Fernando
UREÑA RIB

 

 

 

 

 

LOS CUENTOS DE UREÑA RIB

 

NARRATIVA DOMINICANA

 

SOBRE FERNANDO UREÑA RIB Y

EL OLOR DE LAS YEGUAS DE

AVELINO STANLEY

 

 

 

 
 

Fernando Ureña Rib

Entre olores de óleos y de yeguas

  

Así como el olor es el mismo en todas partes, también la narrativa es la misma dondequiera que vaya. Pero hablando de aromas es preciso diferenciar muy bien porque de repente el olor de los óleos puede estar representando una obra de arte mientras que el olor de las yeguas podría resultar, por ejemplo, un estimulante sexual para ciertos zoofílicos. De la misma manera también ha de estar clara en la percepción de cada quien lo que es la narrativa, pues aunque se denomine de esa manera a todo aquello que se ha narrado, una cosa es el cuento (no sólo por su brevedad) y otra lo es la novela que contempla mucho más detalles que el de la extensión.

Tanto son los óleos que le ha tocado oler a Fernando Ureña Rib que ha de tener el sentido del olfato bien desarrollado, pues todos saben que se trata de uno de los máximos exponentes de la plástica dominicana de finales de siglo XX y de inicios del siglo XXI. Sin embargo, pocos sabíamos que este autor nos iba a entregar unos textos narrativos tan agradables y que con ellos hasta nos iba a introducir con un acierto tan logrado en una teoría acerca de la percepción de los olores, sobre todo de las yeguas.

“El olor de las yeguas” (Punto de lectura, Colombia, 2004, 116 p.) es una obra escogida con gran tino por parte de la editora que lo publica. En su cotejo estructural la misma tiene un “pre texto” inicial que le sirve de cabecera a los diecinueve relatos que reúne el volumen y luego, inmediato, sin ambages, se incluye el cuento que le da título a la obra. Tras una primera lectura (que no por inicial deja de ser escrutadora) se identifica un puñado de logros donde se resaltan los siguientes detalles:

1. Tanto en el primero de los cuentos como en cada uno de los que componen el volumen las historias fluyen con gran naturalidad en el contenido y en el lenguaje.

2. En cada uno de los cuentos hay un lenguaje que está expresado con tanta precisión como la que Ureña Rib logra en sus trazos pictóricos. Es como si hubiera pintado una obra narrativa.

3. Cada una de las historias reunidas en el volumen goza del don de la brevedad, resaltado por Calderón de la Barca al decir que lo bueno, si es breve, es dos veces bueno. Sin embargo, aunque breves, esas historias no pertenecen a la categoría de cuentos cortos, pues todas se pintan con la fuerza de los “pantalones largos”.

4. Las historias del volumen, en su totalidad, fluyen como esas fuentes cuyos contenidos dejan satisfechos a todos cuanto se les asoman. Unos porque solo buscan saciar necesidades elementales y lo logran. Otros porque, además de lo elemental, encuentran al mismo tiempo variados valores universales de la literatura, de la música, de la plástica y de la filosofía, entre otros.

5. Entre un cuento y otro, hay un uso del punto de vista del narrador que presenta signos de muy buen dominio de las técnicas narrativas.

6. Y, el mayor de los logros, con este libro Fernando Ureña Rib se reafirma por un sendero que ya había comenzado con buen pie. Pues en el año 2002 nos entregó Fábulas urbanas, su primera obra narrativa, donde se encuentra otro arsenal de logros literarios.

Cada uno de los aciertos señalados confirma la vocación artística que en Ureña Rib alcanza la estatura de polifacética no sólo porque se mueva en más de una disciplina, sino porque tanto en la plástica como en la literatura lo hace con gran dedicación y magníficos logros como el que exhiben los seres multidisciplinarios. Nadine Gordimer, mucho antes de ser seleccionada con el Nóbel, en 1968 dijo que “El cuento es una forma fragmentaria inapreciable, se logra o no se logra”. La razón de esa apreciación la encontramos en los cuentos de Ureña Rib. Sus logros se pueden apreciar mejor si se vuelve a los textos en nuevas lecturas, y en cada una de ellas se van hallando distintas manifestaciones. ¿Acaso no es esa una de las características de las obras de arte que son trascendentes? Por eso, como si parafraseara a Gordimer en aquello de que el cuento “se logra o no se logra”, en el texto “El valle de los dioses”, narrado en ese punto de vista tan difícil como lo es la segunda persona, se afirma que “La gloria siempre va de la mano de la muerte”. He ahí un sabia e incuestionable sentencia.

Ureña Rib, experto en aromas como ha de ser, muestra un dominio preciso en materia de separar entre olores comunes y olores que pueden ser excitantes como el que tienen las yeguas en ciertos momentos. Por ejemplo, desde ahora sabremos que “El olor de las yeguas” se percibe mejor si estamos “en las noches de octubre, cuando la luna está alta y un viento cálido lo trae silbando desde las montañas”. Alguien, en algún momento, presumiendo de poeta podrá salir con que siente un olor que le “impregna una ligereza de alas que (lo) incita a correr a galope entre las malezas del río”. Cuando eso suceda, estaremos frente a las teoría de los olores de las yeguas de Ureña Rib.

Otro signo de referencia de esta teoría se haya cuando, quien ve una yegua bien formada, le entran ganas de “saltar sobre las cercas de alambre” o de correr en “las hondonadas del terreno abrupto”. Incluso podría suceder que aparezca quien no logre amedrentar sus instintos ante la presencia de ciertos cuadrúpedos y de repente quiera cruzar “como un rayo el negro laberinto de los cafetales”. Lo mismo puede suceder si miramos a una sabana y vemos las yeguas “saltando enloquecidas”. Incluso, las claves más fehacientes la da el autor cuando muestra el olor de las yeguas como algo “dulce y penetrante y un calor ansioso (nos) impulsa a dar brincos sin querer”, sobre todo si vemos “unas ancas enceradas y relucientes y lo único que (ansiamos) es montar sobre su dorso”. O bien, si después de mucha lucha nos sentimos entre “el agua fresca de los manantiales”, y nos viene ese estado que consigue dejarnos jadeantes, exhaustos, liberados “del dicho olor de las yeguas”. Para cualquiera de estos casos, podría tratarse no sólo de haber descubierto los detalles de los olores, sino que también puede ser que tengamos revolteado el instinto zoofílico que todos llevamos dentro. O, como es el caso, puede tratarse de un intento para descodificar una lectura de un cuento donde el narrador es un caballo “encabritado”. Más que “encabritado”, la tía Gracia de Ureña Rib allá en Monte Adentro, o mi abuelo Bubú allá en Matachalupe, dirían que es un caballo arrecho.

En un texto donde el narrador no sea un ser humano, sino un caballo, para el mismo no podría decirse que el punto del narrador está en primera persona. Respetando la lógica, habría que decir que está narrado en primer animal. Alguno, después de leerlo se preguntará ¿cuento o narración? Cuento, le respondería yo. Un cuento con el criterio actual, de esos que ya han dejado atrás el clasicismo de las técnicas que hablan de la frase inicial que atrapa al lector, del desarrollo que atrae desviando la atención de la frase inicial, y del final inesperado. Eso es lo que aconseja Eraclio Zepeda cuando en 1990 afirma que “El cuento es el pariente más cercano del poema: los dos son redondos y no tienen tiempo que perder” (Zavala, Lauro, Teorías del Cuento III, poéticas de la brevedad, UNAM, 1997, pág. 328) Porque, en fin, ¿qué preferimos nosotros como lectores y en la vida cotidiana? una historia de final inesperado, o una historia de final que nos deje jadeantes, exhaustos, liberados, envueltos en una satisfacción plena.

El 2 de mayo del año 2002 Ureña Rib le dedicó su libro Fábulas urbanas a un autor con un texto que dice “A quien admiro porque escribe sin miedo”. Ciertamente, esa tiene que se la característica fundamental de quien escribe. Porque sucede que el miedo puede matar detalles que fluyen y que son los que le dan la verdadera vida al texto. Y como resulta que soy yo ese autor a quien Ureña Rib le dijo que escribe sin miedo, pues diré algo sin el menor de los temores. En “El olor de las yeguas”, tanto en el libro completo como en el texto que le da el título, se percibe que, de acuerdo a los olores, hay un desafío que resulta excitante. Y sobre todo, encontrarse con esa yegua alazana que describe Ureña Rib hace que uno piense que debe parecerse a esa novela a la que se refiere Jorge Luis Borges, esa que según él “Necesita muchos ripios”. De lo contrario no podría ningún varón dar abasto a la yegua de Ureña Rib.

 

Avelino Stanley
Premio Nacional de Novela

19 de marzo de 2005

 

La Antología mayor de la literatura dominicana
 

Reúne cuentos de (Avelino Stanley, Rafael García Romero, Juan Manuel Prida Busto, Luis Arambilet y Pedro Antonio Valdez) cinco escritores que revelan las direcciones actuales de la narrativa dominicana

Por Rafael García Romero

El hecho de que en la Antología mayor de la literatura dominicana, cuya selección, prólogo y notas son de José Alcántara Almánzar, haya cinco cuentos de escritores que revelan las direcciones actuales de la narrativa dominicana llama la atención, trasciende las fronteras de la propia y constituye una gran revelación, que a la vez se traduce en dos buenas noticias. Eso significa que la literatura dominicana avanza. En sentido general avanza hacia otras fronteras, demanda nuevos espacios, toca y promueve a nuevos escritores.

En cierta forma, las antologías dan el tiempo en cuanto a la literatura. Trabajan con el tiempo real; pero además, en esa medida, las antologías reflejan un avance, el crecimiento, las nuevas plumas promovidas y los alcances de una bibliografía cada vez más abarcadora, que crece y llama lectores.

La segunda noticia es que en todo ese bosque de letras y literatura, la cuentística dominicana contemporánea ya cuenta con escritores y escritoras que tienen una obra hecha, que pueden ofrecer una bibliografía impresionante.

En todo caso hablo del cuento porque estoy convencido que el cuento siempre será un género de búsqueda y conexión, de excepcional preferencia. Un hecho que llevó a los escritores e ideólogos de la Antologia mayor de la literatura dominicana, Manuel Rueda y José Alcántara Almánzar, a valorar y dimensionar la obra de manera singular de Avelino Stanley, Rafael García Romero, Juan Manuel Prida Busto, Luis Arambilet y Pedro Antonio Valdez, y que sobre todo lo hagan porque revelan las direcciones actuales de la narrativa dominicana.

En ese nuevo espacio justiciero se inscribe la Antología mayor de la literatura dominicana de José Alcántara Almánzar, publicada por la Editorial Corripio. La obra tiene ese poder de seducción que se apoya en la fuerza y el valor de los autores reunidos, y que fundamenta una obra en dos volúmenes, de excepción en su conjunto, con definitiva garantía histórica.

Una antología impresionante, abarcadora, y que como lo planteó su compilador, es fruto de lecturas, criterios y ponderaciones sobre el quehacer literario en diferentes épocas y géneros.

El carácter de Mayor permite a esta antología incluir masivamente a muchos escritores y prosista excluidos, desterrados sin ningún criterio, de importantes libros de su especie. Así que en sus páginas vemos la obra de un nuevo grupo de jóvenes narradores que aparece en esta edición y que según José Alcántara Almánzar, puede considerarse como parte de los más activos cuentistas y novelistas nacionales de la actualidad, todos ellos galardonados en concursos locales y casi todos con una obra ya extensa, como son - y cito de nuevo, rgr-Avelino Stanley, Rafael García Romero, Juan Manuel Prida Busto, Luis Arambilet y Pedro Antonio Valdez, que revelan las direcciones actuales de la narrativa dominicana. En cuanto a esta observación, hay que destacar que los escritores incluidos en su condición de reveladores de las direcciones actuales de la narrativa dominicana, son todos ciertamente ganadores de premios locales. Sí, pero todos, premios nacionales. Avelino Stanley con su novela Tiempo muerto, Rafael García Romero con su libro A puro dolor y otros cuentos, Juan Manuel Prida Busto con Huellas en la niebla, Luis Arambilet ganó el premio con Los pétalos de la cayena y Pedro Antonio Valdez que lo ganó dos veces, con su libro de cuentos Papeles de Astarot y la novela Bachata del ángel caído. La publicación ampliada de esta Antología Mayor de la literatura dominicana es una razón más para dejar sentado de que la literatura dominicana avanza. En sentido general avanza hacia otras fronteras, demanda nuevos espacios, toca y promueve a nuevos escritores. Hay que ser más enfático.

Pedro Antonio Valdez nació en La Vega, y ciertamente, galardonado en concursos locales: ganó el primer premio en el concurso de cuentos de Casa de Teatro, en 1989. Ganó el premio nacional de cuento con su libro Papeles de Astarot, en 1992. Ganó el premio nacional de novela con Bachata del ángel caído, en 1998 y el Premio Nacional de Poesía UCE con su libro Naturaleza muerta, en el 2000. En cuanto a Luis Arambilet, nació en Santo Domingo. Ganó con Los pétalos de la cayena el premio nacional de cuento, en 1993. En 1994 publicó dos libros: Zona secreta y Homo Sapiens; y en los años 1996, 1997 y 2000 publicó Quinteto (Cinco historias de las tristes), Insectos, caricaturas y El libro de las pasiones.

Avelino tiene un currículo entre la novela y el cuento. Premiado exclusivamente en novela. Ganó el premio nacional con Tiempo Muerto, en 1999. En dos décadas dedicado a la literatura ha publicado: Equis, 1981; Los disparos, 1988; Personajes de la historia, 1990; Catedral de la libido, 1994 y La máscara del tiempo, 1996.

Juan Manuel Prida Busto ganó el premio nacional de cuento con Huellas en la niebla, 1990; tiene la exquisitez de los narradores depurados, y que puede verse en sus obras publicadas: Pieles a mi piel, 1992; Arena de soledad, 1994; y En la luz de la noche, 1999.

Rafael García Romero ganó el premio nacional de cuento (Secretaria de Estado de Educación, Secretaría de Estado de Cultura, 2000-2001); primer y tercer premios en el Concurso Dominicano de Cuentos (Casa de Teatro 1987 y 1992, respectivamente), y el primer premio en el Concurso Literario Club-ADN, 1984. Los libros publicados son, Fisión, 1983; Hábeas Corpus, 1985; El agonista, 1986; Premio Nobel y literatura latinoamericana, 1983; Bajo el acoso, 1987; Los ídolos de Amorgos, 1993, Historias de cada día, 1995, La sórdida telaraña de la mansedumbre, 1997; El artículo se escribe así, 1999; y Obras Narrativas, 2000. En cuanto a los cuentos incluidos de Avelino Stanley, Rafael García Romero, Juan Manuel Prida Busto, Luis Arambilet y Pedro Antonio Valdez basta con una lectura para ver en ellos modernidad. En ese orden se titulan: Repatriación del dolor, Peach Melba con mermelada de fresa, Al filo del destiempo, Los pétalos de la cayena y El mundo es algo chico, Librado, pero a la vez dan absoluta certeza a las palabras que les sirven de presentación en esta fascinante antología de la prosa dominicana.


 

AVELINO STANLEY (1959-)

Nació en La Romana, el 10 de noviembre de 1959. En la Universidad Autónoma de Santo Domingo obtuvo su licenciatura en Economía, y ha sido consultor y biógrafo, pero su verdadera vocación es la literatura. Narrador ante todo, se ha distinguido por sus cuentos y novelas descarnados, de fuertes pasiones eróticas que él expone sin tapujos, ignorando los prejuicios y actitudes moralizantes de ciertos lectores.

Es uno de los contados escritores nacionales que ha logrado narrar, gracias a su ascendencia étnicocultural, el drama de los cocolos, inmigrantes de las islas inglesas ligados a la historia del dolor de nuestros trabajadores azucareros. Los cocolos han llegado a constituir una importante comunidad, algunos de cuyos descendientes juegan un papel decisivo en el trabajo obrero y artesanal, la actividad política y el mundo intelectual dominicano.

Avelino Stanley es además editor y es el autor de una antología de las obras de Juan Bosch, publicada por la Editorial de la Universidad de Puerto Rico. Es Vicesecretario de Cultura del Partido de la Liberación Dominicana y Subsecretario de Estado de Cultura.

 



Obras publicadas:

Cuentos (1981), Equis (1986), Los disparos (1988), Personajes de nuestra historia (1990), Catedral de la libido (1994), La máscara del tiempo (1996), Tiempo muerto (1999), Premio Anual de Novela.

 



 

 

 

 

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