Si acaso en el espíritu
de Pedro Mir no hubo algo de profeta, no hay duda
que le habitó una visión diáfana sobre lo que
habría de ser la estética del siglo XXI. La
mente adelantada del poeta dedicó largos años a
estudiar, prever y definir con infinito cuidado
esa estética. Para comprenderla habríamos de
partir de la premisa de que cada siglo construye
su propio sentido de la estética. Es sabido que
mientras el arte del siglo de oro va en pos de un
ideal de belleza, la estética humanista del
Renacimiento manifiesta ese afán del hombre por
comprenderse a sí mismo. Las variables de los
siglos románticos, (dieciochesco y
decimonónico) presentaron el arte como una
expresión de los sentimientos.
Por supuesto, si confundimos estética y
estilo entramos en un juego peligroso. El estilo
establece las normas (la ley de la proporción
estricta de Nietzsche, por ejemplo) y Don
Pedro nunca intentó hacer tal cosa. Al
contrario, para él (liberal y avanzado) cada
obra de arte posee su propia ley, su normativa.
Las leyes que rigen una obra de arte solo aplican
a ella. "Ninguna es igual a otra. Cada una
posee un número infinito de cualidades propias,
inalcanzables para las facultades de nuestros
sentidos". A diferencia del estilo, la
estética es una ciencia que se ocupa en
responder la vieja y aparentemente sencilla
pregunta de "¿Qué es el arte y para qué
sirve?".
Indagando esos menesteres los filósofos
descubrieron, asombrados, que el arte es una
actividad exclusivamente humana (Martín Heidegger) y los más religiosos ( como Kirkegaard) añadieron que el arte es una
actividad humana que nos acerca o nos asemeja a
Dios, porque nos hace creadores. Sartre descubre
la innegable relación entre arte y existencia,
sin embargo la estética existencialista ocurre
solo en los niveles del pensamiento. Le hacía
falta carne, materia. Martín Heidegger vuelve a
la carga y nos hace ver los nexos entre la
esencia del arte y la búsqueda de la verdad y a
su vez entre la búsqueda de la verdad y la de la
libertad.
La búsqueda de la verdad es esencial
para la ciencia, no para el arte. Me
decía Pedro Mir aferrado al mouse de su
computadora. Ellos no entendieron el
problema. El arte no es la búsqueda de la
belleza, ni es la expresión de los sentimientos,
ni es la manifestación del profundo anhelo del
hombre de hallar el bien. Aunque quizás incluya
esos elementos accesorios.
No había fin a nuestras polémicas. Me
recibía a las diez, en su casa de Gázcue o en
su apartamento del reparto Evaristo Morales.
Mientras Doña Carmina nos servía café en unas
tazas minúsculas, don Pedro revisaba
magistralmente la conspicua historia de las ideas
sobre el arte. Nuestras discusiones sobre este
asunto se extendieron por un período de siete
años. Es imposible transcribir en la brevedad de
ésta página la riqueza y profundidad y visión
del pensamiento de Pedro Mir. Tampoco es posible
acercarnos aquí a su comprensión de la historia
y de la filosofía. Sus libros de estética
recogen una versión clara y resumida de ese
pensamiento.
La del siglo XX podría denominarse la
estética del concepto. Casi se nos convence de
que cualquier cosa, cualquier objeto puede ser
una obra de arte si hay un concepto o idea que la
sustente. Es en esa línea de pensamiento que se
mueve Marcel Duchamps al plantar aquellos
orinales en el museo, hacia 1910. La vanguardia
era eso: La muerte del arte (Hegel) o su
inutilidad (Joseph Beuys.) Luego, parafraseando a
León Tolstoy se llegó apresuradamente a la
conclusión de que todo hombre, cualquier ser
humano, es un artista.
A mí me resultaban más afines las ideas
estéticas de los siglos anteriores. Las de Nietzsche, por ejemplo, modeladas sobre los
principios de la tragedia griega y con aquella
polaridad de un principio destructor o
dionisíacos (Thánatos según Freud) y
otro apolíneo (Eros) que moldea el caos dionisíaco. O las de Benedetto Croce, al
iniciarse el siglo XX, que explicaron el arte
como una actividad propia de los sentidos, de la
intuición.
Los estructuralistas sustentaron en los años
sesenta que el arte es el concepto, que el arte
es lenguaje o que es parte del lenguaje. Pedro Mir se exaltaba. El no pensaba de esa manera.
Distingue y disecciona minuciosamente el arte
del lenguaje. Esas formas de la comunicación
humana, junto al símbolo, poseen
características que de manera original y nueva
son diferenciadas por él. Antes de Pedro Mir la
noción de arte, como una forma distinta de la
comunicación humana no había sido plenamente
entendida.
Nos quedó mucho por decir sobre temas tan
fascinantes. Quizás nuestra discusión más
ardua y más reciente tenga que ver con las
relaciones y la distinción entre forma e imagen.
El 3 de junio, poco antes de entrar en su lecho
de muerte, don Pedro me escribió una carta de
ocho páginas que tituló: "La imagen, esa
desconocida." Ese y muchos otros textos,
notas y cartas inéditas de Pedro Mir
conformarán una publicación que dejará
constancia de nuestras tertulias y del
pensamiento visionario de ese poeta dominicano y
universal. Porque la estética de Pedro Mir rompe
con las ideas predominantes en el siglo XX y se
apodera del futuro. De un siglo que avanzará de
manera insospechada en el campo de las
comunicaciones. Sus ideas pertenecen al siglo XXI.