Conocí
a Eduardo Galeano en
una de esas ferias
del libro que se
celebran cada año en
la ciudad de Santo
Domingo. Uno piensa
que se trata de una
persona arrogante y
necia, hasta que él
se lo va ganando a
uno poco a poco y lo
va metiendo en el
creciente número de
sus adeptos. Ahora,
a pesar de las
recomendaciones
del párroco, soy un
apasionado.
Pero primero
tiene
usted que
acostumbrarse al
tono pausado de su
voz, a su don de
orador sin
estridencias,
a las imágenes
fulgurantes y a las
estocadas con que
esgrime cada
palabra, a sus
juegos verbales, a
los zarpazos con que
maniobra en el campo
de batalla de la
vida; no para atacar
sino para defender a
los desposeídos, a
los olvidados, a los
que mueren cada día
con la esperanza de
que el mundo sea
alguna vez mejor.
Galeano tiene
además el don de la
brevedad. Las frases
son cortas y
dinámicas, saltan
los puentes del
tiempo y del espacio
con asombrosa
agilidad. La
historia, esa
nebulosa oscura que
quedó detrás, es
iluminada con el
relámpago de sus
ideas y se convierte
en el espejo
retrovisor que nos
ayuda a ver de dónde
venimos y porqué
ahora estamos
inmersos, aún, en el
mismo valle de
lágrimas.
El compromiso
político no es otro
que con el ser
humano y sus
derechos de paz,
justicia, libertar y
de una vida digna.
Galeano nos da, en
pequeñas dosis
concentradas, su
idea del mundo.
FERNANDO UREÑA
RIB
SILENCIOS
Por Eduardo
Galeno
La
música
Una
larga mesa de
amigos, en el
restorán Plataforma,
era el refugio de
Tom Jobim contra el
sol del mediodía y
el tumulto de las
calles de Río de
Janeiro.
Aquel
mediodía, Tom se
sentó aparte. En un
rincón, se quedó
tomando cerveza con
Zé Fernando. Con él
compartía el
sombrero de paja,
que lo usaban
salteado, un día
uno, al día
siguiente el otro, y
también compartían
algunas cosas más.
--No
--dijo Tom, cuando
alguien se arrimó--.
Estoy en una
conversa muy
importante.
Y
cuando se acercó
otro amigo:
--Me
vas a disculpar,
pero nosotros
tenemos mucho que
hablar.
Y a
otro:
--Perdón, pero aquí
estamos discutiendo
un asunto grave.
En
ese rincón aparte,
Tom y Zé Fernando no
se dijeron ni una
sola palabra. Zé
Fernando estaba en
un día muy jodido,
uno de esos días que
habría que arrancar
del almanaque y
expulsar de la
memoria, y Tom lo
acompañaba callando
cervezas. Así
estuvieron, música
del silencio, desde
el mediodía hasta el
fin de la tarde.
Ya no
había nadie en el
restorán cuando se
marcharon los dos,
caminando despacito.
La
cumbre
Cada
día, día tras día,
repetían el viaje.
Volvían de la
escuela pedaleando,
Alon en su bicicleta
verde. Tzviki en su
bicicleta roja, por
el camino entre los
árboles, y el sol
corría con ellos por
detrás del follaje.
Al
fin de la llanura,
donde empezaba la
montaña, se tomaban
de la mano, Alon,
alzado en los
pedales, se afirmaba
con todo, y el
envión lanzaba a
Tzviki cuesta
arriba. Entonces
Tzviki extendía la
mano y daba impulso
a Alon. Y así iban
subiendo. Cada uno
creaba un viento que
empujaba al otro, y
de viento en viento,
de mano en mano,
llegaban a la
cumbre.
Llegaban jadeando,
cuando ya no daban
más. Montados en sus
bicicletas, se
quedaban un buen
rato allí. Sin
soltarse las manos,
contemplaban los
valles de Jerusalén,
que se extendían,
luminosos, allá
abajo, y ninguno
decía nada.
Han
pasado los años. La
misma vieja
bicicleta verde
sigue acompañando a
Alon Raab, ahora él
vive muy lejos de
aquellos parajes,
pero pedaleando
siente la misma
música del viaje en
el viento. Y Alon se
pregunta qué será de
su amigo Tzviki, que
nunca más se supo, y
qué será de aquella
montaña, o cerrito
nomás, que allá en
la infancia supo ser
el pico más alto del
mundo.
La
casa
Había
sido albañil desde
la infancia. Cuando
cumplió dieciocho
años, el servicio
militar lo obligó a
interrumpir el
oficio.
Lo
destinaron a la
artillería. En la
práctica del tiro de
cañón, debía
disparar contra una
casa vacía, en medio
del campo. Le habían
enseñado a tomar
puntería, y todo lo
demás; pero no pudo
hacerlo. El había
construido muchas
casas, y no pudo
hacerlo. A los
gritos le repitieron
la orden, pero no.
El
quería decir que una
casa tiene piernas,
hundidas en la
tierra, y tiene
cara, ojos en las
ventanas, boca en la
puerta, y tiene en
sus adentros el alma
que le dejaron
quienes la hicieron
y la memoria que le
dejaron quienes la
vivieron. Eso quería
decir, pero no lo
dijo. Si hubiera
dicho eso, lo
hubieran fusilado
por imbécil.
Plantado en posición
de firmes, se calló
la boca; y fue a
parar al calabozo.
En un
fogón de las sierras
argentinas, en rueda
de amigos, Carlo
Barbaresi cuenta
esta historia de su
padre. Ocurrió en
Italia, en tiempos
de Mussolini.
Los
solos
Lo
cazaron en la selva,
cuando era muy
pichón. A golpes de
hacha voltearon el
árbol donde tenía su
nido. Lo vendieron
en la ciudad. Preso
en una jaula, entre
cuatro paredes pasó
toda su vida. Hasta
que fue abandonado.
Lo recogió la
familia Schlenker,
que en las cercanías
de Quito tiene un
refugio para
animales tristes.
Este guacamayo nunca
había visto un
pariente. Ahora no
se entiende con los
demás guacamayos, ni
con loro ninguno, ni
se entiende con él.
Acurrucado en un
rincón, tiembla y
chilla, se arranca
las plumas a
picotazos, tiene el
pellejo sangrante y
desnudo.
Pobre
bicho, digo. Más
solo, imposible.
Pero Abdón Ubidia,
que me ha llevado al
refugio, me presenta
al solo más solo del
mundo. Es el último
aguti paca, o cuy de
monte, que pasa las
noches caminando en
círculos y pasa los
días escondido bajo
el tronco hueco de
un árbol caído. El
es el único de su
especie que queda
vivo. Todos los
suyos han sido
exterminados.
Mientras espera la
muerte, no tiene a
nadie con quien
conversar.
Parte
de guerra
La
hija de don
Francisco fue
capturada en la
sierra de Chuacús.
En la madrugada, un
oficial del ejército
de Guatemala la
arrastró hasta la
casa de su padre, y
encaró a don
Francisco:
--¿Está bien lo que
hacen los
guerrilleros?
--No
--dijo don
Francisco--. No está
bien.
--¿Y
qué hay que hacer
con ellos?
Don
Francisco calló.
--¿Hay que matarlos?
Don
Francisco seguía
callado, mirando el
suelo. Su hija
estaba de rodillas,
encapuchada,
maniatada, con la
pistola del oficial
clavada en la
cabeza.
--¿Hay que matarlos?
--insistió el
oficial.
Quizás don Francisco
quiso decir: no,
pero ninguna palabra
le salió de la boca.
Y siguió callado,
con los ojos
clavados en el
suelo.
Antes
de que la bala
volara la cabeza de
la muchacha, ella
lloró. Bajo la
capucha, lloró.
Lloró por él.
Su libro Las Venas
Abiertas de America Latina
describe los procesos de
dependencia económica y
colonialismo de América
Latina. Desde que lo
escribió hasta ahora la
situacion mundial y en
Latinoamérica ha cambiado
mucho. ¿Cuáles son
actualmente los mecanismos
de dominación económica y
política?
Escribí ese libro hace más
de 30 años, es decir, es un
libro escrito a finales del
1970. Yo no sabía un pito de
economía, pero me metí en
esas profundidades
pantanosas tratando de
entender y ayudar a entender
lo que ocurría. Es un libro
de divulgación, lo que
podría ser una
contrahistoria, que en el
caso de ese libro está sobre
todo centrada en la economía
política. En los años
siguientes intenté abarcar
otras zonas de la realidad,
pero la verdad es que ese
libro me dió a mí un buen
piso para caminar. Y no sólo
no me arrepiento de haberlo
escrito, sino que después el
libro me enseñó que tenía
buenas piernas, porque
anduvo mucho camino a lo
largo de estos treinta y
pico años y sigue
funcionando, lo que
demuestra que algunas de las
cosas, de los datos, de las
informaciones que el libro
contenía, siguen teniendo
alguna vigencia, es decir,
siguen teniendo algo que ver
con el mundo de hoy. Y
también quizás prueba que el
punto de vista no estaba del
todo equivocado. En todo
caso el libro planteaba hace
ya treinta y pico años
algunos cuellos de botella
de lo que en aquel entonces
se saludaba como una gran
promesa de desarrollo de los
países latinoamericanos,
como por ejemplo,
concretamente, el tema de la
deuda externa, que en
aquella época no era casi
mencionado, no se hablaba de
eso. Y yo, que siempre me
llevé tan mal con los
números, pero que había
conseguido aprender
dificultosamente la regla de
tres simple y la regla de
tres compuesta, haciendo
unos calculitos elementales
que nacieron del puro
sentido común, me di cuenta
de que se nos venía encima
una bola de nieve y que eso
iba a acabar provocando una
situación como la que
tenemos ahora, en la que los
gobiernos dejan de gobernar
porque están siendo
gobernados por sus
acreedores. Es decir, son
los acreedores los que
deciden hasta la velocidad
de vuelo de las moscas en
cada uno de los países.Y
esto implica una
aniquilación de la soberanía
por parte de una dictadura
financiera internacional que
en aquel tiempo ya existía,
pero que no era ni la sombra
de lo que es ahora. Es
decir, las instituciones
internacionales nacidas al
final de la Segunda Guerra
Mundial ya tenían poder,
pero no era ni sombra del
poder que tienen ahora. Son
el gobierno del mundo. El
Fondo Monetario
Internacional -llamado
Internacional- está manejado
por cinco países, sobre todo
por uno, que es EEUU, y
cuatro más. Y el resto de
los países ni pincha ni
corta, porque los votos son
proporcionales al capital
aportado. Según la cantidad
de dólares, es el peso del
voto. Y el Banco Mundial
está dirigido por siete
países, aunque se llama
mundial. Son 7 los que
deciden y los que imponen a
los demás, junto con el
Fondo Monetario, que es el
hermano gemelo, sus
programas llamados de
ajuste, las privatizaciones
obligatorias, el
desmantelamiento de los
servicios públicos y todo lo
que sabemos que ocurre hoy
por hoy. Y la verdad es que
ese libro lo escribí
intentando hacer un
manual... Sentía la
necesidad, contra los
consejos de casi todos mis
amigos, que me decían que
era un disparate semejante
cosa, de poner al alcance
del público no especializado
una serie de informaciones
que estaban guardadas bajo
siete llaves en los cofres
de la literatura escrita en
código por los economistas,
los sociólogos, los
politólogos... los “ólogos”
en general. Y yo no era
ólogo de nada, entonces,
¿quién me autorizaba a mí a
acometer semejante tarea?
Pero yo creo que mereció la
pena hacerlo, porque fue la
manera de que la gente
tuviese acceso a una enorme
cantidad de información que
estaba ahí guardadita. Lo
que hice yo fue revelarla en
un lenguaje que pudiese ser
comprendido.
Pero hay algunos sectores
que odian mucho ese libro.
Las Venas Abiertas de
América Latina fue muy
odiado y muy querido a la
vez.
Sí. Los mejores elogios,
aparte de algunos elogios
críticos, creo que fueron
los que el libro recibió de
las dictaduras militares que
lo prohibieron, que fueron
muchas. Y creo que era la
prueba de que no es un libro
que se pueda leer
impunemente, que es lo que
uno desea para los libros
que escribe, lo que los
libros quieren ser. Quieren
ser libros capaces de tocar
al lector y sacudirlo y
llenarlo de preguntas.
Entonces, en ese sentido
cumplió una función, porque
ayudó por lo menos a que la
gente se planteara alguas
preguntas que eran las
preguntas que me empujaron a
mí a escribirlo. Sobre todo
la pregunta fundamental, ¿en
qué se parecen un niño y un
enano? Que a primeira vista
son la misma cosa, pero
visto más de cerca resulta
que no. Los llamados países
en desarrollo no son países
que viven una edad infantil
en el camino de su vida
adulta para cuando crezcan,
sino que son países
subdesarrollados por el
desarrollo ajeno. Son países
arrollados. Subdesarrollados
dicen los expertos, digamos
arrollados por el desarrollo
ajeno. Es decir, no son una
etapa del desarrollo, sino
un resultado del desarrollo
ajeno. Entonces, una cosa es
un niño y otra un enano. Son
países muy deformados por la
función de servidumbre que
la economía global en los
comienzos del mercantilismo
capitalista les dió, y desde
su articulación pasaron a
proporcionar brazos y
productos al servicio de los
intereses ajenos. Estos
temas fueron tocados sobre
todo desde el punto de vista
económico-político por un
ignorante total como yo, que
además considero que la
economía es una de las cosas
más aburridas con las que
los dioses nos castigaron en
este mundo, pero fui capaz
de digerir ahí una enorme
cantidad de libros, de
informes... Yo creo que
algunos de esos textos los
leyó el autor y nadie más
que yo, que ni la familia
tuvo el coraje.
En estos momentos en
América Latina, con el
gobierno de Lula da Silva en
Brasil, Lucio Gutiérrez en
Ecuador, la resistencia de
Hugo Chávez en Venezuela...
¿Le parece que la izquierda
latinoamericana está
viviendo de alguna manera
momentos cruciales?
Está viviendo tiempos de
cambio, o de voluntad de
cambio, digamos, de parte de
gobiernos que expresan una
voluntad de cambio que viene
de abajo, de la gente que
los votó. El problema es que
los espacios se han reducido
muchísimo por obra de esta
dictadura internacional que
os digo. Los espacios
democráticos reales están
muy reducidos, muy encogidos
en el mundo de hoy. Ya en
estos años que
transcurrieron desde la
publicación del libro hasta
ahora, como que nos
acostumbramos a aceptar como
la cosa más normal del mundo
que los gobiernos de
nuestros países tengan que
pedir permiso a estos
supremos sacerdotes de las
altas finanzas
internacionales para
designar a un portero de un
ministerio. No digamos para
cumplir con sus promesas.
¿Y qué problemas podrían
surgirle a Lula y a su
programa de gobierno, tanto
de la izquierda como de la
derecha?
El problema fundamental es
ese: la soga al pescuezo de
la deuda externa acumulada.
Aunque no creo que esta sea
una fatalidad del destino...
La historia está hecha por
la gente y por la gente
puede ser deshecha y
cambiada. Yo no tengo una
concepción de la historia a
la griega de algo que desde
el Olimpo baja, pero es muy
difícil cambiarla, y en todo
caso lo que uno puede desde
el sentido común opinar es
que solos, no podemos. O nos
juntamos o estamos fritos. Y
parece una cosa obvia, pero
que no se acaba de entender.
Tendrían que reunirse sobre
todo los presidentes
latinoamericanos que tienen
intereses distintos a los
del norte, para adoptar
políticas comunes por lo
menos en las cosas
elementales, como por
ejemplo hacer frente juntos
a la gran banquería
internacional, es decir,
reprogramar los pagos de la
deuda externa para no acabar
pagando y pagando y debiendo
más cuanto más pagan, porque
merecemos todos una lápida
que diga: Vivió pagando y
murió debiendo. Y también la
defensa de los precios en
los mercados
internacionales. Es decir,
juntarnos para defender los
precios de los productos.
Casi todas las
organizaciones que defendían
esto, por ejemplo la del
café, han muerto. Queda la
OPEP, que supongo que ahora
no va a poder resistir este
golpe mortal que sufrió con
la guerra de Irak –estamos
hablando cuando recién
terminó la carnicería.
Juntarse para defenderse. Es
una cosa que sabe cualquier
señora de barrio, no hace
falta ser un ilustradísimo
profesor de ninguna
universidad para darse
cuenta de que es por ahí que
va la cosa, pero como dice
la gente, y con razón, el
sentido común es el menos
común de los sentidos, y
nosotros somos la prueba
viva de que eso es así.
¿Y en qué situación se
encuentra el Uruguay, del
que apenas se escucha
hablar?
El Uruguay es un país en
acelerado proceso de
desintegración. Ahora están
desandando la ruta de sus
abuelos los nietos de los
que llegaron desde Galicia,
por ejemplo, o desde otros
lugares de Europa, pero
muchos de Galicia. Y ahora
desandan, o intentan
desandar, porque les meten
mil trabas y problemas. Los
nietos hacen el viaje al
revés, expulsados por la
falta de trabajo y también
en gran medida por la
desesperanza. Una posible
esperanza es el desarrollo
de las fuerzas alternativas,
sobre todo en el plano
político, porque dentro de
un par de años habrá
elecciones y... bueno, la
izquerda tiene según las
encuestas, en las que yo
mucho no creo, pero en este
caso me parece que pueden
reflejar la realidad, tiene
más de la mitad de los votos
posibles. Dentro del
limitado margen de maniobra
que el mundo de hoy te deja,
se hará algo, por lo menos
para que el país no deje de
ser país, que está en
acelerado proceso de dejar
de serlo. Es un panorama muy
triste el que mi país ofrece
hoy por hoy. Colas enormes,
enormes, larguísimas, de
gente que busca pasaporte
para irse. Puertos y
aeropuertos llenos de gente
que se va. La gente joven,
sobre todo, se va y sólo
quedan los viejos para regar
las plantas alrededor de las
tumbas en el cementerio. Es
una perspectiva lastimosa
semejante a la de muchos
pueblos, muchas aldeas
abandonadas de Galicia.
Entonces va a haber que
trabajar mucho para
recuperar a este país
moribundo que está como en
agonía, y devolverle la
energía perdida. Y es muy
difícil por este problema de
que los pocos jóvenes que
quedan se van. Y, claro,
tienen derecho a irse, nadie
les puede negar ese derecho,
pero para el país es una
sangría terrible. Es un
panorama muy desalentador.
Yo vivo en el Uruguay porque
es el país que elijo, no
porque haya nacido allí. A
estas alturas yo ya vivo de
lo que escribo y puedo darme