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Sélvido Candelaria, uno de los escritores del sello Vetas Editoriales, accedió a escribir el presente trabajo a petición de la dirección de esta revista, lo que sucedió antes de que nuestro Junot Díaz recibiera el Premio Pulitzer por su novela The brief wondrows life of Oscar Wao. Como saben los lectores y coleccionistas de esta revista, Sélvido es autor de novelas y varios libros de cuentos.
Por Sélvido Candelaria
Casi
cuatro años atrás, en su modesto
despacho de la Biblioteca República
Dominicana, sostuve una conversación con
Juan Freddy Armando en que, con una
serie de argumentos bien razonados, me
convenció de que la gran novela
dominicana aún no se había escrito. A
partir de ese momento comencé a leer con
un criterio más analítico las
narraciones de nuestros autores para ver
si podía descubrir la que viniera a
llenar ese vacío. Desde entonces, entre
todas las que han pasado por mis manos
-recalco, las que han pasado por mis
manos-, dos me causaron la sensación de
haber terminado la búsqueda: La mosca
soldado, del maestro Marcio Veloz
Maggiolo y Carnaval de Sodoma, del
insuficientemente reconocido Pedro
Antonio Valdez.
La primera es una de las mejores
novelas “minimalistas” (llamo así a
aquellas que aunque su trama no es muy
complicada, el manejo de ella y los
recursos del escritor para maximizar su
impacto, las hacen excepcionales) que
podría producirse en cualquier
literatura, pareja, en mi personal
apreciación, con obras clásicas como
“Desayuno en Tiffany’s” de Truman
Capote, “La paloma” de Patrick Süskin y
“Hombre lento”, de J. M. Coetzee. La
segunda la incluyo dentro de lo que, yo,
también defino como novelas por
antonomasia (reúnen los más diversos
elementos técnicos del género, manejados
con la mayor destreza por parte del
autor y te permiten encontrarle nuevos
significados cada vez que las lees) en
cuyo tope ubico los clásicos Crimen y
castigo, Cien años de soledad y El
proceso.
Si hasta noviembre del año pasado
(2007) hubiera tenido la oportunidad de
sentarme de nuevo a tomar un baño de
ilustración en esa fuente de erudición
que es Juan Freddy Armando, le hubiese
propuesto, usando sus mismos argumentos,
“candidatear” esas dos novelas a ocupar
el desierto nicho de nuestra narrativa.
Pero he aquí que el hoyo que no se pudo
llenar en 150 años, de pronto parece
constreñirse, pues en más o menos un
lustro aparece una explosión de obras
sobresalientes, entre las cuales viene a
ponerle la tapa al pomo The brief
wondrows life of Oscar Wao.
Desde el tiempo transcurrido entre mi
primera lectura y este momento (unos
seis meses), no he escuchado de alguien
que abiertamente le haya dado la
preponderancia que se merece esta obra
en la literatura dominicana, quizás
porque su autor nos la ha presentado
disfrazada, como con vergüenza de que
alguien le reproche que viviendo ausente
de este encajonado país, pueda ser un
exponente, al más alto nivel, de nuestra
literatura. Y es que en eso aquí nos las
traemos. Somos tan enfermizamente
celosos en esos menesteres, que le
regateamos a cualquiera la validez de su
dominicanidad por cosas tan sencillas
como un pronunciamiento tomado fuera de
contexto. Pero el caso de Junot Díaz
debe ser analizado y aceptado por
nosotros sin prejuicios. Ningún otro
escritor ha logrado impactar la sociedad
mundial usando la literatura, en lo
referente a nuestras costumbres, a
nuestra historia, como lo hace este
narrador a través de su recién publicada
novela. Con esta obra, el excelente
artista del lenguaje, logra trascender
en dos vertientes colaterales: se
catapulta hacia el pináculo de la
literatura de un país en el que no ha
vivido (pero que paradójicamente conoce
y expresa desde el fondo de su alma) y
establece un precedente de emancipación
cultural de un grupo subordinado. Sin
guerrillas ni golpes de estado. Y es que
The brief wondrows life of Oscar Wao,
es una novela que aunque escrita en
inglés, transpira dominicanidad -más
bien latinidad- por todas sus
expresiones, textuales e intratextuales.
No tengo conocimiento de otra obra de
escritores latinos o de raíces latinas
que viviendo en EEUU hayan podido
revertir el orden de influencia cultural
como lo ha logrado Yunot -ni siquiera en
la literatura chicana- pero si la
hubiera, ello no denostaría la enorme
contribución que está haciendo este
autor a la propagación universal de cómo
somos y por qué somos así los
dominicanos. Prescindiendo de
aspavientos esnobistas y abjurando de
sumisas genuflexiones.
Yo no sé si el autor lo hizo
conscientemente o es una jugada del
subconsciente ancestral, pero esta gran
novela, todavía escrita en su idioma
original, puede ser comprendida por
cualquier dominicano con conocimientos
mínimos de inglés y cierto grado de
intuición. No es necesario haber
terminado ni siquiera una preparatoria
para asimilar esa carga de símbolos
culturales expresada en un código nuevo,
estrenado para la ocasión. Nuestra
idiosincrasia se siente flotar sobre las
páginas de este libro. Y es que ya,
Paterson, Elizabeth, Newark, Perth Amboy,
la Bergenline, Kennedy Bulevard, y otras
ciudades y avenidas del noreste de los
Estados Unidos representan
desprendimientos de nuestra epidermis
nacional, con un imborrable sello de
identidad y una apreciable capacidad de
influencia en todo el desenvolvimiento
de nuestra vida cotidiana.
La jalea de batata que vendía la tía
Zula (por allá por los ‘80) en Amsterdam
Ave., o el jengibre que se vende en un
carrito de mano por la 187 durante el
invierno, o los chicharrones de la
antigua Cabaña, o las empanadas de yuca
que hace mi mamá en Jersey City, son tan
representativos de la dominicanidad
actual como La Inca, su hija y sus
nietos que, aunque aparezcan disfrazados
en un inglés creado a propósito para
resaltar su identidad, son pedazos
extirpados de las entrañas nacionales,
con profundas raíces en el doloroso
pasado reciente que nos ha inducido al
amalgamamiento (¿globalización?) de que
hoy hacemos gala.
Sobre las sobresalientes cualidades
técnicas y artísticas de la obra ya se
han pronunciado calificados críticos. De
lo que he leído muy poco, es del jalón
que ella representa para nuestra
literatura, en la consecución del
reconocimiento que toda cultura debe
procurarse por medio de sus
manifestaciones. Es bueno hacer notar
aquí que los escritores latinos que han
tenido relevancia en USA, aunque traten
temas de sus países de origen, han
tenido que subordinar la forma de
presentación a los patrones de la
sociedad norteamericana para conseguir
el éxito. Y hay que reconocer que han
hecho buenas obras. Lo que yo veo como
fuera de lo común, en el caso de Yunot,
es que tratando un tema extraño a dicha
sociedad, ha sido capaz de trastocar los
tradicionales papeles; es decir, en vez
de “acomodar” el tema extranjero a los
patrones de la cultura dominante,
predispone a sus lectores de esa cultura
para que tengan que adaptarse tanto al
tema como a la esencia social que lo
produce dejándole de paso un único
elemento de conexión: su lenguaje. Y
hasta en esto los manipula para
trasportarlos, imperceptiblemente, al
ambiente que quiere trasmitirles.
Veamos:
“In the DR during summer visits to his
family digs in Bani he was the worst,
would stand in front Nena Inca’s house
and call out to passing women –Tu eres
guapa! Tu eres guapa!- until a Seventh-day
Adventist complained to his grandmother
and she shot down the hit parade lickety-split.
Muchacho del Diablo! This is not a
cabaret!” (Pág. 13)
De pasajes como este se encuentra
llena la novela. Es fácil percibir aquí
lo que he querido decir en párrafos
anteriores. El lector anglosajón,
engarzado ya en la apasionante trama, y
anonadado por la inusual forma de
conducirla, comienza a ser
escalonadamente metido en el ambiente de
nuestro país, primero con el nombre de
un pueblo (algo que puede parecer
neutral), segundo con el emblemático
Nena (en este caso nombre de persona, no
el tradicional “nena” puertorriqueño) y
después con una expresión hispana ya muy
reconocida en inglés (¡tú eres guapa!)
para pasar, finalmente, a una dorsal y
folclórica frase de nuestra rutinaria
expresividad. Podemos notar también que
para cualquier dominicano con algo de
intuición y conocimientos básicos de
inglés, aunque no pueda entender
literalmente todo el párrafo, su sentido
(ubicación de la escena, contenido,
actores, etcétera) no pasará
desapercibido. Asimismo, nos llama mucho
la atención el uso de palabras o
expresiones (cabaret, hit parade) que
son indistintamente usadas en ambos
idiomas, o la expresión lickety-split
(algo así como “más rápido que
inmediatamente”) por la lectura
intratextual que de ellas puede hacerse.
Y es aquí donde yo aprecio la mayor
trascendencia de esta obra para nuestra
cultura. Los casos de intercalar frases
textuales en idiomas diferentes al que
está usando de base el escritor dentro
de un texto narrativo, no son raros ni
nuevos. Ahí están Julio Cortázar y
Henry Miller; ahí está Borges. Lo
novedoso, lo trascendental en Junot es
la aleación que hace entre el tema, los
protagonistas –yo infiero que hay un
colectivo social protagonizando la
novela- y las frases que de ellos se
intercalan en el idioma de sus orígenes,
para darle una relevancia única dentro
del entramado conceptual de la obra
literaria.
Como si esto fuera poco, el novelista consigue con un mínimo esfuerzo escritural, pero con un despliegue magistral del sentido de la oportunidad, darle al mundo una lección sobre nuestro comportamiento como grupo social, en lo que concierne a la solidaridad familiar, cuando –entre otras ocasiones- narra la escena (página 210) del regreso de madre e hija a los Estados Unidos, después que la madre ha pasado por todas las “vergüenzas” que una hija puede hacer pasar a una madre que encima de todo lo que ha luchado para criarla sola, a ella y a su hermano, dotándola de las comodidades asequibles a su nivel social, sufre de cáncer, y ha tenido que venir ahora a buscarla a casa de su madre, en Baní -después de “la última” que le ha hecho- donde había sido enviada como castigo por una de sus “metidas de pata”. Se entenderá mejor el recurso si anotamos que la hija no quiere regresar a su otro país, porque ya le había cogido “el pasto” a su nueva patria, por lo que ha montado una escena de histeria al subir al avión.
“She put her hand on mine and left it there. When the woman in front turned around and said: Tell that girl of yours to be quiet, she said, Tell that culo of yours to stop stinking”. (“Ella puso su mano sobre la mía y la dejó allí. Cuando la mujer en frente se dio la vuelta y le dijo: dígale a su hija que se esté tranquila, ella le dijo, dígale al culo suyo que deje de jeder”. Modesta interpretación del autor de esta crónica sobre el párrafo original).
Hay una serie de elementos a destacar en esta magnífica obra literaria (que de no ser por algunos gafos sobre la verdad ficticia y algunas digresiones en el tiempo narratorio yo la encontraría perfecta), los cuales podríamos seguir abordando en otras oportunidades, pero por ahora sólo quiero aventurarme a pronosticar que este autor nos pondrá los bonos muy altos como grupo cultural contribuyente, cuando se revise desapasionadamente la historia de la narrativa en Estados Unidos y se tenga que concluir en que una novela dominicana escrita básicamente en inglés, cambió el estereotipo de comodines que aplican los grupos culturales dominantes (en cualquier sociedad) a los subordinados, estableciendo de ahí en adelante un nuevo enfoque de esa literatura hacia los personajes o temas dominicanos.
