UREÑA RIB

OBRA PICTÓRICA

 

 

 

 

 

CUENTOS

 

LIBROS DE UREÑA RIB

 

 

LA NARRATIVA ERÓTICA DE

LIGIA MINAYA

Fernando Ureña Rib

 
 

 

 

 

LA NARRATIVA ERÓTICA DE LIGIA MINAYA

 

La narrativa erótica es tan antigua como la humanidad. El territorio de este género está delimitado por sutiles linderos que cuando se atraviesan se corre el riesgo de caer en terrenos fangosos y muchas veces detestables. La clave está en la dosis y en la poesía que es la que le da alas a las pesadas fatigas de la carne.   Ligia Minaya conoce esos linderos y se maneja en ellos con tan libertad como cautela. Más que el acto sexual ella nos refiere al encuentro, al juego, lúdico y apasionado, a la sensación, al reino de los sentidos. De hecho todos los sentidos participan en este juego de deleites y de roces. Los cuerpos estremecidos se entregan dichosos al placer. El incesto, ese "family business" a que nos refieren los pueblos nórdicos, es tomado aquí liberado de pruritos y de  juicios morales. El Caribe está presente en sus páginas, con toda su sensualidad y su candor. Porque aún la inocencia más pura no excluye la curiosidad, la fuerte atracción, el deseo. Y es ese aspecto del deseo el que Ligia Minaya explora abiertamente, a sabiendas de que se trata de un secreto y que hay otros, los de afuera, que también quisieran gozar de tan exquisita intimidad.

 

Fernando Ureña Rib

 

EL ABUELO IMPROPIO

Asomado a la puerta entreabierta, Ybraim Hassan me esperaba ansioso aquella tarde, y yo sigilosa, muy pegada a las paredes exteriores de la casa, me deslicé, con el corazón palpitante casi a ras de la garganta. Tan pronto alcancé el olor a vetiver que salía de su cuerpo, me alcanzaron también sus brazos y su boca en un abrazo tranquilo que calmó mis latidos y un beso tibio que me llevó a los umbrales de un iniciado placer reconfortante. Así me recibió aquella tarde que se marcó en mí como una herida luminosa por donde manó luego un río de recuerdos al que recurro cada vez que quiero abrevar mi sed de calma y curarme las heridas que me infligió la vida.
      Alumbrada con velas de aromas y colores diferentes e inciensos con fragancia de sándalos y rosas, toda la casa parecía un altar preparado para un ritual pagano. Sus manos arrugadas y suaves, de largos dedos experimentados en caricias, me fueron desnudando. Y con la paciencia ancestral de un abuelo que va reconociendo las partes de un cuerpo de mujer que ya creía olvidado, tanteó cada ladera, cada cumbre, cada hueco, cada colina. Yo tenía trece años y él contemplaba cada tramo desvelado como quien palpa una reliquia. Como un tesoro que lo deslumbrara. Lo vi temblar de codicia al saberse único dueño de riquezas recién descubiertas e intocadas.
      Ya desnuda, ungió con aceite de nardos mis cabellos. Y siguiendo como un peregrino el sagrado trayecto de mi cuello, con la misma caricia, continuó sin detenerse la ruta de mi espalda. Mi piel se estremecía al contacto de la tibieza de su mano. Me miró. Se alejó unos pasos a contemplarme, como un escultor que necesita la distancia para perfeccionar su obra. Vi en sus ojos la admiración complacida que le jugueteaba en la mirada. Volvió a mi lado para continuar su creación y con un sosegado andar de ungimiento iba de mis pechos a mi vientre hasta alcanzar mis muslos y mis piernas, así logró dar un brillo aromático a mi cuerpo que ya pedía la inevitable entrega.
      Pero faltaba más. Me alzó en sus brazos y me depositó en un lecho de rosas rojas esparcidas que cubrían todo el espacio de la cama. Entonces, entibió en su aliento unas gotas de esencia de jazmín tomadas de un bello frasco color violeta y separando mis muslos, restregó con infinita paciencia el Monte de Venus y la hendija secreta de mis labios silenciosamente escondidos. Ya ungida de aromas, con las luces de las velas haciendo filigranas de claroscuros por toda la geografía de mi piel, puso en mi cuello un hilo de oro puro, en mis tobillos y brazos ricas pulseras y anillos con piedras preciosas en los dedos de mis manos y mis pies. Complacido, volvió a alejarse para contemplar su obra. Se desnudó entonces y, sin dejar de contemplarme, se acostó a mi lado. Su respiración me llegaba jadeante, entrecortada y su inútil sexo se perdía en los pliegues de sus muslos. Ybraim tenía entonces ochenta años y con él aprendí a conocer el manejo de las riquezas de mi cuerpo.
      Inclinado sobre mí, posó en mi vientre sus labios y cuando creí que iba a lamerlo, dejó escapar de su boca una esmeralda hermosa, reluciente que húmeda por su aliento cayó en la oquedad cóncava de mi ombligo. La sentí encajar, deseable, perfecta, y una vorágine de placer, de sensaciones encontradas y hasta ese momento para mí desconocidas, me recorrió toda.
      La claridad oscilante de las velas, capturada por aquella gema, se paseaba por el techo y las paredes como un reguero de fosforescentes lentejuelas verdes. Hice ondular mi vientre y aquel juego de luces adquirió un resplandor inusitado. Yo estaba feliz y él me miraba complacido. Cautivado, seguía con la mirada todo ese espectáculo de luces y colores. Me volví hacia él y lo besé despacio, saboreando sus labios y su lengua que sabían a hierbabuena. Respondió a mi beso. Sentí la sinuosidad de su experimentada lengua al mismo tiempo que sus manos rozaban mis pechos y pellizcaban mis pezones hasta dejarlos enrojecidos y turgentes. Apartó su boca de la mía y sin dejar de acariciarme, muy quedamente me recitó al oído:

                                     “He aquí que eres hermosa, amiga mía
                                       tus cabellos son como manadas de cabras
                                       que se recuestan en las laderas de Galaad.
                                       Tus dientes como manadas de ovejas,
                                       Tu habla hermosa.
                                       Tu cuello como la torre de David.
                                       Tus pechos como gemelos de gacela
                                       que se apacientan entre lirios.
                                       Miel y leche hay debajo de tu lengua.
                                       Y el olor de tus vestidos como el olor del Líbano.*

      A medida que recitaba aquellos versos fue bajando, con morbo embriagador, su nevada cabeza hasta encontrar el monte del gozo más exquisito que, resguardado de rizos ya empapados de aceites y olores gratos, se confundía con el calor de mujer enardecida que escapaba de mi sexo y lo esperaba en rítmicas oleadas de deseo. En esa selva entrelazó los dedos y separó las dóciles hebras hume-decidas. Mi clítoris se abrió paso como un botón de rosa tocado de rocío en la hendidura palpi-tante y estremecido por la magia de las caricias, se ofreció pleno y desnudo ante la lengua que lo buscaba ansiosa. Cuando creí ascender a la conmovedora cresta donde se toca el cielo con el alma y se nos escapa en gemidos desgarrantes, él alzó mis nalgas en el cáliz de sus manos grandes, hundió sus labios en la mojada y escondida herida, movió la lengua como un virtuoso que saca insospechadas notas de un instrumento musical convertido en milagroso y recibió el zumo dulzón de mis entrañas. Después de saber que yo había llegado a la cima convirtiéndome en polvo de mil estrellas y sentir que lentamente descendía, reclinó su cabeza sobre mi pecho, me abrazó con fuerza y murió.

*Versos de El Cantar de los Cantares.


                                                 REGALO DE CUMPLEAÑOS

      Despierto al contacto de unas suaves manos y el aroma de lavandas llega hasta mí con el hilillo tenue, vaporoso, que tienen las flores cuajadas de rocío. Ronroneo. Como gatita mimosa me arrebujo entre las tibias sábanas de lino que me sirven de cobija. Deleitándome, aspiro el olor que ya impregna la habitación todavía en penumbras, silenciosa. El masaje asciende hasta mis piernas. Aduladoras caricias, traducidas en reconfortantes olas de calor, se pasean por mi cuerpo. Abro los ojos. Me invade la oscuridad. Una venda de seda me impide ver al dueño de las manos que, obedientes al mandato de su amo, suben audaces hasta la convergencia de mis muslos.
      La lluvia que empezó en la madrugada agasaja la mañana. Me siento descansada... ¿será la hora en que acostumbro a despertar? Levanto el cuerpo, trato de sentarme, pero unos brazos fuertes con tranquilo ademán, me persuaden; continúo acostada y vuelvo a reposar la cabeza en los blancos encajes que adornan la almohada. Se está tan bien así... tan relajada, que no intento quitarme la venda y me sumerjo en el vaivén de la marejada que plácida me empuja hasta dejarme sumida en una blanda mansedumbre.
      Vacilantes, llegan a la altura de mi pelvis. Dudan en seguir la ruta ya trazada. Pero con la estrategia de un experimentado sembrador y con todo el cuidado de un hábil jardinero, siento que  una a una son colocadas sobre el Monte de Venus, diminutas flores que por su olor supongo son lavandas. Por temor a marchitarlas abro las piernas y las siento en hileras, simétricas, adornando la entrada de la gruta virgen. Un estremecimiento de placer me recorre todo el cuerpo cuando percibo un aliento poderoso que aspira con codicia el olor de mi sexo florecido.
      No llego a sentir la esperada exhalación porque ya las manos camina por mi vientre y otras flores diminutas pueblan el pequeño hueco de mi ombligo. Cierro los ojos y me dejo llevar por el olor del aceite perfumado que pauta la cimbreante estrechez de mi cintura y bordean las tenues morbideces de las caderas que todavía no llegan a su plena madurez. Conjuro el recuerdo que me arrastra hasta el paisaje de lavandas silvestres que una vez vi por los surcos de una campaña en primavera. Me envuelve un íntimo calor que se va desparramando por todos mis sentidos y lo acepto como un regalo merecido, el día en que cumplo quince años.
      Suben hasta mis senos, cautas, tibias, olorosas, arrullando las tímidas colinas que apenas comienzan a brotar y así, hasta mi cuello... se detienen. Hacen filigranas en los lóbulos de mis orejas y bajan de nuevo, acompasadas otra vez hasta las curvadas líneas de mis caderas y retornan... ascendiendo con rítmicos toques, bordeando mis pezones... y ellos, capullos a punto de estallar, responden con dureza en respuesta a la caricia. En este bienestar embriagante me regodeo, cuando un dedo empapado de miel entra en mi boca. Con el placer de la sensualidad que en mi lengua produce el contacto del dulce, chupo con fruición deseando que no termine nunca, pero una lengua que persigue la mía hasta rendirla inicia un lúbrico juego que me lleva hasta un loco desenfreno.
      Con ternura, los poderosos brazos me voltean y mi espalda queda a merced de las manos que ahora, precisas, aromadas de aceite perfumado, tantean su camino sinuoso, dibujando arabescos en las redondeces de mis nalgas. Ruedan los dedos hasta el breve puente que une y a la vez sepárale túnel oscuro y la rosada raja. Sin atreverse a entrar se enredan en la negra madeja enjardinada y hurgan los umbrales de la brecha húmeda. Se apoderan del cuerpecillo eréctil y carnoso que en busca de placer se abre paso entre los abultados labios de mi vulva. Salen de mi garganta agradecidos gritos de placer que hacen temblar mi voz. Estoy dispuesta a aceptar la inevitable posesión, quiero entregarme... lo susurro, y a la espera de la inminente penetración, me quedo quieta.
      Pero cuando un cuerpo varonil, joven y fuerte, se encima sobre el mío, mi corazón se desquicia en desenfrenada carrera de latidos. Estamos en la tina de un baño rebosado de agua perfumada y las flores, que danzan en la superficie la cubren, me llegan a los hombros. Estoy sentada. Llegué aquí en andas de unos brazos que con delicadeza transportaron mi cuerpo como si de una valiosa pieza se tratara. La venda me impide ver. Mojada, se adhiere a mis ojos, Mi olfato identifica las flores de Ylang-Ylang y mis dedos al tupido vello que mojado se adhieren a los brazos del hombre que no logro identificar. Macero algunas flores entre mis manos y su aroma junto a un ardoroso lamido que liba mis senos me llena de plenitud, Un delicioso palpitar se aposenta en el vértice de mis muslos, mientras gemidos que nacen en el fondo de mi pecho ascienden hasta mis labios entreabiertos. Abro las piernas para mejor sentir los latidos de mi sexo y entonces caigo en la cárcel de otros muslos que se abren para recibirme en la estrecha celda en que encajo con perfecta precisión. Un erecto miembro masculino, nervudo y duro, desafiante se abre paso con torpeza hasta llegar con obstinada devoción a mis regiones más ocultas. Acomodo mi cuerpo lascivia al paso incontenible de una lujuria desatada, y  poco a poco, estoy siendo penetrada por un falo enardecido que, buscando acomodo, me desgarra y me complace. La venda se desliza. Un hilillo de sangre se diluyen en el agua florecida. Levanto la mirada. Veo el rostro de mi hermano que desde la cumbre del placer busca refugio entre mis brazos.

 

 

 

Ureña Rib has seen his work exhibited around the World and holds a prominent position on the Art scene in his own country, but he admits to be particularly drawn to Montreal, which he visits annually. Renting a studio in the downtown Belgo Building, he immerses himself enthusiastically in the creative and diverse atmosphere of Montreal producing here his works.

FERNANDO URENA RIB

ART STUDIO

 

 

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Revisado: January 10, 2009
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