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ARTE DOMINICANO
AQUILES AZAR
El camino de la persistencia
Por Rafael García Romero
Aquiles Azar es un artista plástico consumado, con un
exquisito talento que fecunda y ensancha la
persistencia. En el dibujo siempre. Y siempre fiel. En
el dibujo ha resultado muy incisivo y perspicaz.
Expresivo. Todo un gladiador de innúmeras batallas
pictóricas. Expositor perpetuo y primer crítico de su
arte. En importantes espacios de exposiciones temporales
del país ha dejado su huella. Hizo historia conjunta con
los profesores que modeló la primera hornada de artistas
que salió de la Escuela de Bellas artes. Ahora es dueño
y arquitecto de su propio destino, agudo, incisivo,
revelador. En su mundo no hay retos, sino trabajo. Rey
Midas de la tinta negra y la plumilla. Todo lo convierte
en dibujo. Entiéndase: el dibujo es la piedra preciosa
del arte. En cuanto a otras formas de la plástica,
también es dueño de colores y propuestas propias que
modela y delimita en formatos, acrílicos y óleos. En
medio de sus avatares pictóricos hace tiempo para
cuestionar sus orígenes, meditar sobre el presente y
saber con certeza el camino que quiere para su arte.
De Aquiles Azar
La conexión con las artes plásticas de Aquiles Azar fue
temprana. Era un niño y el carbón rústico fue el primer
instrumento. Esa aventura temprana lo lleva a la
academia, ya que estudió con George Hausdorf. Allí
derivaría en el lápiz y la tinta. La actitud de aprender
no la deja. Así que una vez abrió la Escuela Nacional de
Bellas Artes entra y estudia (1946-50) por recomendación
e iniciativa de su profesor Hausdorf. En medio de su
trayectoria hace una reflexión. La escuela siempre fue
de alta motivación para él: "Siempre me gustó aprender y
estudiar y hoy con los años sigo estudiando y
aprendiendo".
Ahora. Muchos años después, el Museo de Arte Moderno
monta su retrospectiva "La persistencia de Aquiles". En
realidad, la gran cantidad de cuadros, dibujos, óleos
delimitó la exposición en una muestra antológica. Una
frase de él, ante un cuadro de su autoría, resume el
plan de su trabajo cotidiano: Dibujo y vivo. Aprendo a
dibujar y continuaré dibujando.
En un momento de nuestra conversación entra en los
territorios del recuerdo. Aquiles empezaba a definir su
oficio de artista plástico y que a la vez compartía con
su profesión de odontólogo. Entonces recuerda las
palabras de ese gran sabio español, Gregorio Marañón: el
que de medicina sólo sabe, nada sabe. "En mi época me
sucedió algo así, ya que los odontólogos me veían como
artista, y los artistas me veían como odontólogo".
Ahora -dice- en esta época se diferencian las
profesiones y como abogaba el doctor Mañón, se puede ser
odontólogo y pintor.
La noche de la inauguración de su retrospectiva marcó
hondamente a Aquiles Azar: "Yo tuve la satisfacción de
encontrarme con una cantidad de amigos, y de compañeros,
que tienen cuadros míos, que yo no sabía que existían...
y que estuvieran vivos. Asombra la forma como los han
cuidado. En la exposición nos juntamos cinco o seis
generaciones, de cuando yo tenía quince años".
En cuanto a su reencuentro con los cuadros de aquella
época dice que no tiene precio ver de nuevo obras que
hizo en 1960, 1962 y 1965. "Esa noche yo lloré dos
veces, de manera muy privada, muy íntima. Esa
satisfacción no tiene forma de explicarla. ¿Qué te digo?
Eso es grande.
En cuanto a su trayectoria hay mucho que ver de Aquiles
Azar. En los salones del Museo de Arte Moderno están sus
cuadros. Una multitud de preguntas asalta a todo el que
entra y ve los dibujos de Aquiles Azar. Marianne de
Tolentino se pregunta: ¿Quiénes son en el teatro de
Aquiles Azar esos personajes? ¿Simplemente se adueñan de
un instante vital? ¿O sirven de pretexto, infinitamente
gozado, para una escritura familiar? Ahora, otros van
más allá. Experimentan con zonas que no definen los
dibujos y sí una mirada que los recorre de manera
inquisitiva. Sí, porque el dibujo.
El dibujo que hace Aquiles, fruto de una disciplina que
parece milenaria, obceca. Eso sucede con una línea. Eso
sucede con el dibujo terminado y la idea que trasmite un
cuadro, dos. O la atmósfera que hay en el conjunto de su
bestiario personal.
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