La aportación de Freddy Javier
a la pintura dominicana no puede ser juzgada en toda su valía fuera
del contexto de la riqueza visual de la ciudad de Santo Domingo y de
su crisol de culturas. El
ajetreo urbano, el arremolinamiento de los transeúntes y el
embotellamiento del tráfico sirvieron de pretexto a Javier para
formular una pintura de gran dinámica visual, de gran plasticidad y de
esa impronta que sólo tiene el arte que es resultado de una vivida
experiencia humana.
Pero en el arte de hoy, lo que importa al crítico es el carácter
único y distintivo de la obra, su particularidad y la manera en que
esta se relaciona íntimamente con su entorno. Nadie puede negar además
la importancia del oficio, que es exigida aún de aquellos que pensaban
que el arte era un producto etéreo e inmaterial de la mente y no una
respuesta de los sentidos alertados del artista frente a su realidad
inmediata y a sus anhelos de producir los cambios que conducirían a un
mundo más habitable y sereno.
Estas condiciones se reúnen, y con sobrada demostración de fuerza,
en las pinturas de Freddy Javier. Javier juega con monocromías, con
planos abiertos y contiguos, con imágenes secuenciales que se
traslapan no solo en la materia bidimensional, sino en el ojo interno
del espectador quien adivina, como por una premonición el tránsito de
esos seres humanos con quienes nos cruzamos en el avatar urbano.
Aunque su oficio no es nada desdeñable, es en la percepción de la
realidad donde residen los valores más distinguidos de estas pinturas.
El autobús atestado, los viajeros que esperan, la urgencia de las
máquinas para atravesar la urbe, son temas vistos y sentidos con
mayúscula intención dramática. Javier es un maestro que ha sabido
desde el principio lo que quiere, y ciertamente lo ha conseguido.
Fernando Ureña Rib