La
pintura de Tomás López Ramos se ha vuelto luminosa. Y no
es que antes no lo fuera. Lo que pasa es que desde hace
más de treinta años López Ramos se fue internando en los
dulces misterios del claroscuro, produciendo una pintura
intimista, de tonos sordos y graves. En esas pinturas, el
tema (generalmente amable) era un pretexto que le permitía
enfrentar diariamente las faenas propias del ejercicio
pictórico.
En su obra, Tomás López
Ramos rehuye del discurso, de la proclama y del panfleto
quizás por la convicción íntima de que el destino de un
cuadro no ha de ser el de cambiar el mundo. Parecería
bastarle con poder cambiar el rincón oscuro y gris de
alguna casa.
He oído decir que su manera
de pintar ha transitado bajo el influjo del maestro
Gilberto Hernández Ortega, con quien compartió taller
durante los años bohemios de la zona colonial. Sin
embargo, a pesar de la afinidad entre el benemérito
maestro y el consagrado discípulo, no es necesario hacer
notar las diferencias, por ser estas marcadas y numerosas.
Mientras en la obra
Hernández Ortega se escuchan clamores de angustia, desde
un fondo de tinieblas, la pintura de López Ramos es
salpicada con sutileza por las chispas de la ironía y la
causticidad. Aún si el espíritu libre e intenso de
Hernández Ortega se hubiera escondido tras los lienzos de
López Ramos, esta exposición demuestra que él ha sabido
escabullirse de todo posible maleficio y encontrado desde
hace décadas su propias senda.
Ese sendero se ve ahora
despejado. La trayectoria de los treinta años precedentes
sirvió a López Ramos para lograr reducir el color a sus
principios esenciales, dejando que la forma apareciera
entre sombras y brumas; mientras los fondos, hechos sobre
una base de tierra de Siena tostada y azules de cobalto,
le servían de soporte a objetos que se veían tocados por
una luz envolvente y serena.
Ahora, Tomás López Ramos
expone en el mesón de Bari (es decir, en casa) una serie
de paisajes abruptos o tropicales que se aventuran por
ensenadas luminosas, donde el sol estalla como el mar
sobre las rocas y donde los bodegones son poseídos por
diversas calidades de esa irrupción solar.
El hilo sinuoso que liga y
da unidad al conjunto denota que la preocupación
primordial del artista sigue siendo la de lograr la
excelencia del oficio. Su arte consiste en el puro y
simple deleite de pintar. Así la pincelada libre y gozosa
atrapa y domina los destellos luminosos con precisión y
gracia.
Usando el taller como
refugio, la labor pictórica de López Ramos se convierte en
un acto interior de reflexión, más que de evasión. Y es
ese ejercicio mismo lo que le ampara frente a un mundo
convulso e injusto al que el artista ni condena ni exalta,
sino que contempla a través de los reflejos olorosos de un
vino amontillado.
Tomás pinta con fruición,
con desenfado. Desde su balcón, desde un caserón cuyos
cimientos se echaron hace siglos él pinta y respira el
zumo de tiempo adherido a sus gruesas paredes. No se
transpira resabio o resquemor. Se advierte que el pintor
conoce bien, y acepta los límites inexorables de su
naturaleza humana y de la existencia.
Así nos llega López Ramos,
de las postrimerías del siglo XX con su fajo de imágenes
que no cuentan historias, que no pronuncian discursos, que
no tratan de imponer una conducta a nadie. Simplemente
son, están allí con la misma elocuencia de los objetos
allí representados. Porque López Ramos se ampara en su
propio mundo y lo recrea. No hay por qué complicar esos
elementos cotidianos que compone en sus telas, simplemente
hay que dejar que la luz matinal los moldee y los bañe.
La de fines últimos o de
significados. Él demuestra, quizás sin proponérselo, que
el arte no precisa tratar un tema nuevo para renovarse y
enriquecerse. Demuestra que la disciplina del oficio
sosegado y paciente sigue siendo uno de los fundamentos
del quehacer pictórico. Evidencia, pura y simplemente, la
contribución que el carácter de un creador otorga a esos
objetos y a esos paisajes con que nos encontramos a cada
paso en el diario vivir.