez Ureña, escrita en 1938, pero jamás publicada, y esto por razones políticas obvias. Ha venido a serlo en 1996. El otro texto de Marrero que ronda, como transición, lo rural hacia lo urbano, es «Balsié" , libro de narraciones, estampas y cuentos publicado en 1938.

El tema de la mujer como perfección de la belleza platónica es, en Fabio Fiallo, semejante en sus poemas y en sus cuentos. Tanto Américo Lugo como Federico García Godoy, Jacinto López y Ana María Garasino, que comentaron su obra en prosa y en verso, atinan a señalar la abstracción del topos de la obra de Fiallo. Sólo en un cuento que ha dejado la marca del lugar de su escena- el Club Unión- puede catalogarse de texto relacionado con la cultura dominicana. Estimo que un cuento como «Antojo femenino», de Renato de Soto, es una joyita que cohabita al lado de los textos del eterno femenino de Fiallo.

La tópica de los cuentos y poemas de Fiallo es el cosmopolitismo, enredado en el exotismo, el romanticismo y briznas del modernismo. De ese modo hay que tomar su escritura y decir que «Ernesto de Anquises», publicado en la Revista Ilustrada en 1899, es uno de los mejores cuentos de Fiallo. Y a su lado coloco estos dos: «Subasta de amor» y «Esquiva», incluidos en Cuentos frágiles (1ra, edic. de 1934), aunque algunos de estos textos hayan sido publicados a finales del siglo XIX, el hecho mismo de que el autor los corrigiera muy avanzado el siglo XX, les dan una perspectiva temporal propia de la última centuria.

Delia Weber nos ha dejado bajo el título de «Dora», su mejor cuento, incluido en el libro Dora y otros cuentos (1952). Es un circunloquio del amor místico. O mejor dicho, el símbolo de la perfección amorosa como algo inalcanzable. No hay topos en el texto de Weber, al igual que no lo hay en Fiallo. Lo cual muestra que era una ideología de época, venida del platonismo. Y Weber logra, con el desdoblamiento del personaje Dora en su hermana y viceversa, envolver, a quienes lean el texto, en la vaga atmósfera de frustración que termina con el suicidio del personaje en la sima del mar, otro símbolo de lo eterno, del abismo y del misterio y de lo inalcanzable.

La vieja generación de cuentistas se
secó y aún no nace una nueva generación

Con su cuento «Chito», José Rijo tiene derecho a figurar en esta selección.

Cuando leo los poemas escritos por un Hernández Franco o un Incháustegui Cabral -«Yelidá» o «Canto triste a la patria bienamada» o «Invitación a los de arriba» y, los demás poemas incluidas en Poemas de una sola angustia (libro de 1940), los cuales son una crítica del poder y de lo social hecha en el interior mismo del régimen dictatorial de Trujillo, me pregunté si en el cuento también ocurrió lo mismo. Mi búsqueda, que todavía no ha terminado, encontró tres cuentos que respondieron, como una débil y velada crítica al régimen, a mi interrogación. Se trata de «Aquel hospital», de Virgilio Díaz Ordóñez; «Mi traje nuevo», de Miguel Angel Jiménez; y, «Un hombre de la calle», de Néstor Caro. Si en mi buceo literario me encontrara con otros textos que los desplazaran, con igual punzón que los de Incháustegui Cabral o Hernández Franco, los incorporaría a este juicio valorativo.

Ahora sigue una lista de cuentistas surgidos a la luz pública después de la caída de la dictadura, fundamentalmente a partir de 1966, una vez terminada la guerra civil y patriótica.

Los textos de estos narradores, si los consideramos en su conjunto, tienen deficiencias en la forma-sentido (problemas de sintaxis, de puntuación, de conjugaciones verbales, de léxico sobre todo, pues las faltas a la ortografía sólo son detectables en los manuscritos, jamás en un libro publicado, pues no se sabría a quién atribuírselas, incluso si el autor ha corregido el original). Casi todos vadearon el tránsito de la literatura de la tierra y pasaron directamente a la temática urbana, hijos como eran de la pequeña burguesía de la ciudad.

La prosa revela más que el poema, la falta de dominio del idioma. Casi todos los poetas de las generaciones pos-dictadura, esconden tal deficiencia en versos cortos y libros de menos de cien páginas. Y cuando cometen una falta visible a la sintaxis, pueden justificarla con el eufemismo vergonzante de que están descalabrando a propósito la estructura del lenguaje o subvirtiendo la lengua.

En la prosa artística o informativo-ideológico no hay excusa que valga. Sólo el crítico avezado sabe -y tiene que justificarlo muy bien- cuándo un escritor viola las reglas sintácticas para proponer una nueva forma de escritura o para burlarse de la de otros escritores o para hacer befa de una oralidad asnal.

Para comparar un modelo de cuento que se ha tenido como paradigmático y a fin de ilustrar cuanto acabo de decir, invito a quienquiera estudiar las variantes que presenta el cuento «Ahora que vuelvo, Ton», de René del Risco, en su edición de 16 cuentos latinoamericanos (Coedición Latinoamericana, 1992) y la que aparece en las antologías dominicanas anteriores a 1996.

Y con este cuento, que incluyo entre los mejores del período pos-dictadura tengo, al igual que con los demás, las reservas expresadas más arriba. Sin orden de prelacía: Efraim Castillo, «El oidor»; José Alcántara Almánzar, «Ruidos»; Miguel Alfonseca, «Delicatessen»; Armando Almánzar Rodríguez, «Infancia feliz»; Ramón Lacay Polanco, «El hijo»; Pedro Peix, «Pormenores de una servidumbre»; Diógenes Valdez, «Antipólux»; Ramón Francisco, «No hay vacante»; y, Angela Hernández, «El amor de Ana".

Conclusión. Ha transcurrido un tiempo enorme desde Camino real hasta hoy. Y de la llegada en 1961 de Bosch y su teoría sobre el arte de escribir cuentos. La línea que tomó la escritura del cuento fue la urbana. Pero el autor de «La mancha indeleble» siempre tuvo sus reparos con los cuentistas que emergieron apadrinados por él en el acto de la Librería Dominicana en 1966. A causa de la flojera en el dominio del idioma y el manejo del hecho-tema único.

Hay que darle un poco de razón, pero hay que decir que los cuentistas de aquellas generaciones se secaron. Pocos han seguido escribiendo. Como si los hechos-temas únicos se hubiesen al parecer, agotado o como si los hechos hubiesen dejado de tener interés humano. Pero digamos que esa fue una etapa que ya se cumplió.

Para los que se propongan izar la bandera del nuevo cuento dominicano que todavía no ha nacido, hay que decirles que el hecho-tema único no es una limitación. Es su cronología de reloj suizo la que no puede seguirse hoy a la letra. Incluso si hay que resquebrajar la ley de la «fluencia constante» en favor de la ruptura de la linealidad del relato, habrá que hacerlo a fin de destruir la ilusión de realidad que envuelve al lector al atarlo a las peripecias de una aventura que no tiene otro lugar que el papel. Hay que hacer de los lectores sujetos inteligentes e independientes que busquen primero las leyes con que está hecha una escritura y no las intrigas que narra. Hay que volver a la aventura del relato y cambiar radicalmente la escritura tradicional que uno identifica con el relato de una aventura. Todos los temas caben en esta nueva escritura, como cabían en la anterior. Pero para esta última ya no hay figuras e imágenes que la digan. A la era de los temas ciberespaciales, de la astrofísica, de la internet y de la informática hay que buscarle una nueva forma-sentido. Hay que poetizar los nuevos horrores, abyecciones y excrecencias sociales. Fundar el género policial en nuestra cultura, pero no como ha existido hasta ahora, sino ligado a las nuevas tecnologías. Si Rimbaud y Baudelaire se la buscaron a la ciudad moderna que surgía con la era industrial y el barón Haussmann, ¿por qué no puede usted hacer lo mismo?

La prosa revela más que el poema, la falta de dominio del idioma. Casi todos los poetas de las generaciones pos-dictadura, esconden tal deficiencia en versos cortos y libros de menos de cien páginas.



Letras dominicanas

cielonaranja@mixmail.com

 

 

 
Diógenes Valdez gana Premio Nacional Literatura
 

 

Por JOSE ANTONIO TORRES, El Nacional Digital
 

La Secretaría de Cultura y la Fundación Corripio dieron a conocer hoy el ganador del Premio Nacional de Literatura, el escritor Diógenes Valdez, de 64 años, natural de San Cristóbal.

El veredicto del jurado del Premio fue unánime.

Provinciano, estudioso, discreto y con una obra literaria consistente y deliciosa, Valdez alcanzó su consagración al ganar el Premio Nacional de Literatura 2005, con una dote de medio millón de pesos.

José Luis Corripio Estrada, presidente de la Fundación, indicó que el Premio, que incluye además un pergamino, será entregado en ceremonia solemne el 23 de febrero en el Teatro Nacional.

Entre las consideraciones del jurado resaltan el manejo de una prosa multicolor, la genialidad de sus enfoques y la capacidad descriptiva de personajes y situaciones.

Valdez se inscribe a una exclusiva lista de literatos que han recibido el principal galardón literario de la República Dominicana.

Los anteriores ganadores han sido Joaquín Balaguer y Juan Bosch empatados en la primera entrega; Manuel del Cabral, Pedro Mir (el Poeta Nacional), Manuel Rueda; Antonio Fernández Spencer (todos fallecidos).

Además Mariano Lebrón Saviñón, Lupo Hernández Rueda, Carlos Esteban Deive, Hilma Contreras, Franklin Domínguez y Andrés L. Mateo.

El jurado del Premio Nacional de Literatura estuvo constituido por los rectores de las Universidades Autónoma de Santo Domingo, Católica de Santo Domingo, Central del Este, Pontificia Madre y Maestra y Nacional Pedro Henríquez Ureña. Sus representantes en la labor de escogencia fueron Diana Contreras (UASD), Padre Ramón Alonso (Católica de SD), Miguel Phis (UCE y Francisco Polanco (Pontificia Católica Madre y Maestra).

Por la Fundación Corripio estuvieron en el acto los asesores José Alcántara Almánzar y Jorge Tena Reyes y el director ejecutivo, Jacinto Gimbernart.

El acto fue realizado en el local de la Fundación Corripio de la avenida Núñez de Cáceres y fue encabezado por el presidente de la entidad, el empresario Corripio Estrada, quien anunció que la entidad aumentará su promoción de la literatura dominicana por medio de su Colección Prisma y se propone institucionalizar una celebración anual con motivo de la fecha de nacimiento de Manuel Rueda, con un programa que incluirá la invitación a destacados conferencistas internacionales y conciertos de música clásica.

José Rafael Lantigua, secretario de Cultura, manifestó su reconocimiento a la Fundación Corripio por mantener y aumentar su respaldo al principal galardón literario de la República Dominicana. Solicitó que para las próximas entregas del Premio se tome en cuenta a la crítica literaria, género que ha alcanzado una madurez y una validez dignas de reconocimiento.

Tan pronto se dio a conocer el veredicto del jurado, se le comunicó al escritor galardonado.


¿Quién es?

Diógenes Valdez nació en San Cristóbal, el 29 de mayo de 1941 y desde muy pequeño se inclinó por la literatura. En su localidad, durante los años mozos participó de grupos literarios; estudió letras en la Facultad de Humanidades de la Universidad Autónoma de Santo Domingo.

Cuentista, novelista, poeta y crítico. Ocupó diversos cargos relacionados con educación y cultura y fue director de la Biblioteca Nacional en el año 2001. Galardonado varias veces por los Concursos de Cuento de Casa de Teatro. Fue Premio Nacional de Cuento en tres oportunidades. También ganó el Premio Siboney de Novela.



Obras premiadas

++++La noche de Jonsok (Yelidá I: El sexteto de Fort Liberté,2001).

++++Huellas en la arena mojada (Yelidá II: El sexteto de Fort Liberté, 2002).

**** El viento y la noche (Yelidá III: El sexteto de Fort Liberté, 2003).

**** Las flores hielo (Yelidá IV: El sexteto de Fort Liberté, 2004).

**** El arte de escribir cuentos (didáctica 2003).

**** El hipocampo y el iceberg (Yelidá V: El sexteto de Fort Liberté 2004).

**** Raknarok (Yelidá VI: El sexteto de Fort Liberté, 2004)

**** El cisne enfermo

Premio de Novela de la Universidad Central del Este, UCE, (2004).
 


El destacado escritor Diógenes Valdez, alcanzó el prestigioso ‘‘Premio UCE 2004”, en el género de novela con la obra titulada “El cisne enfermo”. El anuncio fue dado a conocer en un acto efectuado en la sede de ese alto centro de estudios con la presencia del autor y de las autoridades universitarias.
El jurado de premiación estuvo integrado, entre otros, por los escritores Manuel Mora Serrano y Francisco Comarazamy, quienes destacaron que la obra fue seleccionada por su indiscutible calidad literaria y su originalidad, al tratar algunas facetas de la vida de un cantante lírico en una convulsa etapa de la historia nacional. El premio UCE de novela entrega al ganador 75 mil pesos, diploma y la publicación de mil ejemplares de la obra.

Valdez cierra ciclo de ‘‘Yelidá’’
 

En otra agradable noticia para las letras nacionales, Diógenes Valdez acaba de publicar el último tomo de su serie de novelas inspiradas en el célebre poema de Tomás Hernández Franco ‘‘Yelidá’’ bajo del título de ‘‘Raknarok’’.
 

En esta obra se centra la lucha de los dioses del panteón noruego y del panteón voudú por ‘‘la escandinava inocencia de una gota de sangre’’ que las deidades noruegas exigen que se mantenga pura e incontaminada, mientras que los dioses del voudú desmontan estos propósitos de las deidades blancas y salvan a Yelidá y confirman el mestizaje como una conquista de la humanidad. Recientemente, Valdez también había publicado los tomos IV y V de esta saga,
 

El IV, titulado, “Las flores del hielo (Un paréntesis)”, presenta a Erick, un joven de origen noruego, quien conoce a Suquiete y se enamora de ella; aunque la joven le corresponde, exige, que éste la haga su esposa, tanto en una ceremonia voudú, como por la religión católica.
La parte V es “El hipocampo y el iceberg”, donde el tema central lo constituye el matrimonio de Erick, quien se convierte en víctima fatal de Nadia, una figura cuya influencia gravita sobre los habitantes de una pequeña urbe haitiana. Aquí se conjuga el poder del voudú y “el dominio de los dioses”.


 

 

 

 

 

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