Mediaba la tarde. La hora
tiene singular importancia, ya que de ella dependía la calidad
de la luz. Se trataba ni más ni menos que de la obra
sobresaliente de Fernando Ureña Rib. El título: Oceánica. Y la
luz: ideal, porque al mediar la tarde desaparecen los
contrastes bruscos que trastornan las modulaciones de los
matices. Los ingleses la llaman "la hora del té" y por cierto
adquirió entonces el té cierta entonación ambarina que sin
duda alteró de manera excitante la tonalidad de su sabor. Pero
¿cómo traducir a términos verbales la tonalidad del color?
Sucedió lo mismo con aquella maravillosa pintura. La luz tenía
calidad pastosa, como la de ciertos rumores, y una especie de
temperatura corporal no menos que oceánica que le insuflaba a
las formas una especie de sensualidad dolorosa. Pero ¿cómo
traducirla a términos verbales sin que la fruición interior se
convierta en gramática exterior?
II
Fernando es un pintor de una madurez y de una modernidad
impresionantes. Primero por la seguridad y la gracia del
dibujo. Luego por la pureza y el lirismo del color. Y
finalmente por una técnica bastante alejada ya de sus orígenes
y sus influencias magistrales. Tal vez hay una resonancia, o
parentesco más verbal que pictórico, con el surrealismo, acaso
por sus referencias oníricas. Y si en las aplicaciones a la
tela tal vez se encuentra alguna evocación de su maestro,
Colson, hay que hacerla notar porque de otra manera no se
vislumbra. Ahora el maestro es él. Las visiones oníricas son
las de un mundo profundamente original y único.
Representa una glorificación de las formas dentro de un
contexto submarino como puede serlo el de una poesía amorosa
en un contexto urbano. Las formas se envuelven y desenvuelven
sin retórica, sin discurso, sin anécdota, totalmente
despojadas de conceptualidad, sin esencias, solo como
existencias puras, como lo que fueron en un instante, una
vibración de una espiritualidad ardiente y sensual.
Solo a veces se intuye algo que evoca la vorágine íntima del
caracol o la superficie externa de las conchas. A veces el
movimiento de las corrientes oceánicas. Y la única orientación
del gozador es la onda rítmica esa cadencia de la línea y del
color, que es como el soporte delirante de cada cuadro.
Por supuesto se trata del ritmo visual, no del ritmo sonoro,
con toda la musicalidad que domina el conjunto.
III
Hay quien rechaza el concepto de
"exploración" en el supuesto de que si se tiene algo que
decir, la forma viene dada automáticamente. Pero en la obra de
Fernando Ureña Rib hay una actividad exploratoria que bien
podría ser, no necesariamente la de los mundos oceánicos, pero
sí la de un mundo próximo a manifestarse cuando irrumpa el
siglo venidero.
Es posible que la obra de arte acentúe su emancipación
respecto de todo ingrediente anecdótico inmediato, si la
frustración artística en la que se sumerge el presente siglo
(a partir delArte conceptual) se refleja en la obra de los
jóvenes pintores.
D' Alembert, el enciclopedista dieciochesco, sostenía que los
siglos exponen su propio semblante cuando llegan a medio
camino. Y si esa es una norma real, la primera mitad va a
registrar el desenlace de ese delirio exploratorio que
constituyó el arte abstracto, como rasgo característico de la
pintura del siglo veinte. Podría ser que entonces el arte
manifestara su naturaleza esencialmente concreta, pues no
solamente visible y palpable propia de toda obra de arte, sino
que inevitablemente se refiere a una situación concreta. Y si
ese es el caso, la pintura de Ureña Rib constituye, ya hoy,
una visión rotunda de la pintura del siglo inmediato. Tal vez
esta obra sea el anuncio de un repertorio de formas que
constituirán el vehículo de la comunicación pictórica en los
tiempos venideros.
Ojalá que así sea. No solo par la gloria de su país, sino
también para la de aquellos que nos regocijamos con el
esplendor de los muchos aspectos perdurables de su pintura.