Una mujer
desnuda y una bola de cristal son el señuelo con que Fernando
Ureña Rib atrae y seduce al espectador, obligándole a acercase y mirar con
atención y deleite los lienzos de su serie "Fortuna" que en estos días
presenta, con los auspicios de la Embajada Dominicana ante la Casa
Blanca, en el Salón de Exposiciones de la Organización de Estados
Americanos (OEA) en Washington.
En muchos de los 22 lienzos expuestos,
la mirada intensa de una joven (que nunca sabemos si es la misma) busca
los ojos del espectador. Esos ojos le mirarán de frente, le interrogarán
y le propondrán un oráculo, un acertijo visual que le será preciso
recomponer en la memoria, alternando lo que uno ya sabe con lo que uno
va descubriendo y destejiendo en la madeja de trazos en que el artista
atrapa el tránsito de las imágenes.
¿Cómo se funden y se confunden los
cuerpos transformándose de pronto en otros cuerpos que luego se esfuman
y desaparecen? El pintor dominicano, en quien se advierten los años de
labor y de investigación, propone siempre un juego. El acertijo, la
adivinanza que discurre entre lo que es y lo que parece ser. En sus
espacios juegan además la riqueza de una policromía a veces desbordada y
el intrincado laberinto de trazos gestuales en el que el dibujo pone a
prueba la capacidad de percepción del espectador.
Esa trasmigración
ocurre en silencio, sutilmente, sin sobresaltos. Pero la intensidad no
es menos. Porque
Ureña Rib logra adentrarse en el espíritu de estas nuevas Madonas, o
Venus o Ninfas y es como si pudiéramos adentrarnos en los predios del
sueño. Estos desdoblamientos ocurren inadvertidamente. Solo un sentido
de ausencia, de nostalgia cubre la desnudez de los hermosos cuerpos.
Liberados de las bajas pasiones, los cuerpos parecen elevarse o
sumergirse en las regiones ignotas de la imaginación y de los sueños.
Sobre fondos de sepia o
de cobalto, resaltan las gráciles figuras como si danzaran en rituales y
ceremonias cuya liturgia no alcanzamos a descifrar del todo. Excepto la
mirada, todo parece moverse. El efecto es de hipnosis. Las
reverberaciones ocurren cuando observamos fijamente ese punto focal y
sentimos alrededor el vaivén, el pendular de los cuerpos con su ritmo
ondulante. La retina disipa los contornos y poco a poco nos
transportamos a un mundo en que el asombro y el gozo son aún posibles.
La bola de cristal, que
se repite, que cambia de manos, queda apenas como un símbolo que también
se transforma dentro de la percepción fascinada del espectador. A
tientas, transitamos al borde de las conjeturas y sin caer a los
profundos precipicios de la razón. El placer, el deleite mismo de
pintar, arroja sobre el agua las memorias de vino. Del vino, que no
tiene otra memoria que la de las canciones o la del oscuro milagro de
los besos. En estas pinturas casi se escucha una voz, o sentimos el
aliento de una voz. Es la sacerdotisa, desnuda, quien recita quedamente
sus oráculos.