Los escritores y los
artistas que abandonaron sus países de origen sufrieron la
influencia de sus nuevos destinos e incorporaron las tradiciones
de otras tierras. Esa marca les sirvió para recrear el universo
literario y artístico que habían heredado. La amplitud de visión y
la riqueza creativa de Borges, Carpentier, Vallejo, Reyes y Paz,
entre otros, mucho les debieron a los años vividos en el
extranjero.
Hoy, hay una ola muy distinta de emigrados. Son casi náufragos que
llegan a las naciones del primer mundo en busca de una vida mejor.
A menudo son rechazados, perseguidos, pero en esa muchedumbre se
encuentran seguramente los creadores que forjarán el tesoro
espiritual de las generaciones venideras ¿Qué causas -podría uno
preguntarse- obligarían a un escritor a abandonar su país por
varios años -o durante el resto de su vida- y qué conexión se
establece entre el destierro y la creatividad literaria?
Aparecerá una infinita gama de causas y razones. La más
traumática, la verdaderamente trágica es la expulsión de una
persona o grupo de personas que comparten ideas sociales,
religiosas, lingüísticas, o que forman parte de minorías étnicas,
o cofradías diferentes, que los órganos del Estado y a veces
ciertas capas poderosas de la sociedad se resisten a alojar en el
seno de la nación; de manera que su vida, su libertad física o de
creación correrían peligro o, por lo menos, su existencia, de
permanecer en su propio país, sería desdichada. Se trata siempre
de “operaciones de limpieza” para librar a un país de segmentos
difíciles de absorber.
Cuando el exilio es voluntario, la estancia en el extranjero no se
concibe como destierro; la distancia de la patria lejana puede ser
favorable para la creación literaria o artística. Piénsese en la
emigración de los románticos ingleses a Italia: Percy Bysshe
Shelley y Mary Shelley, Robert Browning y Elizabeth Barret
Browning, John Keats, Lord Byron, William Beckford, y tantos más,
viajaron por los países del Mediterráneo y casi todos terminaron
por instalarse durante largos períodos en Italia.
Nada de aquella fascinación renacentista, de aquella suntuosidad
de formas, de tejidos de fastuosos colores, de naturalidad física,
de gracia y de sensualidad que les prodigaba Italia habían
conocido ellos en la pluviosa Inglaterra, la laboriosa, la
práctica, la sobria, la protestante, la utilitaria. Italia se
convertía entonces en un sueño plenamente realizado.
Más tarde, en la primera parte del siglo XX, desde la suntuosidad
modernista con que aquél se inició hasta las vísperas de la
Segunda Guerra Mundial, es decir durante el periodo estrepitoso,
lúdico y feroz de las vanguardias, una pléyade de americanos, a
cuyo genio se unía una intensa curiosidad, y un fervor
gnoseológico; escritores, músicos y pintores llegados de la
América del Norte y de la del Sur recorrían diversos países hasta
convergir final y naturalmente en París.
Por lo general se trataba de artistas sin inhibiciones, sin
prejuicios hacia todo lo que de nuevo se producía entonces en
Europa. Abrazaron uno o varios ismos, pero también, por contraste,
descubrieron sus raíces y al llegar de nuevo a sus países contaban
con la ventaja de moverse de un modo privilegiado entre una
tradición nacional y una emoción contemporánea, entre los fastos
del pasado y los nuevos conceptos europeos. Conocían lo que era
válido en lo nacional, y al mismo tiempo todo aquello que redujera
los límites de su imaginación se convertía en su enemigo.
II
Cuando a finales del siglo XIX y durante las primeras tres décadas
del que acaba de terminar alguien hablaba de visitar Europa, se
refería casi siempre a Francia; más todavía: a París. Durante
décadas ésa fue la meca de los latinoamericanos, como del mundo
entero, ya se sabe. La soberbia e inmarcesible metrópolis. Si un
escritor mexicano aprendía un idioma extranjero, era casi seguro
que el primero, o el único, fuera el francés.
En París existían dos casas editoriales, la de Ollendorff y la de
la viuda de Bouret, que publicaban libros en lengua castellana.
Una vez aceptado un manuscrito en cualquiera de esas dos casas, su
autor se situaba ya en los círculos literarios de todo el
continente. Pedro Henríquez Ureña
publicó su segundo libro de ensayos, Horas de estudio, en
Ollendorff en 1910; Alfonso Reyes, su primero, Cuestiones
estéticas, en la misma casa en 1911. Había también allí dos
revistas literarias importantes en nuestra lengua, con difusión en
España e Hispanoamérica, La Revista de América, dirigida por el
peruano Francisco García Calderón, y otra por el venezolano Rufino
Blanco-Fombona. Rubén Darío, la gran figura, publicaba en ambas
revistas.
Un poco más tarde, en el periodo de
entreguerras, no había un joven escritor o pintor en América que
no deseara vivir en París. Algunos lo lograron con becas, con
ayudas familiares o con ingresos casi mendicantes. Los hijos de
las familias pudientes llegaban a estudiar carreras serias, las de
siempre: leyes, medicina e ingeniería. Raros eran los que
persistían hasta el fin.
A los pocos días de llegar habían conocido a la mayoría de los
latinoamericanos que la ciudad contenía. Leían poesía, discutían
de literatura, de política, de mujeres, de los ballets de
Stravinski y de Milhaud, de la pintura de Picasso, del Ulises de
Joyce, de la riña entre Breton y Aragon. ¡Estaban al día!
Recorrían las calles a todas horas, conocían los cafés, las
mejores y las peores vinaterías, vivían extasiados y al mismo
tiempo hartos de todo, sin saber bien por qué; poco a poco
comenzaron a moverse con soltura dentro de la cultura francesa, es
más, algunos participaron activamente en los movimientos de
vanguardia, sobre todo en el surrealista. Pero también por caminos
distintos comenzaron a interesarse por la historia y la literatura
de aquellos vagos países que habían dejado a sus espaldas y a
rebelarse ante su atraso, sus injusticias, sus caudalosos
problemas.
Sin advertirlo casi, sin proponérselo, fueron reconquistados por
América. Puedo citar algunos nombres: los cubanos Alejo Carpentier
y Lidia Cabrera, los venezolanos Uslar Pietri y Teresa de la
Parra, el uruguayo Enrique Amorim, los guatemaltecos Luis Cardoza
y Aragón y Miguel Angel Asturias, los chilenos Gabriela Mistral y
Vicente Huidobro, los peruanos César Vallejo y César Moro, los
mexicanos Alfonso Reyes, Carlos Pellicer y al final Octavio Paz, y
muchos, muchísimos más. Gran parte de nuestra pintura se forjó
allá: Diego Rivera,
Agustín Lazo, Rodríguez Lozano, entre los
mexicanos, el guatemalteco Carlos Mérida, los cubanos Amelia
Peláez y Wifredo Lam, el uruguayo
Torres-García, el chileno
Matta, entre muchos otros, unos
participaron en el cubismo y el futurismo, otros en el
surrealismo.
Todos ellos conocieron a partir de un momento esa experiencia que
Julio Cortázar le refería en una carta
a Lezama Lima sobre cómo uno desde Europa comienza a esbozar las
líneas borrosas de nuestro continente, para posteriormente irlas
precisando, y ya no son sólo las del propio país sino las de toda
la América latina. Años más tarde volverían a sus países
convertidos en ciudadanos del mundo, con un buen manejo de idiomas
y una cultura forjada en plena libertad, placer y rigor.
Su mayor interés, una vez de vuelta en América, era el de
empaparse del pasado y el presente de su país y fusionar, en su
obra, los diversos imaginarios y mitologías de una colectividad,
los ritos ancestrales, con los artificios formales aprendidos en
Europa. Con excepción de uno o dos de los mencionados todos ellos
hicieron una literatura plenamente nacional pero sin prejuicios ni
resabios nacionalistas.
El caso de Borges es peculiar. Viaja muy joven a Europa. Estudia
en Ginebra y pasa después algunos años, los de la Primera guerra
mundial, en Mallorca, Sevilla y Madrid. En esta última ciudad se
adhiere a un movimiento de vanguardia, el ultraísmo. De vuelta en
Buenos Aires, repudió con estruendo ese pasado inmediato europeo,
sobre todo el español. Decidió ser un criollo total y utilizar el
lenguaje de los criollos (“criollo” en la Argentina significa
nativo, y no hispánico como entre nosotros). Le llevó varios años
recuperar el equilibrio. Sin desistir del fervor por los poemas
gauchos, las milongas y los tangos de arrabal, recuperó el viejo
placer de la filosofía, las literaturas clásicas, sobre todo la
inglesa; se asomó también al mundo oriental. A la mitad de su vida
se había convertido ya en nuestro escritor universal por
antonomasia.
III
El esfuerzo de los latinoamericanos para no quedarse atrás en el
mundo, ni a la sombra de las metrópolis, ha sido ímprobo, una
larga y esforzada marcha desde la Independencia hasta la hora
actual. Partimos en busca de una deseada madurez y en la cultura
lo hemos logrado, no obstante las mil trabas, reproches, barreras,
zancadillas y asedios que se nos han puesto. Parecería que una
América buena marchara hacia la utopía mientras otra, la perversa,
pusiese todos sus esfuerzos en liquidarla. Las fases más difíciles
se registraron en el siglo diecinueve. Las pruebas fueron
tremendas. ¿Cuántos de entre los pobladores lograban en 1820
orientarse sobre lo que significaba un término tan novedoso como
era el de “república”? Sólo un mínimo puñado perdido y disgregado
en la infinidad de un continente políticamente virgen. En ese
siglo se formó un sentimiento de americanería andante. Se inicia
con las enseñanzas de Andrés Bello, que se pone al servicio de
Venezuela -su país natal- y de Chile, y enseña todo lo que había
aprendido en su laboriosa y larga estancia en Inglaterra, y
culmina con Martí y Darío, que recorren diversos países con un
fervor cultural nunca antes registrado.
Extranjeros en busca de radicación duermen en las calles de
Almería J. M. Vidal /
No he encontrado visión más clara que la de
Reyes para ilustrar esa larga marcha: “En tanto que el europeo no
ha necesitado asomarse a América para construir su sistema del
mundo, el americano estudia, conoce y practica a Europa desde la
escuela primaria […] La experiencia de estudiar todo el pasado de
la cultura humana como cosa propia -sigue apuntando Reyes- es la
compensación que se nos ofrece a cambio de haber llegado tarde a
la llamada civilización occidental. Estamos en postura de hacer
síntesis y de sacar saldos sin sentirnos limitados por estrechos
orbes culturales como otros pueblos de mayor abolengo. Para llegar
a su conciencia del mundo, el hijo de un gran país europeo no
necesita casi salir de sus fronteras. En cambio para llegar a Roma
nosotros tuvimos que caminar por muchos caminos. No así el que
vive en Roma”.
La esperanza de Reyes en poder ver realizada una utopía americana,
su optimismo en el presente y en el destino de nuestra América, es
ferviente: “Hemos tenido que buscar la figura del Universo
juntando especies dispersas en todas las lenguas y todos los
países. Somos una raza de síntesis humana. Somos el verdadero
saldo histórico. Todo lo que el mundo haga mañana tendrá que
contar con ese saldo nuestro”.
No ha sido así, desgraciadamente aún no; pero nosotros
perseveraremos. Sobre los esfuerzos de un intelectual en la
periferia de las grandes culturas, para no quedarse paralizado en
un rincón de su aldea, cito una carta muy aleccionadora del
filósofo Cioran a su traductor en España, el filósofo Savater:
“Nunca me han atraído los espíritus confinados en una sola forma
de cultura. Mi divisa ha sido siempre y continúa siéndolo, no
arraigarse, no pertenecer exclusivamente a una comunidad.
Vuelto hacia otros horizontes, he intentado siempre saber qué
sucedía en otras partes. A los veinte años, los Balcanes no podían
ofrecerme ya nada más. Ese es el drama, pero también la ventaja de
haber nacido en un medio “cultural” de segundo orden. Lo
extranjero se había convertido en un dios para mí. De ahí esa sed
de peregrinar a través de las literaturas y de las filosofías, de
devorarlas con un ardor mórbido. Lo que sucede en la Europa
oriental sucede también en los países de América latina, y he
observado que sus representantes están infinitamente más
informados y son mucho más cultivados que los occidentales,
irremediablemente provincianos. Ni en Francia ni en Inglaterra he
conocido a nadie con una curiosidad comparable a la de
Borges, una curiosidad llevada hasta la
manía, hasta el vicio, y digo vicio porque, en materia de arte y
de reflexión, todo lo que no degenere en fervor es superficial, es
decir, irreal…
Es la sed sudamericana lo que hace a los escritores de aquel
continente más abiertos, más vivos y más diversos que los europeos
occidentales, paralizados por sus tradiciones e incapaces de salir
de una prestigiosa esclerosis”.
Ahora bien, las migraciones de hoy día tienen
características diferentes de las anteriores. Me imagino que
alguna semejanza tendrán con las que ocurrieron en los dominios
del Imperio Romano durante y después del desplome final. Los
bárbaros, las tribus despreciadas se pusieron en movimiento para
ocupar los espacios vacíos.
Hace poco vi en Milán una magnífica e impresionante exposición del
genial fotógrafo Sebastián Salgado. El tema era sólo uno,
precisamente el de las migraciones, en los diez últimos años, y en
todos los continentes. Inmensas muchedumbres marchan de un lado a
otro, pueblos expulsados de su lugar por un régimen político, por
el miedo a los combates en regiones en guerra, pero, sobre todo,
por el hambre. Son los hijos perdidos de la política neoliberal,
sus frutos. Países y continentes enteros en ruinas. Lo más
impresionante era el rostro de las mujeres. Más que temor uno
encontraba signos de fortaleza, de dignidad, la seguridad de
sobrevivir a todos los desastres. Junto a ellas, sobre ellas,
abajo de ellas revoloteaban parvadas de niños. En algunas fotos,
en los campamentos de socorro, los niños dormían en el suelo,
jugaban o aprendían a leer y a escribir en unas salas pobremente
improvisadas.
Al salir del Palazzo Regio, donde se exponía la obra de Salgado,
vi en las calles del centro de la ciudad, en la misma inmensa
plaza del Duomo y en sus alrededores, las mismas caras
contempladas en las fotografías: muchísimos sudamericanos pobres,
en especial de Perú, Bolivia y Ecuador. Algunos paleaban nieve,
otros vendían lo que tenían, de todo, paraguas, juguetes
folclóricos de sus países, tejidos, fotografías, discos,
videocasetes; otros más tan sólo conversaban; africanos
procedentes del çfrica negra o del norte, de los países árabes,
miles de asiáticos, y una cantidad de europeos del Este o de los
Balcanes mal vestidos, pésimamente abrigados, poco aseados:
albaneses, kosovares, serbios, rusos, bosnios, búlgaros, rumanos,
bielorrusos, a saber de dónde más…
En la noche de Navidad la plaza se convirtió en una torre de
Babel. Imposible saber cuántos idiomas y dialectos se emitían,
unos juntos a otros, en aquel espacio cristiano, cada uno
custodiando un imaginario propio. Una inmensa colonia de parias.
Los pobres del mundo. Se percibía una vitalidad primaria, una
propensión al relajo, a la bulla. Es la vida. Los italianos los
detestan, como en todos los países prósperos de Europa, pero no
pueden deshacerse de ellos. Los golpearán, encerrando a algunos en
sus miserables refugios y les prenderán fuego, los escupirán, les
robarán sus pobres harapos, les destruirán sus igualmente pobres
artesanías, violarán a sus mujeres y a sus hijas, pero perdurarán,
porque otros más seguirán llegando, debido a la miseria de sus
países, y algunos de ellos encontrarán trabajo porque las tasas de
natalidad de Europa son ahora casi todas negativas; cada año
disminuyen los nacimientos, hay menos niños en Italia, en Europa
entera, menos jóvenes, faltan manos para ocuparse de los trabajos
sucios y fatigosos.
No soy sociólogo, muchísimo menos profeta, pero de esas visiones
invernales me quedó la convicción de que dentro de cincuenta, o
cien años, para fijar cifras nada lejanas, la imagen de Europa
quedará transformada por estos nuevos pobladores.
El actual globalismo monetario, al empobrecer al extremo su
entorno, los ha despojado de sus lugares natales. En el futuro
serán los ciudadanos del mundo, y si no ellos físicamente, sí
parte de la marea infantil que los acompaña por todas partes. La
historia se repetirá, ellos reemplazarán a las abúlicas
civilizaciones incapaces de procrear sus descendientes, como hace
quince siglos los godos, los visigodos, los normandos, los
rutenos, los magiares, los kazhubes, y tantos y tantos grupos
temidos entonces se “desbarbarizaron”, reconstruyeron algunas de
las ruinas y los áureos jardines que los fatigados romanos no
pudieron mantener, para dar inicio a otros estilos tan majestuosos
como los anteriores, el gótico por citar un ejemplo soberbio.
Y el mundo, de eso no cabe duda, seguirá su larga, su infinita
marcha.
Por Sergio Pitol Para LA NACION - México, 2001
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