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EL EXPRESIONISMO SINESTESICO COMO NOMENCLATURA VISUAL EN LA PINTURA
DE OSCAR ABREU
Abil Peralta Agüero
“Quiero presentar unos seres que respiren, sientan, amen y sufran. El observador
debe darse cuenta de lo sagrado que hay en ellos de manera que se quiten el
sombrero al mirarlos, como si estuvieran en la iglesia.” Edward Munch.
Al estudiar la amplia gama que abarca el expresionismo como estructura códiga
para declarar la condición humana a través de la pintura, nos encontramos con
postulaciones teóricas como la del prestigioso crítico y esteta Karin Thomas,
quien encuentra como estructura discursiva autónoma dentro del expresionismo
alemán la variante estilística que él acertadamente denomina “expresionismo
sinestésico”, sumándole así el repertorio de investigación teórica e histórica
sobre el expresionismo, una nueva visión para comprender las variables
estructurales, semánticas y conceptuales que diferencian los distintos
escenarios en los que se manifiestan tanto el expresionismo alemán como el
expresionismo norteamericano.
Al hacer un inventario de las manifestaciones expresionistas contemporáneas de
la artes latinoamericanas, observamos que las iconografías que sustentan la
pictórica de lo humano, de la condición humana y de lo filosófico e
ideológicamente humanístico se apoye en un discurso sobreexpuesto,
dramáticamente teatral; y en ocasiones dotado de una dominación excesiva de
elementos que la mayoría de las veces transitan entre el decorativismo y el
barroco.
A modo de revelación contemporánea, descubrimos en el año 1978 las estructuras
alfabéticas que dentro de la estilística expresionista sinestésica que venía
produciendo el pintor dominicano Oscar Abreu, como consecuencia de sus
investigaciones espaciales de la pintura moderna. La sinestésica es la
matemática de impulsos interiores que el artista arranca desde el centro mismo
de su ser y lo expone sobre la tela con vehemencia catártica y demencial. Es
como caligrafiar signológicamente la virginidad de sus propios pensamientos, de
su propio dolor y de su propia angustia sobre la superficie télica.
Oscar Abreu al asociarse a esta exclusivista corriente estilística asume la
pintura desde el pensamiento, disciplina y moral de un hermeneuta, obrando sobre
la tela como si se tratara de los gestos danzarios de un acto litúrgico en
procura de asentar una sinología secreta, pactada para la revelación de sucesos
apocalípticos cercanos o distantes por venir. Esa es la percepción cósmica de la
iconografía de carácter casi petroglífico que nos propone Abreu. Sin embargo,
cuando abundamos en la hipótesis psicológica de sus pinturas de trazos
gestualísticos y silenciosos a la vez, por el peso de su densidad, en ocasiones
espatuladas y advertimos que en esencia, su arte no es más que una dramática y
dolorosa exposición autobiográfica y existencial de su yo interior, la del
hombre que ha sido testigo de la ira, del dolor, del golpe, del hambre, de la
herida, y del silencio arcano. Su estructura plástica, casi pictográfica y de
plano yuxtapuesto dominado por la arquitectura dibujística de una línea severa y
racional aguarda la compleja conjugación mística del poder que da el saber
administrar interiormente las instancias espirituales del dolor-grito-silencio.
El diseño constructivo normado por la línea afirmativa en la que prevalece el
negro sobre colores cálidos hace de la mancha y el accidente matérico una
entidad de la significación simbólica dentro de la lingüística visual de Oscar
Abreu, en la que prevalecen como valores semánticos, tanto el valor de la
pintura como lenguaje autónomo, como el valor sociológico del humanismo visceral
que connota ante la mirada perceptora el habla interior existencial del propio
artista.
La pintura de Oscar Abreu posee una sintaxis cuyo ritmo lo aportan elementos
propios de una geometría intuitiva de atmósferas primitivas, cuyos valores
geométricos se asocian armónicamente con excelencia plástica, por su composición
y diseño, a una figuración de carácter hierática que se traduce ante el
espectador a la mera de una embriaguez del espíritu como fenómeno psicológico
entre el que mira y quien crea el misterioso fenómeno del sujeto de la mirada:
la obra de arte.
Su línea drástica, normada por una estructura cuya arquitectura visiva nos
propone un inventario de simbolismos místicos subjetivos y figurativo es parte
de los elementos artísticos propios de una estética en la que predomina la libre
expresión de la intuición; obviamente producida, en el particular caso del
pintor Oscar Abreu, al poner en acción pictórica y psíquica sus vivencias más
íntimas y personales.
Hay en su obra un fenómeno propio de una solemnidad expresiva, que sólo es
posible articular estéticamente cuando sobre la tela se produce una fusión de
percepciones y sentimientos. Es decir, cuando se ha podido ser capaz de aislar
el objetivo realidad para conjugar las sustancias humanísticas del mundo
exterior como metáfora, con el estilete que nos produce la herida en el alma,
sucesos emocionales existenciales que aguardamos bajo nuestra estructura
corpórea como un pacto de silencio sacral.
Esa intensificación y exposición de la experiencia existencia enfatizada en su
obra de aproximación figural, en cada uno de sus gestos dramáticos sostienen una
deformación psíquico-sujetiva orientada como fenómeno esencialmente plástico a
culminar en una misión ideológica del ejercicio y compromiso con el arte. Es
decir, se trata de un ejercicio personal en el que el artista en cada una de sus
proposiciones icnográficas analiza los estamentos de su propia personalidad
interior, situándose así en un complejísimo plano en el que como artista creador
propone en cada una de sus telas la superioridad del arte sobre la vida como un
modo sabio de afirmar que trabaja a través de sus formulaciones cromáticas,
texturales, compositivas y de diseño en una investigación de la vida a través
del arte, para la cual apela a la dibujística pesada, al movimiento gestual
agreste y al valor simbólico del circo como una materialización de su
espiritualidad en la pintura.
En cada una de sus telas, Oscar Abreu sella el epitafio de su propia existencia
y al mismo tiempo nos cuenta la historia de aquellos que se fueron sin la
capacidad para revelarnos el verdadero alcance de su grito. Hablen sus pinturas
en el nombre de si, en el nombre de ti y en el nombre de todos.
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Trayectoria de la Plástica de Oscar Abreu
Fernando Morbán Laucer
La inquietud de hurgar las distintas
etapas históricas de las realizaciones del ser humano en
diferentes países, nos hacen pensar en coincidencias repetitivas
de modas, costumbres e inspiraciones, sobre todo en las artes
visuales. No es raro que los grandes maestros de nuestros días
reflejen consciente o inconscientemente las culturas de Africa
de Asia o Precolombinas, con modificaciones reales o inciertas
en sus obras plásticas, unas veces conducidos por metodología y
temática de los viejos maestros o de corrientes en boga
perdurables o transitorias, que van siendo desplazadas por
nuevas técnicas o modismos.
Quizás ciertas vivencias durante la infancia conduzcan al
artista a un estado de supraconsiencia y plasme sus obras en el
lienzo como impresionantes mensajes de acontecimientos de un
pasado tormentoso y traumático, visualizaciones mezcladas con
aparente fantasía que pueden ser realidad o sueños. En ciertos
casos cuando éste se ha adentrado en los estudios del ocultismo,
esoterismo, de la metafísica o de la parapsicología.
La fuerza interpretativa de las obras de Oscar Abreu, en muchos
casos nos recrea los discursos pictóricos del pasado y presente
siglo, donde descifrar el código de los símbolos y de las
imágenes, constituye una tarea que no siempre resulta fácil.
Oscar Abreu se abraza en el año de 1994 a lo que él ha llamado
Psico-Expresionismo, para con habilidad y talento crear las
obras pictóricas de sus experiencias vividas durante diversas
etapas de su vida y de distintos personajes, cual si fuera un
psicoanalista.
No es raro que al recrearnos con sus composiciones pictóricas
nos encontremos con el arte expresionista, el abstraccionismo,
lo figurativo y reminiscencia del cubismo, el africanismo
cultivado por los pintores atillanos y de las Guyanas.
Algunos de sus rostros nos recuerdan las obras del conocido
pintor ecuatoriano, Guayasamin y de otros pintores andinos.
En sus pinturas Psico-Expresinistas, Oscar Abreu recoge el dolor
y sufrimiento de una sociedad atormentada por los abastares
emocionales que prevalecen y enferman psíquicamente la humanidad
traumatizada y su deseo sería poder liberarla de tan pesada
carga, con el milagro de sus creaciones de cromatismo poético,
donde las angustias no tienen cabida.
Él bautiza sus obras con nombres que nos recuerdan épocas de un
romanticismo poético ya desaparecido, las imágenes antropomorfas
de figuras estatuarias con una rigidez en la textura que
aparentan escenas trágicas, donde los colores calientes absorben
los fríos, proyectando penumbras producidas por las largas
pinceladas, que nos recuerda la técnica de la pintura
melancólica de la gran pintora argentina, Alicia Rossi, cuando
usan elementos que producen contrastes con la forma y la luz,
para lograr reproducir situaciones históricas de visiones de la
vida cotidiana o del neoconceptualismo que con tanta frecuencia
observamos como espectadores en los catálogos y galerías de
arte.
.FERNANDO MORDÁN LAUCER
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