De entrada se advierte el ardid. Sospecha que podría ser usted
(el espectador) el blanco de un ataque visual inesperado. Intuye que
es usted la víctima propiciatoria. Notará que se le apunta desde un
eje, que desde un punto central le disparan sin yerro fuerzas
concéntricas, magnéticas, telúricas. Primero le golpearán en el rostro
estas osadas imágenes de Jorge Artieda. Luego le sacudirán las
vibraciones, le asaltarán como dardos los agudos contrastes, las
afiladas aristas y le caerán encima rombos y círculos saturados de
fino polvo de mármol y de engrudo. Se sentirá atrapado entre tensas
cadenas, liado en las redes de algún naufragio. Advertirá los alambres
de un fuselaje y creerá ver en las imágenes mapas geodésicos, planes
bélicos, la memoria de hegemónicas transiciones.
De alguna manera sabrá que no le será posible ya escapar al asedio.
No le será posible volver atrás. Usted sabe que habrá de enfrentar
esta obra concienzudamente.
Si se decide por auscultar meticulosamente el espinoso terreno
descubrirá cuerpos ocultos, minas, trincheras solitarias. Vestigios de
una guerra que no le es ajena. Usted toca estas imágenes a su propio
riesgo. El peligro no está, sin embargo, en las texturas irisadas,
punzantes y alteradas. El secreto no está en las oxidaciones, ni en
grumos oscuros que se desprenden de los muros, ni en las grises
superficies tratadas con la sustancia misma de la que se construye el
tiempo. El enigma va más allá de toda esa rica y espesa materialidad
desbordada.
La clave , el entendimiento, está entre usted y él. Y él está
probablemente lejos, en el borde mismo de la línea equinoccial, en
otras altitudes, a cinco mil metros sobre el nivel del bien, sobre el
nivel del mal. Allá en el Valle de los Chillos, que para los indios,
en quechua, significa el Valle de los Dioses. Escondido en un bunker
Artieda pinta a la sombra de pacíficos álamos y milenarios sauces. Se
llega a su estudio con el paso aletargado por el soroche.
Un camino empinado, recortado y estrecho se sigue bajo la lluvia
fresca. Se sube al taller como quien sube a un templo ancestral. Las
paredes blanquísimas y en el alto techo enormes claraboyas de luz que
transforman la lluvia de la tarde en cristales de luna . Allí la obra
le golpeará de nuevo con intensidad. A pesar del frío y de la altura
siente usted el bullir de las calderas. La obra de Jorge Artieda se
cuece sin prisa. Usted advierte que ocurre una alquimia transformadora
en el trasfondo. Como en los lugares sagrados, el tiempo deja de
existir en el taller de Artieda.
Una vez que ha aceptado usted con unción y reverencia las cláusulas
rituales, no declinará el haber sucumbido a las tentaciones
preliminares de Artieda: una mancha blanca que irrumpe iridiscente, un
círculo fulgurante, una señal de alerta. Porque gracias a ellas
descubrirá que esta obra no se trata de una simple estratagema ni de
un ligero artificio de atracción visual. Usted percibirá que detrás
del aparente bombardeo visual subyace no solo una sólida estructura
compositiva, matemática y a veces algebraica, sino que hay en estas
pinturas un armazón estricto, un andamiaje en el que cada elemento
responde a un orden cuidadosamente prescrito; y se asombrará de que
more en ellas, palpitante, vital la confluencia dos mundos. La
confluencia a veces chocante, de dos mundos poderosos.
El primero, el que salta a la vista, no es de difícil conjetura: Es
el mundo racional de la contemporaneidad plástica, de la abstracción
occidental, europea, que conquista el viejo anhelo de reducir el mundo
a ciertos principios esenciales. Sin embargo, el campo de batalla está
delineado ahí. Ahí mismo están las marcas, las señales, las cruces. De
un lado los bastiones, las adargas y del otro las lanzas, el pecho
abierto, el corazón henchido, la sangre derramada. Se ve el dolor, el
desgarramiento. Se ve con claridad desde la altísima visión del
cóndor. Se ve sobre la estructurada geografía de los valles o sobre
las altas sierras de pendientes austeras. Se ve el otro mundo, el
primigenio. El que nos apunta desde la sombras. Es el que se resiste
al olvido. Es un mundo primordial, ancestral y remoto cuya digna
presencia justifica poderosamente la obra certera de Jorge Artieda,
desde la tupida vegetación del Valle de los Dioses.
Fernando Ureña Rib