INDISCRECIONES CELULARES
FERNANDO UREÑA RIB
C
asi obligado por amigos, clientes y familiares compré un teléfono
celular hace unas semanas. Me había opuesto tenazmente a esa idea hasta que
sucumbí ante las ventajas (y las sonrisas) de una muchacha obsequiosa, de
esas que venden servicios celulares en los kioscos de los centros comerciales.
Para ahorrar me decidí por uno de los aparatos llamados análogos. No sabía
en lo que me metía. Por algún entuerto de la tecnología aquel endiablado
telefonino (como lo llaman los italianos) transformó mi conducta pasiva en
una expectante, me convirtió en un espía, atento siempre a la lucesita
indicadora de que había al otro lado personajes comunicándose.
Transcribo para ustedes a continuación diálogos escuchados en esas líneas
cruzadas, a los cuales añadiré detalles circunstanciales, proporcionados por
mi exaltada imaginación celular. Los mensajes fueron captados al azar en la
Zona Colonial hace unos días. Por supuesto, para evitar complicaciones mayores
utilizaré lugares y nombres falsos:
I
Compungida, Ana María se arrodilla sobre el banquillo del confesionario.
Suena el celular. Es el amante. El ojo izquierdo del cura, grande y redondo,
recorre a través de las rejillas el cuerpo esbelto y estremecido de Ana María.
"Julio no te puedo hablar, llama después" susurra ella bajándose un
poco la falda que había trepado peligrosamente al arrodillarse sobre la
traviesa. "Necesito verte y apenas tengo una hora. Nos vemos a las dos en
el Hotel Francés". "No puedo. Mi marido ha contratado detectives que
me persiguen y rastrean las llamadas. Esto tiene que terminar,
compréndelo." "¿Dónde estás?" "En la iglesia de las
Mercedes" "Pasaré a buscarte." "¿No entiendes que no
podemos? Hay espías armados con cámaras por todas partes" "Me
disfrazaré. No me reconocerán. Voy enseguida, tengo que verte" "Haz
lo que quieras, no puedo hablar, adiós".
"Y bien..., hija mía ¿ me decías?" En ese instante timbra el
celular del sacerdote. "¿A qué cuenta puedo depositarle los 200.000 de la
parroquia?" Pregunta el ex funcionario con voz apresurada desde el otro
lado. "No puedo hablar ahora, estoy en el confesionario". "Tiene
que ser hoy, antes de las tres o el dinero se pierde" "Pues nos vemos
a las dos en el Hotel Francés" susurra el confesor.
"¡Ah... celulares indiscretos! ¿Qué me decías, hija?"
"Padre, estoy en medio de una encrucijada" El celular de la señora
suena otra vez. Es el marido. "Ana María, tu cuenta ha sido cerrada y no
podrás usar ya las tarjetas de crédito." "¡Pero Manuel!"
"No hay peros. No quiero líos con los auditores y tú gastas más que una
lima, adiós."
"Padre, creo que el cielo me castiga por todo lo que he hecho."
" Dios castiga sin palo y sin fuete. ¿Qué has hecho, mujer?"
"Hay un hombre en mi vida..." "Parecería que hay dos"
"Bueno, sí, dos que hacen que me debata entre una pasión ardiente y el
aburrimiento, entre una aventura romántica y la incomprensión. Compréndame.
Durante los pasados cuatro años apenas veía a mi marido, siempre de viaje y en
reuniones políticas, regresaba y partía de madrugada."
Suena el celular del cura. Es el banquero. El cura se disculpa y sale del
confesionario. Julio disfrazado de monja, llama con su celular desde el atrio.
"Ana María, soy yo" La mujer le mira desde lejos y no puede evitar la
risa "¿Dónde conseguiste ese atuendo, flaco, asaltaste una monja en el
convento?" "Es un disfraz alquilado. ¿Podemos irnos? Tengo una
habitación reservada no lejos de aquí."
II
Estoy sentado en el bar del Hotel Francés. Son las dos. Suena el celular del
banquero. Es el cura diciendo que ya se aproxima a la mesa reservada en el
hermoso patio. Viene acompañado por el ex funcionario. Salutaciones, whisky,
abrazos. En las escalinatas del fondo veo dos monjitas que suben apresuradas y
desaparecen furtivamente en el corredor. Le cuento toda la historia al tendero
del bar y como propina le regalo mi celular. No quiero saber más.