Para leer a
Fernando Ureña Rib
Decir la piel,
decir que la piel, decir que la piel es marina o que el
piélago marino
Las cinco, acaso de la
tarde. El mar muere. Es un cementerio, el cementerio que
dictó detenidamente Valéry. Brillan, invictos, sus
oros. Fernando reúne los atabales, que callan. Congrega
siringas y jabalíes, cítaras, tamboriles. Sin hablar,
entrega las máscaras a los deliciosos cuerpos desnudos.
Nadie dice una palabra, nadie toca el rumor de golondrina
y estrella que allí hoza, nadie adivina la liturgia ni
sus lenguas de miel y maravilla. No es un jardín. Es el
sueño demorado de un jardín. Como será sueño, luego,
la memoria del placer.
Ha comenzado la fiesta.
Ureña Rib lanza los cuerpos al viento, a la luz, a la
música. Danzan. Los lanza al deseo, al juego, a la
mentira. Emigran. Los lanza al polvo, a la eternidad, a
la lluvia. Gozan.
Ha concluido la
travesía.
De las vanguardias de principios de siglo, que
enmascararon a seres pormenorizadamente desintergrados
pasamos a estos íntegros enmascarados de la dicha, que
Fernando Ureña Rib reúne en un carnaval postrimero. Son
carnestolendas finiseculares. Fue el periplo de una
centuria, que cesa.
Bojear es ahora una
ceremonia, una procelosa ceremonia de tiempo y mesura. El
bojea una mujer, que bojea una mujer, que bojea una isla.
Nadie habla. Sólo dicen los cuerpos. Dicen muescas de
luz, y papiros, y músicas, porque son lienzos sonoros,
como las divinidades solitarias de Juan de la Cruz, el
santo. Los cuerpos desaparecen. Navegan, dóciles, de
regreso de la vendimia, del mar, de la fiesta. Cazan
tanto la perversidad como la inocencia, tanto los
fulgores como la rotunda, pero ágil, pesantez del
placer. Viven en aquella isla feliz que entrevió Pedro
Martir de Anglería, cuando barruntaba un paraíso que no
le fue permitido.
Mientras el erotismo es
una sintaxis, una cierta sintaxis, la de Fernando Ureña
Rib es la aventura esplendorosa y dorada de los gestos y
de las formas. Eros baila. Saborea una flauta de agua.
Viajan los cuerpos en el aire. Serpentean y claman,
silentes. Estallan vítores callados. Aquí, en estos
ámbitos serenos la sabiduría del silencio es la
sapiencia oculta de placeres que apenas se nombras o
apenas se dibujan o se rozan. El placer discurre
enmascarado, desde luego, porque apetece más. Apetece
siempre más. Las máscaras son eternas.
Undosas, las auras corren
tras los cuerpos. Buscan, en secreto, sus ríos y sus
bronces. Un antifaz las esconde de sí mismas.
A un cuerpo sólo lo dice
otro cuerpo. Y a la luz, la luz. Y al mar, el mar.
ENRIQUILLO SÁNCHEZ