Los
Setenta Años de
Silvano Lora
S
iendo
aún muy joven,
Silvano Lora
cumple en estos días sus 70 años. Su nombre detona petardos en ciertos
círculos, altercados, vehemencias. Quienes mejor le conocen sostienen
que Silvano
Lora tiene las maneras y
el perfil inconfundible de un Quijote, un exquisito don de gentes, y
una cultura amplia y cimentada. La falange disidente le enristra, como
a Neruda, su relación de amor y odio con la burguesía. O más bien, con
los "discretos encantos de la burguesía". Pero hay mucho más en él.
Silvano Lora
es en realidad un príncipe. Él, en su modestia, no lo admitiría. Pero
basta mirarlo para saber que estamos frente a un hombre de estatura
superior, en más de un sentido: Noble por derecho propio, íntegro, de
indomable arrojo, de inquebrantable solidaridad humana. Noble, sí. Sin
otro escudo o adarga que no fuese su obra plástica; y en ella, el
mensaje de lucha sempiterna en favor de las clases hambrientas y
oprimidas.
Setenta años y sigue siendo un joven radiante de utopías y de sueños.
Para celebrarlo sus amigos nos reuniremos con él en el sótano del
Museo de Arte Moderno que parece, en el buen sentido, una caverna. La
misma platónica caverna de Saramago. Allí, sin los grandes reflectores
de la publicidad, se presenta su última producción. El estilo (ese don
particular y único que proviene directamente de las manos) es
auténtico.
Silvano Lora descubre un
nuevo cauce para aquella masa difusa que la crítica contemporánea
llama "Objetualidad". Sobre los muros una obra objetual de peso,
madura y sin embargo tierna, y poderosa, sobria, hermosa. ¿Por qué
renunciar a la belleza? Esta es otra belleza. Es la suya.
Silvano
no cesa de sorprendernos. Al frente de la vanguardia su lucha es la
misma. Él cambia de estrategias, de trincheras, de escaramuzas. Su voz
no se apaga. Pocos saben como él transformar la materia, moldearla,
bruñirla. Objeto que él toca, lleva su sello. Puede que se trate de
cartones, de bronces, de cobres, aluminios u hojalata; que sea tierra
(como en aquellas Pinturas Negras). Estas obras se destacan sobre la
mediocridad circundante, elevándose en la llanura como las aspas de un
molino que golpeara el viento con su señal de alerta. Es la lúcida
poesía de sus sueños. El viejo anhelo de que se repartan
equitativamente los panes y los peces multiplicados. No espera ya un
milagro. Alza un tenedor ferroso y lúgubre, un índice acusador. El
aguerrido artista denuncia a todo pulmón la dolorosa historia del
hambre.
En
las altas esferas su grito apenas se escucha ahogado por el ruido de
opulentos comensales que devoran sobre la mesa manjares y
exquisiteces. "Los ricos ni dan ni dicen dónde hay. A la larga, el
dinero guardado nos empobrece a todos."
Silvano Lora
no rehuye su compromiso histórico. La obra de arte, silente, es un
golpe sobre la mesa. No se trata de panfletos, ni pasquines. La imagen
misma cuestiona e induce a la reflexión. El espectador advierte el
quejido, pero también la esperanza. Las experimentadas manos que
construyen el mensaje son las de un hombre tenaz que ha recorrido el
mundo. No son pocos los países, ni las anécdotas, ni los personajes,
ni las tertulias. Ni menos las angustias, ni los días de rejas, ni los
años de exilio. La pátina de ese dolor recubre las obras ensambladas
con pasión, pero sin amargura. Sobre su Rocinante
Silvano Lora,
grave y circunspecto, cabalga a buen trote todavía.
FERNANDO UREÑA RIB