La pintura de
José Cestero
es parte de un juego intencionalmente irónico en el que se
vislumbra de inmediato la suspicacia y lo ridículo de un mundo en el que
predomina la hipocresía y donde los valores han sido invertidos o
pervertidos por las altas instancias del poder.
Todo lo mira este
formidable creador bajo el escrutinio voraz de la ironía. Puede ser la
ciudad, la religión, el Congreso Nacional o el arte mismo.
Los rostros, severos,
compungidos o acuciosos, ocultan siempre un malestar o un desatino,
transitan los linderos de la locura o del vértigo, se refugian en su
propia podredumbre o en su propio miedo. Pero
José
Cestero es un artista sutil, incisivo, diestro. Todo es cuestión de
medida y en eso consiste precisamente su sapiencia pictórica.
La parodia visual (a lo
Quevedo, o a lo Pierce) y la pícara mirada de
José Cestero recomponen de esta manera el mundo. Lo extravagante, loferoz y lo
convulso se hace más digerible en sus imágenes que son siempre
salpicadas de un humor acre o socarrón, que a veces se acerca a la
caricatura. Es la suya, probablemente, la mejor representación visual
del grave desenlace de la Comedia Humana.
FERNANDO UREÑA RIB
