La
visión del cuerpo ha ido acumulando un
sinnúmero de elaboraciones a lo largo de
la historia. Como ejemplo, recordemos la
monumentalidad y frontalidad egipcia en
contraposición con su reducción y
contenido esotérico en los siglos XIII y
XIV. La visión renacentista de la
naturaleza humana. La afirmación
antropocéntrica del hombre, modificó en
el siglo XVI los moldes anteriores.
Johanna Hamann (Lima, 1954), escultora
profesional, tiene el sólido prestigio
de su formación (Facultad de Arte de la
Universidad Católica) y para verificarlo
lo más conveniente es poder apreciar su
sexta exposición individual que
actualmente presenta en el Centro
Cultural de la Municipalidad de
Miraflores. Es una artista que ha
participado en colectivas
internacionales, como las de La Habana o
la del grabado en Puerto Rico, y ha
trabajado obras para capillas y templos
católicos.
El manejo del cuerpo ha sido un
compromiso estético que ha acompañado el
interés y la reflexión de los artistas
de todas las épocas. En sustancia, se
puede decir que el hombre es análisis,
pensamiento, idea, pero ese mundo
empíreo se proyecta en la vida como en
el arte a través de las formas. Por
tanto, el problema es cómo tratarlo,
plantearlo y cómo visualizarlo. Aún el
adelanto tecnológico y los
descubrimientos científicos, no pueden
disimular la fragilidad ni la
precariedad de lo fugaz que es la vida y
como consecuencia... el cuerpo.
Se habla mucho de ello, de su cuidado,
de su exaltación. En nuestro tiempo se
ha divinizado el ritual de su
conservación y se han comercializado las
formas parciales del cuerpo o el rostro
con el acento productivo para que el
eterno elixir de la belleza no marchite
y esconda el paso del tiempo. Y aunque
el tiempo inexorable nos destruya, se
mantendrá el engaño de una juventud y
vigor aparente que secretamente no
coincide con el agotamiento de las
"entrañas" del cuerpo.
De este modo se habla, se discute, se
teorizan posiciones, se exaltan los
grandes progresos de la técnica, y
aunque se aproximen las ideas y el
compromiso global del hombre mediático y
universal, queda el cuerpo como la única
imagen, como la más concreta realidad
del fluir de la existencia humana.
El cuerpo blasonado
Cuatro esculturas de Johanna Hamann,
conforman su actual muestra en
Miraflores. Bajo el título El cuerpo
blasonado, ella refleja cuatro
monumentos estacionados en el silencio
de la existencia, marcando
simbólicamente el hilo interior que
contiene a cada una de ellas. Estas
formas escultóricas son femeninas como
femeninas son — en su mayor parte — las
alegorías que la cultura occidental ha
representado en ellas.
La idealización de la
"justicia" o de la "victoria" han sido
tradicionalmente otorgadas al "matroneo".
Históricamente es imposible encontrar la
cultura visual de una justicia muscular
y varonil, como menos aún el canto de la
"gloria" puede ser entregado" a un
mancebo. Y no digamos de la encarnación
de la "victoria" que ha quedado
contemplada en la dulzura de lo femenino
sin reflexionar en la desolación y la
destrucción que sella la suerte del
vencido.
Johanna Hamann ha transitado estos
territorios y con el vigor de su
temperamento y la fuerza de su riqueza
interior recoge el cuerpo blasonado. Su
riqueza es la de la mujer en plenitud,
viva, expansiva. Quisiera subrayar que
en ella confluyen la sencillez con la
energía vital.
Artista de sueños, de amor y de
humanidad, sus culturas trasladan esta
actitud abierta, dotando a sus formas y
al espacio de un magnetismo "orgánico"
en la transpiración que exhalan sus
obras.
El ingreso a la muestra nos acoge con el
vigor que el volumen de la portada en
madera de grueso pino confiere a la obra
Transición - Cuerpo IV. (resina-fibra de
vidrio-hueso y cera látex) es un
escultórico cuerpo que nos aprisiona y
en el desenlace de la propuesta lo
libera como paralelamente lo sostiene y
le otorga un carácter velado y místico.
Libertad - Cuerpo II (madera de olivo),
envuelve el espacio con el volumen de
elementos que las alas despliegan en el
esfuerzo del titán por vulnerar el
tiempo. La Opresión - Cuerpo I, es un
impecable estudio de la energía del
sufrimiento casi exigido "celularmente".
El esfuerzo de la
imposibilidad de "ser", de "actuar",
queda contenido — diríamos comprimido y
reprimido — en el excelente estudio de
reflejos y en el trance muscular del
estado y tirantez interior y formal del
cuerpo.
Ejecución - Cuerpo III (madera de
caoba-acero inoxidable-cera) divide el
gesto facial y corporal con la acción de
una cuchilla en guillotina que secciona
el cuerpo. El compromiso de la
situación, la ejecución como acto de
"imponer y acabar", queda reconstruido
en una alegoría en la que lo escultórico
se impone a la banalización de la
representación.
El cuerpo blasonado compromete una
mirada seria del estudio anatómico, del
diseño como de materiales diversos. Todo
forma parte del dominio, del carácter y
del esfuerzo de Johanna Hamann: saber
dotar a su trabajo de la exigencia y la
seriedad que ella se profesa a sí misma,
logrando al arte de las cadenas de lo
puramente decorativo y visual para
convertirlo en un tema interior, celular
y luminoso que muestre los secretos
vivos de la existencia del cuerpo. Con
lucidez ha ido entregando e
introduciendo simbólicos contenidos,
dotándolos de una alegoría que posee
otros referentes, y logrando equilibrar
conceptos contrapuestos en el curso de
la escultura contemporánea.
Agreguemos — algo que habíamos omitido
en anteriores comentarios — la bondad
del mensaje, la iluminación y el
análisis de contenido en los textos de
Jorge Villacorta.
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Johanna en
Superlativo
¿Cómo
definir la femineidad en materia de
arte?
Luís
E. Lama
Son
tiempos en los cuales no puedo evitar
preguntarme si es que en el país existe
en realidad un arte exclusivamente de
mujeres. Y no es que crea que el arte
pueda tener características
esencialmente femeninas, lo que
considero un disparate, porque al fin y
al cabo, ¿cómo definir la femineidad en
materia de arte? Tampoco creo que haya
un arte exclusivamente de o para
mujeres, porque la sexualidad en la
plástica no se manifiesta a través de
factores genéticos u hormonales.
Lo que sí
hay en el Perú es un arte de altísimo
nivel hecho por mujeres y son ellas las
que hoy, prácticamente, realizan la
actividad plástica de mayor interés en
el país. Esto se comprueba en los
eventos más recientes, que demuestran
fehacientemente que ellas están a la
cabeza del arte en el país. Así, si
tomamos en cuenta la Bienal de Trujillo,
a la que consideramos la actividad que
ha permitido congregar al grupo más
significante de la plástica nacional,
allí, nítidamente, fueron las mujeres
las que sobresalieron.
No hubo
en Trujillo un solo pintor o dibujante
que alcanzara el estupendo grafismo de
Julia Navarrete, la sutileza de su color
en una abstracción apegada a nuestra más
respetable tradición, que se va
renovando a sí misma dentro de su
perfecto refinamiento. Y si bien la
Bienal no fue una confrontación, las
comparaciones fueron inevitables. Y
Navarrete se apoderó de la Bienal,
formando con Susana Rosselló, con su
incomparable nivel escultórico, el dúo
de más alta calidad que hayamos podido
ver juntos en el Perú. Otras mujeres
lograron, por cierto, como las obras de
Martha Vértiz y la instalación de Esther
Vainstein sobre el desierto de Paracas.
Fueron
cuatro mujeres, con cuatro puntos de
vista distintos y una posición similar
frente al arte: una entrega total, cuya
madurez alcanza la plenitud en Navarrete
y Rosselló. Y hago esta larga reflexión
sobre la Bienal, momentos antes de
abordar el avión que me llevará a un
simposio internacional de esculturas,
porque me he dado el tiempo necesario
para visitar la muestra de Johanna
Hamann en Camino Brent, que no hace más
que confirmar mi concepto sobre el alto
nivel artístico logrado por las mujeres
en el Perú.
En esta segunda individual, Hamann
complementa el aquelarre iniciado dos
años atrás, para llegar a niveles
insospechados en una retórica
expresionista en la cual el cuerpo
humano se va desmoronando para mostrar a
través de concavidades y
desgarramientos.
Salvo Cristina Gálvez, nunca antes en el
Perú una escultora había partido del
cuerpo para llegar a la síntesis que
Hamann propone en el metálico totem
atravesado por varillas de diferentes
pulidos que acentúa con la iluminación.
Esta pieza más que ser armazón o
estructura, es el esqueleto de esos
seres imaginarios que ella ha
sintetizado con talento extraordinario.
Que una escultora con sólo dos
exposiciones haya llegado a este nivel,
nos demuestra que nos encontramos ante
una mujer que realiza un lento proceso
interno que va evolucionando hasta
lograr este producto final que tiene la
capacidad de conmover al espectador,
objetivo que logra aún en aquellas
formas menos relacionadas con nuestra
anatomía.
Y este
poder escaso y privilegiado, ha sido
característico desde que viéramos su
primera muestra, aquella de los vientres
desgarrados y del niño transformado en
un objeto tribal, porque Hamann se ha
preocupado, como en su momento lo
hiciera Gálvez, de desmembrar el cuerpo,
para analizar, en términos escultóricos,
cada una de las complejidades de nuestra
humanidad.
Ciertamente la muestra de Hamann merece
un análisis más profundo que estas
líneas, pero como crítico considero
indispensable que el público sepa que el
de ella es uno de los eventos artísticos
de mayor importancia del año. No se lo
pierdan.
LUÍS
E. LAMA
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(De Caretas, diciembre de 1985)