Primero
quise ver a
Tovar desde los libros. Pensé que para desentrañar el aura
mágica y sórdida que rodea a algunas de sus pinturas presentadas
en la Galería Auffant, habría que ir antes a los Rostros Ocultos
de Salvador Dalí, a los manifiestos de André Bretón, que habría
que utilizar el microscopio de lo fútil y lo absurdo de
Nietzsche y Schopenhauer a través del cual miraron De Chirico y
Carrá y los otros iniciadores del surrealismo y de las pinturas
metafísicas. Imaginé que la clave se podría encontrar en el
desafuero ordenado de los cuentos de Bierce, en los cuales lo
picante e hiriente se presenta con la elegante blancura del
humor negro.
Pero las llavecillas que me
abrieron el mundo secreto de Iván
Tovar no
están fuera sino dentro de sus cuadros. Entré en ellos gracias a
ciertas inexplicables coincidencias. Fue temprano en la mañana,
cuando aun no había mucho público. Los enmarcadores lucían muy
ocupados en la trastienda y unos cuantos clientes entraban o
salían llevando consigo diplomas, fotografías y bordados. Los
cristales me aislaban del ruido de la calle.
Estudié cuidadosamente los
dibujos, los anagramas y los signos. Hice mis anotaciones y
coloqué las letras en el orden preciso. Pronuncié las palabras y
atravesé el espacio sagrado, succionado por vientos glaciales.
Después la atmósfera se hizo cálida y serena. Recordé entonces
las palabras de. Gausachs: .No solo se puede entrar en un buen
cuadro, sino respirar en él.
Imágenes y formas que desde
afuera me habían parecido frías y sin vida, pude tocarlas ahora
y sentir el cálido murmullo de la sangre detrás de la epidermis
blanda y tersa. Retorcidas y elásticas, aquellas formas habían
perdido su significación primera y ahora, convertidas en
vísceras y esófagos, asimilaban y transportaban alguna energía
secreta.
Quise ver detrás de las
superficies planas y luminosas y adentrarme en el oscuro fondo
interior. Anduve con cuidado porque cuernos filosos y lanzas
guardaban celosamente la entrada. Había anclas y cadenas.
Placeres, deseos y caprichos revoloteaban sinuosos, inquiriendo
buscando, anhelando, pero morían rápidamente.
Había maquinas para trasformar
el cuerpo y hacer del grito y de la angustia un arma punzante.
Había alambiques para destilar el miedo, adormideras, y una
colección de idolillos colocados unos sobre otros en frascos de
engrudo. Qué decir de las aves y los peces. Había cóndores,
albatros, mirlos y zorzales todos redibujados y convertidos en
espina dorsal o en caracolas, alejados definitivamente de su
función y de su medio.
Atravesé entonces una zona
desértica, tan seca que el aire era apenas respirable, me
empujaban los vientos del Harmatán.
Había en el fondo alguna luz.
Cruce rápidamente y sentí el silencio ensordecedor de la oquedad
de la muerte golpeando a mis espaldas. Me volví para ver en las
paredes las dolientes pinturas de Rivera, los San Esteban y los
San Sebastianes atravesados. A mi derecha los Cristos lacerados
y Sangrantes de Cánovas.
Y entonces un quejido se
retorcía como serpiente en mis oídos igual que en las noches de
cante jondo y soleares. Seguí un poco más al Norte y me
envolvías los ricos olores de exquisitas delicias culinarias.
Los aromas del vino. Un poco más y mis pies se hundían en los
cuerpos desnudos de las Lucrecias suicidas Finalmente allí,
sentado en su silla voluptuosa, estaba Iván.