NAVEGANDO EN EL NOMBRE DE SALOMÉ
He desembarcado, hace apenas unos días, de un
vapor llamado «En el nombre de Salomé», la última novela de Julia
Álvarez, y todavía se mece mi cuerpo y se tambalea, columpiándose en el
ir y venir de sus relatos. La lectura de esta novela ciertamente nos
transporta, como los vapores antiguos, y es imposible saltar, echarse al
agua y abandonar la travesía hasta no completarla.
Julia Álvarez nos hace conocer, por senderos
sutilmente bifurcados entre tiempos y espacios cuyas aristas se tocan,
la vida de dos dominicanas ejemplares: Salomé Ureña y Camila Henríquez.
Escrita en punto de cruz, la ágil estructura de la novela entreteje
muchos aspectos de esas vidas y al penetrar la urdimbre uno se va
aproximando a cada una de ellas sin olvidar nunca el patrón sobre el que
se dibujan y que las ata indisolublemente en la distancia y trayectoria
de poco más de un siglo.
Julia Álvarez utiliza la voz de Salomé, y nos
parece oírla guiándonos por el Santo Domingo cultural y las tertulias
literarias decimonónicas. Vislumbramos las ideas positivistas y
liberales que se ventilaban a la sombra de Hostos y ella nos deja ver, a
través de las lágrimas, del dolor y los anhelos de esa mujer, el
turbulento período germinal de la sociedad dominicana. Entrevemos la
mentalidad y la manera de afrontar los conflictos domésticos y la
enseñanza de la época. La autora nos recuerda cómo en aquellos días la
poesía era un arma poderosa, capaz de derribar gobiernos.
Julia Álvarez nunca abandona al gran protagonista
de esta novela: El inmenso y fastidioso amor que atormentó el alma y
terminó con la vida de la poeta Salomé Ureña de Henríquez. La rémora y
los efectos continúan adheridos al corazón inquisitivo de Camila, la
hija postrera de ese amor.
La voz de Camila, por otra parte, nos enfrenta a otros horizontes y
travesías, a sus conflictos íntimos, a sus ideales políticos, a sus
luchas familiares y sociales. Con tacto, y sin escarnio Julia Álvarez va
revelando las pasiones secretas que agitan el pecho de aquella mujer
erudita y sabia. No hay detalles engorrosos y muchos actos, no narrados,
subyacen secretamente en el fondo del tapiz y no es difícil imaginarlos.
De modo que los espacios de silencio, lo que no se dice en la novela,
tiene tanto peso y valor como lo que se expone abiertamente.
En su libro uno descubre que este país y su
historia son una cantera inagotable de personajes de novela (El dictador
Ulises Hereaux, Máximo Gómez, Hostos, y tantos otros.) Pedro Henríquez
Ureña mismo, personaje que en esta novela apenas se esboza, sería un
festín literario para cualquier novelista. Lo que escasea aquí son
novelistas de rigor que emprendan la tarea de darles vida, (como lo hizo
admirablemente Julia Álvarez en más de una ocasión) hurgando en las
cartas y, desempolvando viejos papeles y dejando que la imaginación
reconstruya esa materia informe.
Y este libro demuestra ciertamente que la
escritora ha hecho una indagación histórica, extensa e intensa, de sus
personajes y de su tiempo. Sin embargo, el novelista es un creador
artístico, un fabulador y no hay por qué esperar de él ninguna otra
fidelidad que no sea a la pureza de su propio arte narrativo. El libro
de Julia Álvarez borra la idea falsa de que Trujillo es el único
personaje dominicano digno de una novela.
FERNANDO UREÑA RIB