Juan Carlos Marcos nació en
Aldo Bonzi, un barrio de la periferia de Buenos
Aires en el que la vida transcurría lenta y había
que inventarse las aventuras. Como su padre,
originario de España, era propietario de un almacén
y además del boliche (bar) del lugar. La infancia y
juventud de Juan Carlos transcurrieron en la
“trastienda” de ambos establecimientos, que en
realidad funcionaban en el mismo lugar.
Hoy, lo encontramos en Panamá dedicado a la
profesión que lo llevó a dar vueltas por el mundo
desde muy joven: la pintura. Su apartamento es una
mezcla de casa-taller. En la sala no hay muebles
sino mesas de trabajo, pinceles, tubos de pintura y
un gran lienzo en desarrollo pegado a la pared.
Pero, ¿quién es Juan Carlos Marcos?.
Sería atrevido pretender descifrar el núcleo de
una persona luego de haber conversado con ella tan
solo un par de horas; sin embargo, Juan Carlos
parece ser un hombre sin secretos que contesta en
forma directa y sin pretensiones todas las preguntas.
“Trabajo para mí, no para la humanidad, ni por
dinero, ni por fama” afirma categóricamente. “No me
considero un aventurero, aunque mi vida así podría
indicarlo, simplemente me ha tocado estar en el
momento adecuado en el sitio inadecuado”.
Y los sitios son muchos, París, Ibiza, Panamá,
Santiago de Chile, Florencia, Buenos Aires son
algunas de las ciudades que algún día sirvieron de
hogar a Juan Carlos, porque turista, ¡jamás! No
comulga con la idea de ser transeúnte, de visitar un
lugar sólo por ponerlo en una lista, el quiere ser
parte del paisaje, inventarse rituales que pueda
repetir una y otra vez en cada visita.
Su interés por la pintura lo encontramos en la
infancia y en un evento común en la vida de muchos
niños: una tía le regaló para unas Navidades –o un
cumpleaños, la fecha no parece importar– unas
pinturas. Por desconocimiento o mal asesoramiento no
compró la consabida caja de témpera sino unos
tubitos de pintura de aceite y fue así como, sin
saberlo, lo convirtió en pintor.
Un día, revoloteando por la que sería su futura
casa mientras la pintaban, inició conversación con
los pintores de brocha gorda que allí trabajaban.
Uno de ellos se interesó por sus trabajos y le
confesó que era pintor –no de paredes, sino de
cuadros. Marcos se convirtió en su compañero
obligado y aunque este primer maestro era más bien
la sombra de un artista, fue quien le enseñó los
“trucos” del oficio.
Y así continuó la vida de Juan Carlos entre un
colegio y otro, el servicio militar, un fallido
intento de convertirse en químico, algunos trabajos
irrelevantes y el deseo de pintar. Este finalmente
lo llevó a Europa, específicamente a París, donde se
inscribe en la Academia de Bellas Artes.
En París vive, a pesar de las dificultades que
debe enfrentar un joven de pocos recursos que apenas
hace un par de años abandonó la adolescencia. Pero
de eso se trataba, de ir y venir con la ciudad, de
sentarse a tomar café en los sitios que frecuentaban
los bohemios y aventureros, de conocerlos y llegar,
quizás, a ser uno de ellos.
Fue durante su estadía en Europa que conoce a
Trujillo y a Dutari. Años más tarde esta amistad lo
traería a Panamá, para lo que se suponía debía ser
una estadía corta, pero el país lo conquistó
inmediatamente y aquí se quedó. Entre Europa y
Panamá ocurrieron muchas cosas. Juan Carlos se
enamora de una chilena, se casan y se van a vivir a
Chile. Es allí donde el empieza su carrera de
publicista, que le serviría de sustento por muchos
años en Panamá y que pondría su nombre a correr de
boca en boca.
La publicidad se convierte en su carrera dada la
necesidad que tenía de mantener a su familia. Era la
época en que se estaban inventando “los creativos” y
Juan Carlos, sin lugar a dudas, era uno. Ahora bien,
nunca ha dejado de ser pintor y a esa “afición”
pretendía volver en Europa cuando Panamá lo atrapó.
Su primer trabajo en Panamá fue con Tony Fergo,
quien lo contrató para un proyecto específico, el
cual le ganó un trabajo permanente. Su esposa y su
hija Paula se mudan a Panamá, pero la estadía no
sería muy larga porque “las cosas ya no iban bien
entre nosotros”, comenta Marcos.
Las mujeres siempre han sido determinantes en la
vida de Juan Carlos, lo confiesa sin ambages. Las
quiere con pasión y han marcado etapas importantes
en su discurrir como artista. Esposas ha tenido
tres, una chilena, una panameña y una italiana.
Hijos solo Paula.
La publicidad atrapó a Juan Carlos en Panamá por
muchos años, fue propietario y cofundador de Boyd,
Bárcenas y Marcos, y de Cerebro Publicidad. En medio
de ambas experiencias fue gerente de Televisora
Nacional, un trabajo que considera una aventura pues
ya en Panamá se avecinaba la crisis de 1986 y los
medios de comunicación eran territorio peligroso.
Su último matrimonio lo lleva a Italia. Allí
podría decirse que se convierte en pintor a tiempo
completo y la estadía se vio interrumpida solo por
el período que pasó en Buenos Aires, Argentina.
Tenía que sacarse del sistema la necesidad de viajar
al pasado y reconciliarse con sus orígenes.
Pero su tercera empresa matrimonial tampoco
funcionó y al estudiar las alternativas de vida
Panamá resultó ser el destino obligado. “Soy
panameño, tengo cédula y me gusta Panamá, aquí tengo
muchos amigos, buenos amigos” afirma Marcos. Quiere
que todos entiendan que Panamá es su patria aunque
le cuesta convencer a los extraños dado que no ha
podido deshacerse de su acento argentino.
Así pues, tenemos de vuelta al publicista
retirado y pintor a tiempo completo que pasa días
enteros sin salir de su apartamento y que extraña el
convivir con perros, animales estos que en algunos
períodos de su vida fueron sus únicos compañeros,
pero que no son buenos para vivir en apartamentos.
La Galería Mateo Sariel preparó una retrospectiva
de la obra de Marcos en el Museo de Arte
Contemporáneo del 12 de mayo al 26 de junio de 2005,
fecha esta en que se conmemoran los 50 años de su
primera exhibición individual, algo que Juan Carlos
considera una consagración para cualquier artista.
La recopilación de los cuadros la hace Alexandra
Arias y el texto libro, que Marcos cataloga como “un
muy buen libro”, lo escribe la Dra. Mónica Kupfer.
Mateo Sariel Ediciones nace con este primer proyecto
editorial y nos comenta Alexandra Arias que la idea
es documentar la trayectoria artística de Marcos.
Para la consolidación del proyecto fue
importantísimo el apoyo que brindó el Banco General
de la mano de otros patrocinadores.
Juan Carlos Marcos es un hombre que no se apega a
las cosas, le ha tocado partir muchas veces. A todos
lados lleva un autorretrato que se hizo cuando tenía
catorce-quince años, un coco maltratado que algún
día recogió en las playas de Punta Chame y la
certeza de que el momento más importante de su vida
es “el que está por pasar”.
Si tuviera que describirse con un solo adjetivo
usaría insatisfecho. Siempre ha sido muy crítico de
su obra y siente que aún no ha pintado el cuadro
frente al cual pueda pararse y decir “éste es”, pero
no deja de intentar, nunca dejará de hacerlo. Le
molestan los elogios, quizás porque se concentra más
en los defectos que en las virtudes de su trabajo,
pero deber dinero le molesta aún más.
Su insatisfacción no le molesta para nada. Sigue
en la carrera y eso es lo que importa. Los caminos
son muchos y el que tome, aunque no sea el que sigue
la mayoría, podría ser el que lo lleve al éxito. ¿Y
qué es el éxito para Juan Carlos Marcos?
Simplemente, “lograr lo que te propones”.