J. J. Molina
La Comedia del Cuerpo
por Ricardo Pau-Llosa
Las pinturas de Juan José Molina, uno de los
mejores pintores que hayan surgido en Colombia en los últimos años y
uno de los más ingeniosos dramaturgos visuales de su generación,
ahondan en el absurdo inherente a los espacios en los que se
desarrolla la vida interpersonal.
El tema en su pintura no es la intersubjetividad misma, ya que sin
ella no habría arte, o al menos, éste no tendría ningún propósito. El
énfasis está puesto en lo que sucede, instintivamente o través de los
mecanismos de la programación cultural, cuando los seres humanos se
reúnen y se desarrolla un rápido y generalmente complicado intercambio
de mensajes subliminales entre las posturas, los gestos y las
distancias entre los cuerpos. Nuestra vida social es un recordatorio
constante de la fragilidad de la comunicación.
A lo largo de los últimos cinco años, el negro y el blanco (y
diferentes matices de gris) han dominado la paleta de Molina, pero
éste no ha sido siempre el caso. Colorista brillante, Molina solía
conjurar enigmáticos escenarios en los cuales racimos de figuras
humanas se dedicaban a actividades disociadas. En "Ballena" (óleo
sobre tela, , 7 x 10 pies, 1995), un grupo de observadores de ballenas
uniformados se reúnen despreocupadamente frente a un cetáceo, pero en
general sin percatarse de él. Alrededor del animal, un grupo de
soldadores adhiere grandes planchas de metal al cuerpo de la ballena.
No hay contexto, ni paisaje, ni horizonte. La ballena abarca un
rango de resolución que va desde la descripción realista hasta el
bosquejo rápido. Los observadores de ballenas están representados en
forma realista, mientras que los soldadores han sido vagamente
delineados con trazos color sepia. La pintura constituye tanto una
afirmación de la interacción entre la pintura, la escultura y el
dibujo como de la intersección sin sentido de las acciones e
intenciones humanas.
"Ballena" procede de un período en el que Molina ejecutó una serie de
dibujos en carbonilla sobre papel que tituló "Radiografías". Son
placas radiográficas imaginarias "tomadas" de porciones de la tela,
como las que podría tomar un conservador de una pintura de un gran
maestro de la antigüedad para determinar lo que yace "debajo" de la
capa visible de pigmento. La diferencia reside en que en este caso se
trata de dibujos y no de rayos X, y lo que revelan son imágenes que
pertenecen al pasado imaginario de la tela.
En una brillante inversión de la cronología tradicional del proceso
creativo, los dibujos han sido realizados una vez finalizada la
pintura, creando un pasado fantástico para la pintura que sólo podría
plasmarse en su futuro. Fueron estas "Radiografías" las que sirvieron
como punto de partida para el desarrollo de las pinturas en blanco y
negro de Molina. Lo que torna absurdos a los espacios interpersonales
es la coexistencia de voluntades, o en otras palabras, las nociones de
tiempo. Cuando los individuos se ven obligados a trabajar en conjunto,
dejan en suspenso su voluntad y la conciencia del tiempo en la que se
basa. Cambia la dirección de la fuerza gravitacional de la
individualidad y la intensidad de la vida subjetiva se desplaza en pro
de una armonía temporaria que se exprese en los espacios públicos.
El ingenio de Molina se basa en su profunda observación de los
seres humanos en tales espacios. El impulso que anima su obra es la
búsqueda de una representación cada vez más refinada de la tensión
entre la vida interior subjetiva y las reglas que imponen
comportamientos, posturas y proyecciones específicos en estos
escenarios públicos, además de sus implicaciones para la conciencia
colectiva e individual. Esta búsqueda explica su frecuente utilización
de grupos de desnudos masculinos. En sus obras de fines de la década
del noventa -el principio de sus telas en blanco y negro- estos
desnudos se ubicaron en escenarios que representaban comedores
despojados; los sirvientes y aquellos a quienes servían coincidían en
los mismos espacios, aparentemente sin ninguna conexión.
De hecho, a veces parecieran estar a punto de enfrentarse, o de
enfrentar al espectador, o ambas cosas.
Se pueden ver perros que llevan alrededor del cuello conos como los
que aplican los veterinarios para preservar las heridas del impulso de
lamerlas y mordisquearlas. Estos cuellos dramatizan la interrupción de
un impulso natural, aunque destructivo en este caso. De forma similar,
el instinto animal que nos impulsa a marcar territorio y proclamar
nuestro dominio debe ser "ceñido" por los buenos modos y las
expectativas propios de la sociedad. El vestir al perro y desnudar a
la figura humana son recursos complementarios que destacan la misma
tensión entre necesidades de orden natural y acciones ordenadas por la
sociedad.
En sus pinturas recientes, Molina ha simplificado los escenarios,
concentrándose en los desnudos masculinos de a pares, en grupos, o
individuales, y reduciendo el decorado a los términos visuales más
simples. Un grupo de hombres desnudos colgados de la cintura con sogas
negras desvanece la grandeza erecta de la figura que está de pie y
reduce el poder del físico masculino a una pasividad suspendida. A
cada paso, Molina explota el absurdo ineludible e inherente a las
posturas estratégicas que asumimos en un mundo social que comparte la
intención decidida de la naturaleza de doblegarnos, enterrarnos y
olvidarnos.
RICARDO PAU LLOSA
TOMADO DE ARTE AL DÍA