CLAMOR DEL IMPERIO MAYA
EN
LAS PINTURAS DE ROBERTO GONZÁLEZ GOYRI
Fernando
Ureña Rib
Para
comprender en toda su hondura la obra pictórica del
maestro guatemalteco Roberto González Goiry no es preciso
que usted sobrevuele, iluminado de asombro, la extensa y
fértil geografía mesoamericana.
No
hace falta, siquiera, acercarse con sigilo a uno de los
treinta y tres volcanes que imponen su majestuosa
presencia en el paisaje y en el carácter del pueblo de
Guatemala. Porque de algún modo esos volcanes están ahí,
latentes, como una memoria del tiempo indestructible, y
permanecen vibrando detrás de las capas superpuestas de
color con que el maestro oculta y cuenta sus verdades.
Verdades hondas, clamores de la tierra, como el zumo de
los volcanes que se desprende y humea en estos lienzos.
Al contemplarlos reconocemos la forma esquiva, el olor a
nitrógeno y helio, de esos mismos volcanes que atizonan el
altiplano y las zonas lacustres, con su carga inminente de
lava y fuego.
Debe
quedar
sobrentendido, que para acercarnos un tanto al espíritu de
la obra de Roberto González Goiry, no es preciso haber
leído previamente el Popolh Wuj, ni sus leyendas
encantadas. No es necesario que haya contemplado usted la
rica imaginación indígena desbordada en los tocados del
Güipil, ni que haya recorrido el tapiz multicolor del
Altiplano, sobre el límpido cielo. No necesita comprender
el canto de los pájaros encerrado en estas pinturas, como
en una jaula abierta, como en la lengua sutuil, de
inimaginables acentos sonoros.
Ni
siquiera se le requiere recorrer, asomado a una barca, o a
un cayuco, los lagos inmensamente azules, ni que
desentierre en el Tikal, o en medio de la selva oscura y
olvidada, los templos, las estelas, las inscripciones
codificadas, ni las ruinas que atesoran un pasado tan
afanoso y arduo, tan rico y fastuoso como sublime y
trágico. No, no hace falta.
El
imperio Maya se reconstruye sutilmente, casi sin quererlo,
en estas pinturas.
Todo
está ahí, artesonado, como en un friso antiguo de la
memoria universal. El maestro lo descubre con el mismo
asombro con que nosotros contemplamos sus obras. Ahí está.
La arquitectura del color y esa otra, entretejida como la
urdimbre de los mantos indígenas, que se advierte sólo
después de una mirada reflexiva y que va siguiendo la mano
sabia del maestro mientras él anuda hilos de color sobre
puntos invisibles e intangibles.
Y es
que la obra de Roberto González Goyri descansa sobre
innúmeras y sutiles reminiscencias, remotas quizás, como
el tiempo que evocan e invocan. Usted advierte las
finísimas claves. Los detalles que impiden que erremos o
pensemos que la verdad de estas obras está en el azul de
cobalto, en el cobre, o en el ocre de oro que surge aquí y
allá, uniéndose al acertijo indescifrable, a veces, de la
imagen.
Porque
sobre estas imágenes se eleva un canto atizado de incienso
y de copal. Un canto de esperanza sobre ese inmenso altar
de sacrificios continuos que es Guatemala. Un canto sobre
la sangre derramada de muchos hombres y mujeres, sobre las
ruinas de una civilización vejada y oprimida, de un
imperio que surgió y pereció en medio de la selva, cuando
todavía eran posibles la inocencia, la pasión, la
fantasía.
Aquí,
en estas pinturas, Roberto González Goiry reivindica ese
antiguo clamor y lo transforma, lo erige como paradigma,
como bastión de lucha de la más bella utopía humana. Un
clamor que se alza sobre las fumarolas azuladas y grises
de su propio volcán interior, y que no se detendrá nunca
de arder hasta lograr la paz y la libertad de su pueblo,
que labora y palpita bajo las alas tornasoladas del
quetzal.
FERNANDO UREÑA RIB