rabe, o bien
salía a tomar aire fresco deambulando por los bares que adornan
los atracaderos del puerto. Las noches las concluía en el Hotel
Santa Marta luego de unas fulminantes copas de orujo.
Pero la razón de mi inesperado alto en
Perpignan
es que el controlador del tren me exigió que le pagara en moneda
francesa el importe de las literas. No llevaba un franco, te dije,
así que me vi forzado a abandonar aquel tren y buscar cambio en la
casilla de la estación , que como era de esperarse estaba cerrada
la noche de domingo. Vagando por los alrededores me encontré con
una pareja de amigos que viven en mi ciudad y a quienes hacía años
que no veía. Me contaron que les había tocado a ellos similar
destino. No había más remedio que retomar la ruta en el incómodo
tren de las tres de la madrugada, que no exigía ya el pago de las
literas. El que nos encontráramos sin aviso, a tres mil kilómetros
de distancia, en una pequeña ciudad del sur de Francia era solo
uno de los eslabones de esa cadena de peripecias inesperadas que
te relataré:
En el restaurante portugués mis amigos y yo ordenamos lapin
y vino. Desde una mesa vecina la madame nos oía celebrar lo
fortuito del encuentro y se acercó a la nuestra con su garrafa de
vino: "Mi tren me dejó hace muchos años" nos dijo y halando una
silla añadió: "Oí lo que conversaban. Les importa si me siento con
ustedes?" Antes de esperar la respuesta ya estaba sentada con
nosotros vertiendo vino en su copa. "La única diferencia es que mi
tren venía de París. Yo tenía solo veinte años y un amor que se
fue para siempre en ese mismo tren, y me dejó varada ahí, sin un
céntimo, en el andén al que ustedes bajaron. El resto de la
historia quedó escrito en mi piel. Se pasearon todos por mis
manos: generales, señoritos, vagabundos.
Todos venían a mí a
quitarse la sed o el frío. Algunos regresaban de cuándo en vez.
Bajo mis mantas no tenían raza ni rango, no había idioma ni fé.
Los hubo altos y enanos, gordos, fornidos, extravagantes, ateos,
puristas, religiosos, ricos, necios, arrogantes. Nada más hacía
verlos y sabía de dónde venían, a qué iban y cual era el nombre de
su dolor o de su miedo. Sé lo que traen en las valijas, lo que
esconden debajo del abrigo. Me basta mirarlos y lo descubro al
vuelo. Entre los hombres conozco al triunfador y al derrotado, sé
quién es mezquinos y quién generoso. Creedme que este pañuelo secó
muchas lágrimas y espantó muchas moscas."
Y el amor, no volvió a entrar en su cama, Señora ? –le pregunté
curioso.
No me llames Señora, por favor, me sentiría insultada. Mi
trabajo no es tan fácil como el de ellas, quienes ni se imaginan
la forzosa intimidad con un hombre extraño, de quien ignoras su
nombre, su historia y su idioma, pero no sus deseos. Que son
siempre los mismos.
En este punto, la esposa de mi amigo comenzó a sentirse molesta
y se hubiera marchado a no ser porque la Madame la tranquilizó
alzando la copa con una sonrisa y un amigable gesto de
complicidad.
Quizás pueda usted llamarle amor. De esas cosas una nunca está
segura. Solo sé que en medio del hastío, del vendaval de caricias
apresuradas que ofrecí como alivio al pasajero, me consuela ver
dos o tres veces al mes, el rostro de Silvano. Todavía viene a mi,
azul y uniformado. Su camisa ya no huele al hollín de los trenes
de antaño, pero al igual que a mí, se le nota en la frente y en
las manos, el cansancio de las noches de insomnio. Nos unen, más
que el amor, la soledad y la esperanza. Conozco de memoria sus
itinerarios, así que le veo pasar rápidamente, como el verano de
estas playas, y agito este pañuelo en el que él tantas veces ha
llorado. Mi viejo controlador ferroviario ha prometido que se
retirará conmigo a su buhardilla, desde la que se divisa el barrio
gótico de Barcelona. Quizás pueda usted llamarle amor, porque el
amor vive sobre todo de promesas, de futuro.
Las horas se nos fueron de prisa, escuchando aquella mujer y
sus anécdotas de hombres calvos, acróbatas y payasos de circo.
"Maromas tan tristes" pensé recordando el Haiku del viejo Basho.
Poco antes de las tres oímos nuestro tren pitar en la distancia.
Entramos a un compartimiento sin literas y el vino y las historias
nos hicieron dormir profundamente. Ya pasado Lyon, y a eso de las
siete, nos despertó el controlador en su rutina, perforando los
billetes. Era un señor alto, de frente despejada, manos huesudas y
alargadas. No lo vas a creer, si te digo que en la solapa de su
uniforme, sobre el distintivo, alcanzamos a leer en silencio:
Silvano López, Agente Ferroviario.