En la exposición que bajo los auspicios del Banco
Popular Dominicano presenta Fernando Ureña Rib en la Casa del Cordón de
la Zona Colonial de Santo Domingo, encontramos a otro exponente de esa
corriente de la plástica moderna que observo con gran atención por su
tendencia a recuperar los símbolos de la experiencia nacional. Esos
símbolos recuperados están vinculados a fenómenos insulares.
Ada Balcácer, Peña Defilló, Domingo Liz, para
mencionar apenas un puñado valioso, se ven continuados por una
generación que prepara el relevo y que amplia la visión de una isla que
desde 1960 se ve a sí misma, introspectivamente. Fernando Ureña Rib es
uno de esos modernos nacionalistas. Es muy posible que contra su pintura
se escuchen las objeciones de quienes impávidamente le ven alejarse del
repertorio iconográfico de las escuelas foráneas y de las ilustraciones
de revista.
No pecaría al afirmar que contra cualquier
objeción ese sea el mayor de los méritos de Ureña Rib. ¿Cuántos de
nosotros no entretuvimos nuestros soñadores años de adolescencia
recogiendo los caracoles y moluscos propios de nuestras playas? De modo
que un aspecto nada despreciable de esta muestra es el producto de una
imagen retrospectiva y de imágenes vinculadas a nosotros. Imágenes que
hablan de nuestro modo de ser y que nos conducen hacia lo erótico.
En la obra que hoy exhibe Fernando Ureña Rib, esos pobladores de las
aguas se han agigantado para llenar composiciones enteras siendo por
demás, los personajes únicos de un quehacer matizado por el lirismo, la
intensidad del azul y la seguridad del oficio.
Otras veces, a partir de una morfología
particular, Ureña reconstruye o inventa un armazón erótico en el que las
ondulaciones lineales y los colores carnales se unen a las alusiones o
revelaciones vulbulares. De modo que el Eros, universalmente concebido
se expresa para que la sexualidad animal o vegetal se revele como única
y universal.
De hecho, el parentesco
estructural y morfológico de la mayoría de los órganos reproductivos de
seres de la naturaleza es el motivo discreto de la obra de Ureña Rib. Le
presiento ensimismado, buscando diferencias a través de un dibujo que
domina a la perfección para encontrar su fracaso que es la verdad: la
similitud. Así le vemos alegrarse con su descubrimiento. Pinta alegre y
satisfecho. Ese hecho simple y olvidado que no en poca medida le permite
hablar de encantadoras leyendas propias de un mundo intelectual bien
asimilado.
No importa entonces, que empiece a pintar: poco a
poco sus objetos transmutan de flores a conchas, a moluscos, a vulvas, a
simientes... y todos estos conjugados, enredados en una copulación
total, reúnen al fin sus atributos y logran un gran todo que
paradójicamente no nos resulta
extraño ni enigmático porque en el fondo de nosotros mismos estamos
seguros de lo que estamos viendo aunque no lo creamos.
En el
recorrido que de esta exposición hacemos, al máximo somos unos
incrédulos felices. Sí en un inicio del diálogo obra - espectador nos
resistimos a reconocer lo que vemos es porque eso está ahí, de modo tan
directo y a la vez tan magnificado que extrañamos que alguien haya
tenido tal valentía. Así que el primer impulso que sentimos es el de
iniciar un ejercicio desconcertante de búsquedas y referencias para que
las obras dejen de ser lo que son y sean otras. Vano esfuerzo. Al final
resultamos derrotados.
La seguridad de las imágenes que se yuxtaponen,
sí, a otras o se entrelazan, nos revela finalmente una verdad carnal, un
juego completamente erótico en el que los órganos sexuales y las formas
marinas se han aglomerado, juntos, en una arquitectura fantástica en la
que lo onírico no deja de estar presente aunque no se desencadene como
fuerza determinante de sus relaciones porque los objetos forman un todo
y no un tipo nuevo de circunstancia.
Es Fernando Ureña Rib y somos nosotros y nuestros
mares ahí dentro de los lienzos. Esta afirmación valora la originalidad
de Ureña. Y la que la antecede no debe ser confundida.
IGNACIO NOVA