Los resultados de la pasada
versión del Concurso León Jiménes merecen ser ponderados y analizados
con cautela. Varios hechos resultaron evidentes, siendo el más
significativo la gran cantidad de premios que recayeron sobre la
fotografía. En contraposición, la pintura no logró conquistar ningún
galardón. Si bien la pintura en nuestro país tradicionalmente ha
recibido una mayor atención, otros soportes se están adueñando de los
espacios.
La colectiva “Orden del día”, que se presenta en el Museo de Arte
Moderno (MAM), es un buen ejemplo de esto. En esta muestra participan
seis creadores dominicanos, tres hombres y tres mujeres, los cuales
presentan afinidades y diferencias, estableciendo un discurso abierto,
desafiante, nada conformista y que permite lecturas alternativas. Un
hecho importante que debemos destacar es que tres de ellos pertenecen a
la diáspora: Elia Alba (1961), Iliana Emilia
(1970) y Nicolás Dumit Estévez (1965) residen en los Estados Unidos. Mientras que
Raquel Paiewonsky (1969),
Miguel Ramírez (1966) y
Mario Dávalos (1978), en Santo Domingo.
Todos ellos pueden ser catalogados dentro de la generación del noventa,
salvo el caso de Dávalos a quien por su reciente incursión en el arte,
lo ubicaríamos más dentro de la generación de fin de milenio.
Prácticamente el denominador común de estos artistas lo constituye el
hecho de que fueron formados inicialmente en la Escuela de Diseño de
Altos de Chavón, salvo Elia Alba, quien realizó todos sus estudios en
Nueva York, y Miguel Ramírez, egresado de la Escuela Nacional de Bellas
Artes.
El concepto curatorial de esta colectiva está sustentado en la
“experimentación y en asuntos de nuestro tiempo “, tal y como lo indica
la curadora Paula Gómez. lliana Emilia se vale de una serie de formularios comerciales de gran
tamaño para expresar una gran carga emotiva, la cual comparte con el
espectador a través de varios textos que a pesar del lenguaje directo
empleado, lamentablemente no todos llegan al público, y mucho menos a
los no iniciados en el arte contemporáneo, los cuales se sienten
desconcertados frente a estas provocadoras obras. De todos los impresos
el que contiene los “Horarios de trabajo” es realmente delicioso y
alcanza una gran dosis expresiva.
La obra “La bandera”, de
Nicolás Dumit
Estévez, explora conceptos de una nueva identidad para los
dominicanos que se han radicado en los Estados Unidos. El artista
establece un interesante nexo entre Betty Ross y María Trinidad Sánchez, a quienes se les atribuye la confección de la
primera bandera americana y dominicana respectivamente, extendiendo el
mismo a su propuesta de un nuevo símbolo patrio para este singular grupo
de emigrantes.
El novel creador Mario Dávalos hace una rápida transformación entre
Jesucristo y Ernesto Guevara, mejor conocido como el Che, y la acompaña
de dos vídeos y cinco fotografías en blanco y negro de grandes formatos.
Las creaciones fotográficas superan en calidad y contenido a la
video creación propuesta por el artista, la cual encontramos poco amena y
un tanto efectista, apoyada en una musicalización que en nada favorece
la lectura de la misma.
Miguel Ramírez se adentra también en el campo de la experimentación con
fotografía, vídeo y piezas tridimensionales con cualidades sonoras. Si
bien el aspecto fotográfico es empleado como soporte en la pieza
“Judas”, apreciamos grandes deficiencias técnicas y sobre todo
facturales que debieron ser cuidadas por el artista en esta gran
cantidad de imágenes que recuerdan a un paredón de fusilamiento. En la
obra “Ausentes” -sonata- Ramírez retoma su enorme capacidad expresiva,
desafiando los sentidos del espectador. En “Memorias de Ulises” nos
reencontramos con el ceramista en una instalación cargada de
simbolismos, en la cual el autor introduce con gran efectividad el
elemento autobiográfico, con un lirismo y una dinámica que la convierten
en una de las piezas más atractivas de la colectiva.
Elia Alba nos deleita nuevamente con sus vídeos en los que se destacan
rostros humanos fotografiados y transferidos sobre textiles, los cuales
la artista convierte en una especie de almohadillas que flotan sobre
diversos fluidos. Esta especie de cojines se mueven de forma lenta sobre
cristalinas aguas en las que la creadora establece distintos
significados, sobre todo en lo concerniente al espacio ocupado por los
seres humanos en la convulsa sociedad en que nos ha tocado vivir. De
igual forma Alba explora con grandes posibilidades la connotación del
desplazamiento en estas obras.
La ubicación privilegiada de la obra de Raquel Paiewonsky en el centro
de la sala nos permite apreciar su singular instalación titulada
“Levitando: a sólo un pie”, conformada por cincuenta pares de pies
realizados con cera de abejas y suspendidos dentro de finas medias de
nylon, prácticamente a ras del suelo. Al acercarnos a tan impactante
pieza nos permite percibir la delicada fragancia del material empleado
para la confección de la misma, y en la cual se simula a la epidermis
humana.
El fragmento es nuevamente utilizado por Paiewonsky en estas
partes identificables del cuerpo humano contenidas dentro de este
material expansible e identificable como complemento del vestuario
femenino. Esta obra a pesar de exhibir cierta quietud permite suponer la
sensación de un futuro movimiento que aproximará las extremidades a
tierra firme, y cuando esto se produzca cada uno podrá inventar su
propia historia.