Vale
la pena adentrarse en el equívoco laberinto de calles que
desemboca en la Casa Jardín de Ada Balcácer, para ver la
exposición "Escritura del Ozama" que Domingo Liz presenta allí desde hace unas semanas.
Liz es
un maestro dominicano cuya obra posee calidad y trascendencia
universales comparables a la de los grandes maestros
latinoamericanos del siglo XX. La declaración no es aventurada
ni gratuita. Está sustentada en sus largos años de ejercicio
magisterial, en la nitidez y hondura de su oficio y en una
concepción creativa muy propia de su quehacer.
Que sepamos,
sin embargo, la obra de
Liz ni
ha sido lo suficientemente prolífica ni ha tenido la difusión
extensa que ostentan otros maestros, coetáneos suyos, . Esta
breve y contundente colección de pinturas demuestra que él la
merece.
Domingo Liz contempla y plasma su visión de la evolución y el deterioro
del paisaje en torno al río Ozama ocurrido en el lapso de
cuatro décadas. Esa visión, como se revela en las pinturas que
presenta, es a veces la visión de un niño. La visión pura de
un niño, cabría decir. De un niño exaltado, apasionado,
vehemente. Pero su mano, es la mano paciente y diestra del
maestro. Reunir en una obra la fresca visión de un niño y la
mano perspicaz de un maestro es uno de sus grandes logros.
Miró, Chagal y Picasso se valieron de ese poderoso recurso. Y
en áreas como las de la música y la literatura se podría
afirmar que esa visión y ese espíritu asoman de igual modo en
Mozart y en Neruda, por ejemplo.
Sin embargo, la
similitud termina ahí. Porque la obra de Liz es
el testimonio de una realidad presente, palpitante y nuestra.
La humanidad es la que se desborda sobre las márgenes del
Ozama. No. No es el río el que crece con desmesura. Son los
habitantes que se arriman desde los campos, desde los pueblos
pequeños y olvidados, desde las áridas dunas del occidente
isleño. El Ozama los acoge y poco a poco aquella enmarañada
vida selvática se transforma en otra maraña. Techos de dos
aguas, alambres, cartones y enlates transfiguran el verdor de
la foresta en el gris ansioso y pululante de las fabelas.
Aparte de sus
innovaciones estéticas, la obra de Domingo Liz contiene juicios sociales, económicos y políticos que implican
tanto una profunda reflexión como una decepción. Los políticos
y la clase económicamente poderosa del país han dado la
espalda al río Ozama y en vez de convertir sus riveras en
hermosos paseos residenciales lo dejaron convertirse en un
atolladero.
Por supuesto,
las ensimismadas y poderosas clases dirigentes no atendieron
las causas que provocaron esa dolorosa migración, ni
advirtieron la riqueza y suntuosidad de esas nobles riveras.
Históricamente resulta una conducta extraña, porque lo primero
que se procuraban conquistadores y colonizadores era un río.
Desde las aguas mansas y profundas del Ozama partieron muchas
de las grandes hazañas de la conquista.
Ahora la
historia es otra. Y
Domingo Liz la cuenta. Este narrador conoce las anécdotas del río y de esa
muchedumbre que aprendió a gozarlo. Ningún otro pintor
dominicano es capaz de construir y reconstruir como él sus
escenas de algarabía, de miseria o de duelo. Para la
proyección de ese hervidero humano Domingo inserta personajes y objetos, seres apasionados, gente
contenciosa o feliz que se burla de la vida y del destino como
única manera de subyugarlos.
Todas las
armas son válidas. Domingo Liz retrata un mundo que los dominicanos en general ignoramos,
pero que está allí y por todas partes nos rodea y nos acecha.
Albañiles improvisados, plomeros que no saben la diferencia
entre un caño de agua caliente y otro de agua fría,
electricistas que se juegan la vida y se tragan los cables.
Pero también el señorón del colmado que les paga y la joven
señora que los seduce. La ironía es, sobre todo, su arma
favorita. Y allí, bajo el caudaloso fluir del Ozama se
desborda tanto el dolor como el sutil humor del maestro.
FERNANDO UREÑA RIB