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RAFAEL BARRADAS

EL VALOR DE UNA TRADICIÓN PICTÓRICA

FERNANDO UREÑA RIB

 

 

 

  

"Hombre en la taberna", 1922. Oleo sobre tela, 1.06 x 0.825 m.
 

 

Del pintor uruguayo Rafael Barradas (1890 - 1929) aprendemos lo valioso e innovador que puede ser la tradición pictórica. Con un reducido repertorio de temas pero con una intensa cualidad dramática, Rafael Barradas arranca el alma a sus personajes y la prende del espíritu de sus sentidos retratos, que transpiran humanidad, pura y simple dialéctica de la existencia.

Basta ser, estar allí, ver pasar la vida con desconfianza o con decoro. El hombre quizás tras una copa de vino, y la mujer olvidándose de sí misma y entregándose al refugio casi ausente de una labor hogareña que preferiría no terminar.

Un cierto regusto, una amargura, un dolor añejo atraviesa la mirada o se descubre en el gesto. No es necesario enfatizar nada, adornar nada, no hace falta pretender esbozar alguna idea nueva o distinta.

Porque para Barradas, todo es cada vez nuevo y distinto, todo tiene su propio sabor, su dulzor y su ajenjo y por qué no...su humor y su ironía.

 

FERNANDO UREÑA RIB


RAFAEL BARRADAS
(1890 - 1929)
 

Prototípico exponente de una respuesta americana: su redescubrimiento de España. Rafael Pérez Barradas o Barradas, como así más sencillamente se le conoce hoy, era hijo de un humilde pintor que no variaba mucho las motivaciones de sus cuadros, casi reducido al repertorio a naturalezas muertas con naranjas, más jugoso el tema que la pintura.

El hijo del quieto artista tomó la revancha de la libertad. De su progenitor aprendió la manera como se mojan y secan los pinceles y lo demás lo realizó él solo. En cierto modo es un autodidacta que asombró a los críticos europeos por lo proteico de sus aventuras plásticas, todas exitosas. Así lo dijo, Manuel Abril.

Desde su adolescencia, en tren de filial desquite en vuelos y expansión, comenzó por desatender las dimensiones objetivas, distorsionándolas en imágenes humorísticas. Fue caricaturista apuntador del mundo artístico y literario de su ambiente. Compréndase bien esta primera faceta en sentido afirmativo del caricaturista: un hombre inteligente para discernir en la comedia humana y saber expresar esa gran paradoja de todo gran caricaturista como lo fue Barradas, de un humor atrevido con la más fraternal adhesión a su modelo, porque el caricaturista genuino ríe y ama con su personaje. Las caricaturas de Barradas en las que apuntó a tinta la bohemia ciudadana de plásticos, escritores y gente de teatro, así como de tipos humildes del deambular callejero, están reunidas en las hojas de la publicación “El Monigote”, cuya dirección encabeza acompañado de amigos, otras aparecieron en “La Semana”, y otras han permanecido inéditas; son de trazo muy suelto, muy volanda, como dibujaban los españoles de su tiempo, tal el inolvidable Fernando Fresno, pero mientras éste y la mayoría de los caricaturistas identificaban sus modelos por los rasgos físicos de sus rostros, Rafael Barradas a menudo consideraba la figura en su actitud total. Las más bellas caricaturas de Barradas son las de siluetas interpretando de una manera de estar parado o posando en la vida. Manera de mirar del artista que no cambiará cuando más tarde, en vez de personas determinadas (caricatura del escritor Aurelio del Hebrón, pseudónimo de Alberto Zum Felde) fije en pintura sus tipos símbolos (alguno de su serie de “Magníficos”).

Cuando se fue a Europa, al terminar la adolescencia, desde donde debía solo regresar en sus días finales, ya muy quebrantada su salud, dejó totalmente cortada esa labor de caricaturista uruguayo, pero su humorismo lo mantuvo latente en todo el correr de su existencia, aflorando nuevamente en forma decidida en el “clownismo”, percepción de la cómica pirueta circense que advirtiera al ejercitar las visiones simultaneístas de la farragosa vida ciudadana o en la serie de “Estampones montevideanos”, su postrer trabajo que prepara para su retorno a la patria, en adhesión a los festejos del Centenario de 1930 a los que su existencia no alcanzó a hacerlo partícipe.

Esta importante serie de dibujos acuarelados – “Los novios”, “Los cajetillas”, “El doctorcito” entre otros – es el recuerdo fiel del Montevideo de sus años de juventud, antes de sus peregrinajes por los caminos del mundo; la desenvoltura obtenida en sus cuadros del período que llamará vibracioncita la aplicó aquí para ensamblar a manera de recortados “collages”, sus evocaciones, plenas de participantes nostalgias, de los amoríos al pie del balcón, de los arreglos de las casa cursis de su ciudad natal nunca olvidada, el Montevideo de 1910. En carta del pintor dirigida al poeta Julio J. Casal en 1919, el que durante muchos años con fidelidad cordial y admirativa, ornara su revista “Alfar” con los dibujos de su amigo, refiere el artista que extenuado de andar a pie por los caminos de España en procura de estabilización en los grandes centros de arte de aquella nación, se quedó dormido en una cama del Hospital de Santa Engracia en Zaragoza: “...dormí mucho en mi cama Nª 14 y cuando desperté pude ver un albarán sobre mi cabeza, con un marquito de hoja de lata que decía “Rafael Pérez Barradas; nacionalidad uruguaya (Montevideo), Profesión, pintor vibracionista”.

Personalidad rica y múltiple en sus transcendencias; las diferentes facetas de su labor que consideradas separadamente se instalarían en muy buenos sitiales del arte de la primera mitad del siglo XX, tienden a confundirse y enturbiar valores si se les trata en su obra entera en una consideración lineal o se la exhibe, como fue muy frecuente después de su muerte, en retrospectivas con un muestrario de sus movimientos. Preferible sería desglosar de su obra y acción diversos aspectos lo que hemos de intentar, considerándolos en sus límites, pero aptos para integraciones más extendidas que hasta hoy no se le han reconocido en plenitud. Es difícil que se pueda despertar el interés por las “obras completas” de un autor polifacético, antes de consagrar uno a uno sus aciertos parciales.


1) Hay en Barradas un caricaturista cuyo valor es independiente de los méritos de sus otras obras que no le acrecienta interés extraño – como ocurre con el ejemplo clásico de las malas caricaturas del genial Leonardo da Vinci – ni tampoco le disminuye la categoría.

2) Situación idéntica sucede con el dibujante ilustrador de tanto libro de niños y alta literatura y escenógrafo en la que solo la confrontación con los ejercitantes de esos géneros decorativos pueden dar su dimensión que creemos grande.

3) Corresponde que los guardianes del futurismo permitan el ingreso para confrontación en su historia del “Vibracionismo” de Barradas.

4) Que de una vez por todas se reconozca el importante aporte con que algunos cuadros de la serie de los "Magníficos” y de su “Epoca Mística” enriquece la escuela expresionista de la tercera década de la centuria actual. Estamos obligados los latinoamericanos a preocuparnos por el reconocimiento de la contribución ya olvidada de los compatriotas al arte de occidente, debido al alejamiento de la obra de los artistas, centros europeos donde ellos realizaron sus faenas , proyectores de fama, centros donde se organizan las grandes exposiciones colectivas o se editan densos y sabios libros, sobre determinadas escuelas de pintores.

Así la inserción de Carlos Federico Sáez al “ottocento”; el del mexicano Diego Rivera al cubismo; el caso de Rafael Barradas merece una detención especial respecto a contribuciones y tan útiles reconocimientos internacionales tanto para América como para Europa. Lo haremos finalizando este estudio. Cuantitativamente se percibe la primacía del dibujante en el conjunto de la obra de Barradas. Numerosísimos dibujos a lápices, negros o de color, con leves realces de acuarela algunos de ellos, tomados los unos directamente de lo natural, divagados los más en el taller (o en el café) hacia cuentos donde deleita con la frescura de su gracia que siempre lo acompañó, como croquis para sus bellísimas ilustraciones de numerosos libros infantiles – los dibujos y el color de las escenas de “El hermanito Tim” mantienen su prístina frescura – o para libros de famosos autores que alrededor del año 1919 edita Biblioteca Estrella: Dickens, Rodenbach, Turgueneff, Lope de Vega, etc.

También trazan sus lápices proyectos de escenografía teatral, ya que Barradas fue el escenógrafo favorito de Gregorio Martínez Sierra y Catalina Bárcena, de lo que ha dejado lujosa constancia en el libro Un teatro de arte en España. Con apuntes de interpretaciones de Catalina Bárcena, que ya el artista dibujaba en sueños, realizó en 1921 una exposición en “El Ateneo” de Madrid. Derrochó en los papeles una espiritualidad sugestiva, sí que provocativa de otros ensueños que cabían dentro del siempre amplio contorno de su dibujo. La altitud decorativista de esos dibujos y acuarelas acucia la creatividad fantasiosa de quienes los contemplan.

Cabe decir que Barradas, aún en los dibujos sin destino, había adelantado la ilustración e incitaba a que se le agregara el cuento. No es por tanto extraño que gustaran tanto de él los literatos con quienes mantuvo un trato frecuente y fraternal que no debe dejar de señalarse al caracterizar la entera personalidad de este artista. Bajo la denominación de “Vibracionismo” expone Barradas sus nuevas pesquisas del arte en el año 1918 en Barcelona. Vibracionismo es: la titulación que da a su aprehensión interpretativa del futurismo italiano, ansioso y apresurado testigo del dinamismo de la vida moderna. Son sus visiones, movedizas, fragmentadas y simultaneístas en procura de la vibración perenne de la imagen del motivo.

Se hallan los cuadros de Barradas alejados de la vertiente más dramática del futurismo que era la de Umberto Boccioni y atraído por las pulcras organizaciones de Gino Severini, cuyos cuadros de los “bal-musette” parisinos inspiran telas del pintor uruguayo. Alcanza Barradas dentro de su vibracionismo conquistas señalables. Mil caras del ajetreo extremo de “Puerta de Atocha de Madrid”


"Atocha" 1919, Oleo sobre lienzo 53 x 66 cm .

o del hacinamiento de cascos, chimeneas y cargas de “puerto de Barcelona” se enlazan en un dinamismo vertiginoso, en un solo plano y con colores vivos que apoyan el cabrilleo de la sensación. Las dos obras que citamos son otros tantos aciertos de una imposición apriorística. Mas esta pintura que en esos momentos afiliaba a grandes artistas como expresión universalista, ponía al margen sus condiciones de dibujante de carácter, del notable figurativista que había en Barradas, del dibujante ilustrador, cuyos diseños son fábulas o deliciosos cuentos. En la figuración de los tipos del pueblo español o en la pintura de temario sagrado que es su culminación pictórica, está el último gran mensaje de las manos de este artista.

A los cuadros con tipos populares españoles llamóle el pintor “Los Magníficos”: “El hombre de la alpargata”, “Obrero en la taberna”, “Castellanos”, etc. Barradas significó la dignificación de las anónimas clases humildes, labriegos, obreros u hombres del mar, por la monumentalidad de la plástica. Hay aquí una exaltación verdadera de la forma: ésta es ancha, amplia, revestidos los personajes como con una armadura hecha con sus propios perfiles. En la única actitud del estatismo absoluto, estas figuras imponen la gravedad de sus ricas presencias, sin gestos, ni rictus, con los ojos siempre vacíos, con alma de eternidad. Figuras delineadas a grandes trazos continuados, sumarios en su mayoría, tras el análisis de lo significativo, sostenidos los espacios con un sordo color de tinta plana que mantiene con consistente tensión los recortes lineales.

Hay aquí también puntos culminantes en las densidades de atmósferas pictóricas los grises de “Molinero de Aragón”

Molinero aragonés, ca.1924 Oleo sobre tela, 117 x 73 cm.

o la endurecida esquematización de sus dos versiones de “Castellanos”, o lucimiento de trato de la materia en “El hombre de la Boina Vasca”. La interpretación típica que dejó Barradas es superior, sin duda, a la que por los mismos años realizara Joaquín Sorolla para la Spanish Society of New York. Le aventaja Barradas en su fuerza plástica, consiguiendo con las imágenes de las endurecidas vidas españolas la presencia de singular relieve expresionista que las emparentan con las del belga Constant Permecke, reconocido y divulgado como incuestionable "jefe del nuevo expresionismo belga". Por los mismos años de estos cuadros ha de pintar algunos excelentes paisajes de Hospitalet. Seguramente que esa España enérgica y creyente ayudó a la elección de temas religiosos y sagrados, impresionándolo fuertemente. (Para su propio velatorio dispuso que lo revistieran con el sayal de un monje).

En un temario anterior, el novicio religioso fue repetidamente dibujado por Barradas, con una consideración de sus líneas más puras. En la “Primera Comunión”, uno de sus óleos más divulgados, una niña vestida de blanco, con traje de circunstancia, está rodeada por un paisaje participante de un momento de felicidad. La “Epoca Mística”, sus cuadros con temas sagrados (La Virgen y el Niño”, “Jesús”, “Adoración en el Establo”, “La Anunciación”, “La Madre Perla”, etc.) que constituyen su serie final de óleos representan a un expresionista, si es que se quiere reconocer al expresionismo con los atributos que sus tratadistas especiales lo analizan; por ejemplo Franz Roh, en Realismo Mágico al trazar el esquema del expresionismo le señala: “objetos estáticos; muchos asuntos religiosos; rítmico; extravagante; sumario; grandes formas; cálido; sustancia cromática espesa; deja ver el trabajo, la “mano”; la factura; deformación expresiva”. Un ajuste perfecto entre principios y resultados. Si comprobamos la alta calidad y autenticidad de estas pinturas debe entonces advertirse con asombro – una vez más – que esta rica porción del expresionismo no ha sido aprovechada como corresponde y de acuerdo a su categoría.

Rafael Pérez Barradas nació en Montevideo en 1890 y falleció en la misma ciudad en 1929. Pese a la contundencia de estos datos cabría ampliar para el arte la nacionalidad de este uruguayo, hijo de padre y madre españoles y casado con una mujer provinciana de España. En las dos patrias – en la suya y en la de familia – actuó y una perfecta simbiosis de influencias de ambos países explica el carácter de sus labores. Para los problemas culturales que se plantean a diario sobre la relación, sumisión, enfrentamiento y libertad de las relaciones entre el arte de América y Europa es importante considerar en su elucidación el aporte de Barradas, o como hemos dicho anteriormente el “Caso Barradas”. La mayor parte de su obra, la pintó en España. Esto es incontrovertible porque es histórico. Allí se le consideró como a un renovador, más aún, como valor absoluto. Eugenio D’Ors en su “Salón de Otoño” de 1924, en el cual realiza una tremenda catarsis del arte de sus compatriotas, lo coloca en sala de privilegio entre José Gutiérrez Solana, cuya percepción de la España Negra goyesca le fue suficiente para mantener su vigencia con dignidad y distinción, y Juan Gris, que debió trasladarse a París para sostener su cubismo universalista.

Barradas estableció una tercera posición inédita al dar una nueva expresión en la reciprocidad de relaciones culturales entre Madre Patria y los países de nuestro Continente, relaciones generalmente englobadas en el término Hispanoamericanismo. A veces dudamos si Rafael Barradas que en los años mozos partió hacia España, tierra de sus padres, desde donde regreso – nos repetimos – sólo para morir, configura, por su rango mayor a un prototípico pintor de hispanoamericanismo, o por la función allí realizada, al descubrir nuevas formas estéticas en viejas entrañas que no eran del todo ajenas, con él se inicia en pintura y en palabra trastocada, un Américohispanismo que cabría reconocer.

Es indudable que obtuvo grabaciones definitivas y nuevas de los tipos del pueblo español por haber mirado sus actitudes con pasmo americano, de una América a la que siempre le es difícil reconocerle un estilo; retomo sin encargos la pintura de asunto religioso, lo que ya no ocurría en España (toda imagen religiosa era encargada y los encargadores imponían sus gustos) y saltando sobre prejuicios, inquietó con avancismos a la pintura de España.

A su regreso, Barradas entregó al Uruguay la obra entera de un gran artista nativo de neta inspiración hispánica. Por su mirada que llegaba desde muy lejos para redescubrirse a sí mismo, por su desprejuicio localista como extranjero, a la vez que libre de las ataduras académicas habituales en aquellos ambientes, llegó él también a la tarea de una universalización, de una nueva afirmación del carácter y la fe españolas, cuando ya las primeras únicamente se servían como atracción pintoresca, y las segundas transitaban trillos harto conocidos de ejercitantes mercenarios. Porque también el uruguayo Barradas redescubrió a España.



Documento tomado de : Las Artes Plásticas del Uruguay : desde la época indígena al momento contemporáneo / José Pedro Argul. -- Montevideo : Barreiro y Ramos, 1966.

 

 

 

 

Rafael Barradas

 

Rafael Barradas

 

Nació en Montevideo Uruguay el 4 de Enero de 1890 y murrio en la misma ciudad el 12 de febrero de 1929. Su verdadero, nombre era Rafael Pérez Barradas. Hijo de un modesto pintor, comenzó su carrera artística como caricaturista. En 1912 viajó a Europa donde visitó varios países para radicarse finalmente en España. Regresó a Montevideo en 1928. En contacto con los grandes centros artísticos estudió sin maestros hasta afirmar su relevante personalidad. Interesado en sus momentos iniciales por el futurismo italiano, creó más tarde una expresión artística personal que denominó "vibracionismo". Su obra, en la que abordó diversos géneros pictóricos, ha sido altamente elogiada por autorizados críticos. El tema religioso lo atrajo en sus últimos años. Fue también decorador, escenógrafo e ilustrador de libros. Va dejado una gran cantidad de dibujos a la acuarela; entre ellos, la serie Estampas de Montevideo, tiene el máximo interés. Está representado en los museos nacionales de Buenos Aires y Montevideo y en numerosas colecciones particulares.


 La actividad pictórica de su progenitor lo familiariza desde la infancia con el lenguaje plástico. No se le conoce un aprendizaje sistemático. Participa en las tertulias montevideanas con intelectuales como Frugoni, Florencio Sánchez, Lasplaces, entre otros; costumbre que continuará en España. Colabora desde muy joven en periódicos y revistas de Montevideo y Buenos Aires como ilustrador. En 1912 realiza una exposición de acuarelas junto a Guillermo Laborde y hacia fin de año realiza una exposición de caricaturas. En 1913 funda "El Monigote", publicación satírica sobre el ambiente cultural. Ese mismo año viaja a Europa radicándose finalmente en España. Durante su estancia en Barcelona se vincula con Joaquín Torres García y exponen juntos en la Galería Dalmau. Frecuenta tertulias artísticas y conoce a poetas, críticos y artistas españoles vinculados a la vanguardia.

Expone en Madrid en 1917 mientras realiza numerosos trabajos gráficos en Barcelona. Un año después lleva a cabo su primera muestra individual donde propone su concepción estética: el vibracionismo. Es recibido por el movimiento ultraísta como uno de sus más importantes representantes y colabora en numerosas revistas del movimiento.

Hacia 1920 vive en Madrid, es contratado como dibujante para la "Biblioteca Estrella" ilustra ediciones numerosos clásicos. Trabaja desplegando una gran actividad como escenógrafo, figurinista y afichista para el Teatro del Arte. Organiza su propia tertulia en el café Oriente frecuentado por grandes exponentes culturales como Dalí, Buñuel, García Lorca. Colabora con Borges en la revista "Tableros", es nombrado director artístico de la revista "Alfar". En 1923 se traslada a la localidad de Luco de Jiloca, sus trabajos incursionan ahora en una búsqueda más realista e inicia su serie denominada por él como "Los Magníficos", representando a personajes populares. Nuevamente en Madrid, en 1924, trabaja para la editorial Espasa Calpe y para la Revista de Occidente.

Un año más tarde una serie de marinas y acuarelas son el testimonio de su pasaje por San Juan de Luz. Recibe el premio Grand Prix en la categoría teatro en la Exposición Internacional de Artes Decorativas e Industriales de París. Se muda a Hospitalet de Llobregat, Barcelona, donde realiza una serie de paisajes de la localidad y es frecuentado por intelectuales y artistas. Ya enfermo retorna a Montevideo donde es homenajeado en el Teatro Solís.

Muere el 12 de febrero de 1929.

(Biografía según el equipo de curaduría del Museo M. de Artes Visuales del Uruguay.)

 

 


 

 

Ureña Rib has seen his work exhibited around the World and holds a prominent position on the Art scene in his own country, but he admits to be particularly drawn to Montreal, which he visits annually. Renting a studio in the downtown Belgo Building, he immerses himself enthusiastically in the creative and diverse atmosphere of Montreal producing here his works.

FERNANDO URENA RIB

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Revisado: May 25, 2013
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