No basta la maestría
en la ejecución de una obra de arte. Sobre todo si adoptamos la
teoría de que el arte es una de las formas que el ser humano
utiliza para comunicar su única y particular concepción del mundo.
Además de maestría laboriosa, de precisión técnica, se requiere
atrapar en las redes del arte el formidable mundo de los sueños. Y
decir sueños, es decir deseos, anhelos recónditos, vehementes.
En este orden, parece ser que uno de los deseos más fervientes
de Ernesto Barreda es el de crear un mundo idílico y puro,
arquitectónicamente armonioso, un espacio abierto de plena
participación o de demorada contemplación.
Alguna sorpresa, sin embargo, asalta estas imágenes. Usted las
descubre en una segunda mirada, porque al principio todo parece
intacto, impoluto, transparente y feliz. Dentro de la
arquitectura soñada, recreada por este excelente dibujante
chileno, hemos de encontrar algunos indicios, algunos rastros que
nos hacen pensar seriamente que todavía existe una gran distancia
de aquí al paraíso.
Fernando Ureña Rib
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Ernesto Barreda Fabres (1927)
exhibe en el mes de octubre sus recientes trabajos en pintura, dibujo y,
curiosidad, escultura, hechos durante los años 2001 y 2002. La
oportunidad de la muestra se presta para la presentación de un cuidado
libro titulado "Barreda, una vida en dibujos," con textos de Gaspar
Galaz y Gemma Swinburn, entre otros, que da cuenta con amplias
ilustraciones de sus procesos creativos en los cuatro decenios pasados.
El texto se convierte en valioso documento que registra y reflexiona
sobre su ideario formal, imaginarios y procedimientos técnicos
empleados, que se suma a la nutrida bibliografía artística incrementada
en años recientes.Barreda es arquitecto formado en la Universidad
Católica de Chile, obteniendo su titulo respectivo en 1952. En esa
actividad ha desarrollado una obra de envergadura que no es caso de
referir, pero que suma exitosos logros. Realiza breves estudios de
dibujo y pintura en la Escuela de Bellas Artes de París, y a la fecha
sus antecedentes consignan muchas exposiciones en Chile y el extranjero,
premios y reconocimientos varios.
En la pintura chilena hay arquitectos que desarrollan desde los años
cuarenta del siglo pasado, una meritoria labor. Pionero descollante es
Roberto Matta (1911) y a su zaga esta Nemesio Antúnez.( 1918-1993). En
dos decenios posteriores aparecen en la escena Jaime Bendersky
(1922-1997) y Ernesto Barreda. Sin embargo, poco los liga
artísticamente, dada que uno opta por caminos personales y bastantes
privativos.
Ernesto Barreda siempre ha sido un pintor de la
figuración, que transita desde los extremos del ilusionismo verista
hasta la mirada metafísica de recuerdos surrealistas. Desde fines de los
cincuenta adelante y a contrapelo de las tendencias abstraccionistas
imperantes en el circuito y mercado del arte, solitario casi, se aboca a
los estudios de las arquitecturas añosas y achacosas de Valparaíso y de
Santiago Poniente, registrando con mirada de fotógrafo neorrealista
primero las puertas, ventanas, muros y luego los corredores y patios.
Cada tema se desarrolla como una serie, sin pausa ni ruptura y que
realiza a cabalidad.
Entonces nacen e incuban los temas que desarrolla en
los años inmediatos y siguientes, agregando vetustas iglesias, altares
derruidos, figuras religiosas coloniales quemadas y mutiladas. En los
ochenta las arquitecturas postuladas son imposibles de realizar ni menos
construir y el añadido de vestigios de jardines y parques que exultan
mundos pasados y arcanos, indican que sus propósitos e inquietudes
merodean ahora la noción de la caducidad y lo efímero transitorio del
obrar del hombre. Todo lo que hace y levanta perece. Inexorablemente, la
mirada del artista advierte y comunica que el paso del tiempo destruye,
corroe y deja su huella irreparable.
En otras palabras. Barreda emprende el estudio
riguroso y objetivo de la materia y de su consistencia física como del
adecuado traslado a los soportes, por medio de diferentes procederes,
que lo conduce a una pintura de iconografías de crecientes ambigüedades,
de realismos varios, encontrados o cruzados, como por ejemplo, el
realismo a secas, el expresionista, el mágico, el surrealismo o bien el
hiperrealismo, por rescatar aquellos notorios habidos en su proceso
visual, todos los cuales portan la clave central de su hacer: la
desdichada fragilidad humana en la espacio temporalidad vivida. A partir
de ese supuesto se percibe una coherencia en su insistente quehacer, al
rescatar de la materia precisamente su arruinamiento. Es la paradoja de
un hecho de arte de cincuenta y cinco años.
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