PEDRO HENRÍQUEZ UREÑA VISTO POR SUS PARES
Sergio Pitol
Sergio Pitol rinde homenaje a Pedro
Henríquez Ureña, con base en las opiniones de
algunos de los pares del maestro nacido en la
“isla primada de América” (Alfonso Reyes dixit).
Borges, Caso, Gómez Robelo, Acevedo, Reyes,
Vasconcelos, Guzmán... son algunos de los
personajes americanos que recibieron la influencia
de don Pedro (este es uno de los más merecidos
“dones” de nuestro mundo literario) y se
beneficiaron de su magisterio, crítica amable y
consejo estricto y bien meditado. En este ensayo,
Sergio Pitol nos dice que don Pedro “puso a
estudiar a todo el mundo” y preparó a los jóvenes
para que pasaran “con naturalidad de la filosofía
alemana, al humanismo renacentista, a Wilde, a
Shaw, al barroco, a muchas cosas más, para arribar
siempre a Platón y deleitarse con la sabiduría
helénica”.
En páginas deslumbrantes, Borges destaca, catorce
años más tarde de la muerte del eminente polígrafo
dominicano, sus notables rasgos de maestro, un
maestro, señala, cuyas ideas no quedaron sólo
registradas en el papel, sino que siguieron siendo
alentadoras y vivas para quienes las escucharon y
conservaron en la memoria, porque dentro de ellas
había un hombre. Aquel hombre y su realidad las
bañaban. Una entonación, un gesto les conferían una
virtud hoy día inconcebible... Su dilatado andar por
tierras extrañas, el hábito del destierro, habían
afinado en él esa virtud. Rara vez condescendía a la
censura de hombres o pareceres equivocados; yo le he
oído afirmar que es innecesario fustigar el error,
porque éste por sí solo se destruye. Le gustaba
alabar; su memoria era un precioso museo de
literaturas.
Al nombre de Pedro Henríquez Ureña –continúa Borges–
vincúlase también el nombre de América. Su destino
preparó de algún modo esa vinculación; es verosímil
pensar que Pedro, al principio, engañó su nostalgia
de la tierra dominicana suponiéndola una provincia
de una patria mayor. Con el tiempo, las verdaderas y
secretas afinidades que las repúblicas del
Continente le revelaron fortalecieron su sospecha.
Alguna vez tuvo que oponer las dos Américas, la
sajona y la hispánica, al viejo mundo; otras, las
repúblicas americanas y España, a la República
anglosajona del Norte.
Para Pedro Henríquez Ureña, América llegó a ser una
realidad; las naciones no son otra cosa que actos de
fe, y así como ayer pensábamos en términos de Buenos
Aires o de tal o cual provincia mañana pensaremos en
términos de América, y alguna vez del género humano.
Pedro se sintió americano y aun cosmopolita, en el
primitivo y recto sentido de la palabra que los
estoicos acuñaron para manifestar que eran
ciudadanos del mundo y que los siglos han rebajado a
sinónimo de turista o aventurero internacional.
Hasta aquí Borges.
Su periplo cubrió unos cuantos países, no muchos. En
todos ellos dejó huella profunda y formó a decenas
de alumnos de primerísimo nivel. Nació en Santo
Domingo en 1884, hijo de un ex presidente de la
República y de una madre escritora y pedagoga. Salió
de su país en la adolescencia y sus residencias
posteriores fueron Nueva York, La Habana, México,
Madrid, Pennsylvania, Buenos Aires y La Plata.
El espacio fundamental de su formación parece haber
sido México, donde vivió en dos ocasiones intensas y
revitalizadoras experiencias para él y para nuestra
cultura; años de verdadera formación en los cuales
realizó la plenitud de su destino. La primera
transcurrió entre 1907 y 1914, y la segunda y última
entre 1920 y 1924. El de mayor y madura floración
fue Argentina, donde vivió de 1924 a 1946.
En 1907, al llegar a México, venía provisto de un
sorprendente bagaje de saberes. Hablaba y leía el
inglés y el francés, podía leer textos en griego y
latín y orientarse también en el alemán. Ya a los
dieciséis años, cuando salió de su país natal, tenía
básicamente estructurada su cultura: la literatura
española medieval y la de los Siglos de Oro;
Shakespeare y los dramaturgos isabelinos; los rusos
del siglo xix, en especial Tolstoi; la novela
inglesa desde el inicio hasta los contemporáneos; la
obra de D’Annunzio; los dramas de Hauptmann, que
fuera de Alemania aún casi nadie conocía, la
literatura escandinava más reciente, en especial el
teatro de Ibsen, autor a quien rindió culto
apasionado en aquel tiempo.
En 1901 viajó con su padre a Nueva York, donde
hizo estudios durante tres años. En esa época, según
cuenta en sus memorias, se impuso un programa
estricto de lecturas: un drama clásico o moderno
cada día y quince libros al mes que podían ser
novelas o ensayos. Allí, en Nueva York, se inicia en
el estudio de los griegos y se apasiona por el
teatro, los conciertos y la ópera, predilecciones
que no le abandonaron ya durante el resto de su
vida.
De 1904 a 1905 vivió en La Habana, donde escribió
su primer libro: Ensayos críticos, aparecido pocos
días antes de partir hacia Veracruz, puerto adonde
llegó el día 7 de enero de 1906, con veintidós años
encima y en el que permaneció seis meses,
manteniéndose como periodista de El Dictamen para
luego instalarse en la Ciudad de México. La capital
lo deslumbró y a su vez él deslumbró a los jóvenes
literatos mexicanos. En las oficinas de la revista
Savia Moderna, donde colaboró con algunos ensayos,
comenzó a conocer a los jóvenes escritores mexicanos
Alfonso Reyes, sin duda su más entrañable amigo en
el transcurso de toda la vida, lo conoció entonces.
Años después, evocaría con emoción el momento en que
se conocieron: cuando lo encontré por primera vez en la redacción
de Savia Moderna, me pareció un ser aparte, y así lo
era. Su privilegiada memoria para la poesía –cosa
tan de mi gusto y que siempre me ha parecido la
prenda mayor de una verdadera educación literaria–
fue en él lo primero que me atrajo. Poco a poco
sentí su gravitación imperiosa, y al fin me le
acerqué de por vida. Algo mayor que yo (cinco años),
lo consideré mi hermano y a la vez mi maestro. La
verdad es –concluye Reyes– que los dos nos íbamos
formando juntos, pero él siempre unos pasos
adelante.
El encuentro por aquellos días con dos jóvenes
filósofos de la época: Antonio Caso y, sobre todo,
Ricardo Gómez Robelo, le descubrió al dominicano el
grado de ilustración que poseían algunos jóvenes
mexicanos. Gómez Robelo tenía entonces veintidós
años, la misma edad que el recién llegado, y ya en
la primera ocasión que conversaron –según anota
Henríquez Ureña en sus memorias– le habló con
familiaridad perfecta de los griegos, de Goethe, de
Ruskin, de Oscar Wilde, de Whistler, de los pintores
impresionistas, de la nueva música alemana, de
Schopenhauer.
En ese medio propicio al coloquio, Pedro Henríquez
Ureña descubrió su capacidad magisterial. Puso a
estudiar a todo el mundo, a traducir, a escribir, a
preparar conferencias, a pasar con naturalidad de la
filosofía alemana al humanismo renacentista, a Wilde,
a Bernard Shaw, al barroco, a muchas cosas más, para
arribar siempre a Platón y deleitarse con la
sabiduría helénica.
Al año de haber llegado, sus gustos intelectuales
habían cambiado, orientándose hacia la filosofía
irracionalista y desechando el pensamiento
positivista que era entonces de rigor en México y en
gran parte del mundo. En sus memorias establece ese
cambio.
En 1907 tomaron nuevo rumbo mis gustos
intelectuales. La literatura moderna era lo que yo
prefería. Por la época de las conferencias le pedí a
mi padre que me enviara de Europa una colección de
obras clásicas fundamentales y algunas de crítica:
los poemas homéricos, los hesíodicos, Esquilo,
Sófocles, Eurípides, los poetas bucólicos en las
traducciones de Leconte de Lisle; Platón, en
francés, la historia de la literatura griega de
Outfried Müller, los estudios de Walter Pater, Los
pensadores griegos de Gomperz, la Historia de la
filosofía europea, y algunas otras más: las lecturas
de Platón y del libro de Walter Pater sobre la
filosofía platónica me convirtieron definitivamente
al helenismo. Como mis amigos: Gómez Robelo,
Acevedo, Alfonso Reyes, eran ya lectores asiduos de
los griegos, mi helenismo encontró ambiente, y
pronto ideó Acevedo una serie de conferencias sobre
temas griegos, que nos dio ocasión de reunirnos con
frecuencia a leer autores griegos y comentarlos.
En la filosofía contemporánea pasó de la lectura de
Comte y otros pensadores positivistas a Schopenhauer,
Nietzsche, Bergson y James, los autores despreciados
por la filosofía oficial del porfiriato.
Las varias series de conferencias efectuadas por
estos jóvenes intelectuales mexicanos en una
librería célebre en su tiempo, la de Gamoneda, y
después en el Ateneo de la Juventud, fundado en
1909, fueron una inequívoca señal de que algo
comenzaba a forjarse en aquel tiempo, manifestación
de contrariedad ante un pensamiento filosófico
caduco y el preludio de los nuevos tiempos.
Un año después se inició la Revolución; luego llegó
el triunfo de Madero, el golpe de Estado de
Victoriano Huerta, la caída del dictador, la
presidencia de Carranza.
Fueron tiempos de dispersión y de persecuciones,
durante los cuales varios ateneístas tuvieron que
salir del país: Alfonso Reyes, José Vasconcelos,
Martín Luis Guzmán; los otros, los que se quedaron
en México, mantuvieron en todo lo posible la defensa
de la cultura y la educación. En los momentos en que
se disiparon las tinieblas, caído Huerta, se crean
de nuevo la Universidad y la Escuela de Altos
Estudios, en cuya organización participó Henríquez
Ureña. Entre otros textos célebres desarrolló su
tesis sobre la mexicanidad de Juan Ruiz de Alarcón,
de verdadera originalidad, que aún ahora se discute,
y que en aquellos tiempos casi constituyó un
escándalo.
Su participación en la primera década de este
siglo fue inmensa. Gracias a su acción la cultura
mexicana dio un salto monumental, pues, como dijo
José Luis Martínez, su influencia produjo “un cambio
sustancial de tono en la formación personal y otra
manera de entender el oficio intelectual y la
creación literaria”.
Esta primera estancia de ocho años fue decisiva en
su vida. El vértigo de esos años lo transformó.
Aquí, por laberínticos caminos, estancias en la
Hélade y escalas en Nietzsche y Schopenhauer, se
transformó en otro, creyó en la utopía de América y
a ella dedicó muchas de sus mejores páginas.
El maestro Alfredo Roggiano, en su monografía sobre
Pedro Henríquez Ureña en México, considera su
primera estancia de esta manera: podemos asegurar que la venida de Pedro Henríquez
Ureña a México fue una decisión singular, necesaria
para determinar el destino de una vida. Pedro
Henríquez Ureña encontró en México lo que iba
buscando: una afirmación de su propio ser dentro de
un ámbito cultural que le permitiese una valoración
más alta y segura que la que hubiera podido lograr
en países de menor tradición y significación
histórica que México. Al mismo tiempo halló aquí lo
que después fue el desiderátum de todas sus
búsquedas y el contenido esencial de su obra: un
sentido de la América hispánica. Cuando llegó a
México, como él mismo lo confiesa, no tenía otra
actitud filosófica ni otra visión del mundo y de la
vida que la de su educación positivista.
El grupo de Savia Moderna y de la Revista Moderna
le hizo conocer nuevas perspectivas literarias. El
europeísmo que dominaba en México en la década de
1900 a 1910 le hizo meditar acerca de la necesidad
de encontrar medios más adecuados para una
definición cultural de los pueblos
hispanoamericanos. Puede decirse que a medida que
Pedro Henríquez Ureña fue conociendo a México, fue
adentrándose más en sí mismo y en América, en
nuestra América, esa América que exhibía los grandes
monumentos de las culturas indígenas, un poco
sepultadas por el olvido y el menosprecio del propio
pueblo que todavía no había aprendido a valorarlas y
a respetarlas; y fue adentrándose también en el más
hondo y auténtico espíritu español, un tanto
desvirtuado a partir de la dominación borbónica de
la península.
En Menéndez y Pelayo vio Pedro Henríquez Ureña
algunos de los elementos y virtudes que se requerían
para una restauración del sentido de lo hispánico y
latino en nuestra cultura. Pero Pedro Henríquez
Ureña no era católico, ni reaccionario como el
erudito maestro español. De ahí que lo que don
Marcelino le daba era más bien la responsabilidad
del saber y el contenido humanístico de la vida, la
disciplina del trabajo y el respeto a los valores
permanentes de las ciencias, las letras y las artes.
En realidad, Pedro Henríquez Ureña venía ya
preparado para coincidir, en educación, intereses y
búsquedas, con el sector joven mejor cultivado de
México. Como ellos traía la avidez por lo nuevo y la
necesidad de cimentarse en un criterio cierto y en
una orientación segura. 1907 fue el año definitivo.
1909, el año de los frutos y las decisiones. 1910,
el año de la consagración. Y aunque de 1913 a 1916
llame Pedro Henríquez Ureña los años terribles de
México, cabe afirmar que es en 1914 cuando realmente
se define la mexicanidad. Precisamente es el año de
su definición de los elementos mexicanos en la obra
de Alarcón, y sobre todo, de una conciencia de
grupo, que es como un asentimiento tácito y de su
cultura, que es, en definitiva, el sentido y la
intención de las conferencias dadas en la “Librería
General” de noviembre de 1913 a enero de 1914.
Jorge Luis Borges, con quien inicié esta ponencia,
cuenta que unas cuantas noches antes de la brusca
muerte de Pedro Henríquez Ureña en un tren, había
tenido una conversación con él en la calle, sobre el
temor de los cristianos a la muerte súbita,
comentándole un texto de De Quincey al respecto, y
que Henríquez Ureña dijo como respuesta el terceto
de la Epístola moral:
¿Sin templanza viste tú perfecta
alguna cosa? ¡Oh, muerte, ven callada
como sueles venir en la saeta!
Varios años después escribe uno de sus mejores
textos y lo incluye en El oro de los tigres, lo
titula “El sueño de Pedro Henríquez Ureña”, y es
éste:
El sueño que Pedro Henríquez Ureña tuvo en el alba
de uno de los días de 1946 curiosamente no constaba
de imágenes sino de pausadas palabras. La voz que
las decía no era la suya pero se parecía a la suya.
El tono, pese a las posibilidades patéticas que el
tema permitía, era impersonal y común. Durante el
sueño, que fue breve. Pero sabía que estaba
durmiendo en su cuarto y que su mujer estaba a su
lado. En la oscuridad el sueño le dijo:
“Hará una cuantas noches, en una esquina de la calle
de Córdoba, discutiste con Borges la invocación del
anónimo sevillano Oh Muerte, ven callada como sueles
venir en la saeta. Sospecharon que era el eco
deliberado de algún texto latino, ya que esas
traslaciones correspondían a los hábitos de una
época, del todo ajeno a nuestro concepto de plagio,
sin duda menos literario que comercial. Lo que no
sospecharon, lo que no podían sospechar, es que el
diálogo era profético. Dentro de una horas, te
apresurarás por el último andén de Constitución,
para dictar tu clase en la universidad de La Plata.
Alcanzarás el tren, pondrás la cartera en la red y
te acomodarás en tu asiento, junto a la ventanilla.
Alguien, cuyo nombre no sé pero cuya cara estoy
viendo, te dirigirá una palabras. No le contestarás,
porque estarás muerto. Ya te habrás despedido como
siempre de tu mujer y de tus hijas. No recordarás
este sueño porque tu olvido es necesario para que se
cumplan los hechos."
Jornada Semanal, de México D.F., 13 de mayo del
2001.