| Pregunta ¿Cuáles
fueron para Ud. los momentos más importantes durante su paso
por la Orquesta Sinfónica Nacional de la República
Dominicana? Respuesta Yo he tenido una relación muy
especial con la Sinfónica, yo siento que la Sinfónica es
mía, yo pienso que es mi orquesta... por supuesto que yo
creo que a de Windt no le moleste que yo diga eso porque en
realidad en esa orquesta yo fui de los fundadores...
desgraciadamente no me ven en la fotografía esa que tenemos
allá porque yo estaba ese día de refunfuñón y no me dio la
gana de retratarme y no me retraté lo cual me ha pesado
enormemente ... vaina de muchachos ... así que yo llegué a
ser, con catorce años, cabecera de los violines segundos
cuando fundaron la Sinfónica Nacional.
La Sinfónica para mí fue una gran experiencia en aquella
época porque empecé a tener la práctica de orquesta.
Entonces había allí dos músicos, de quienes siempre venero
sus memorias, que fueron dos grandes amigos: Min Pichardo y
Ernesto Leroux. Estos dos buenos violinistas... que
lamentablemente en nuestro país, todavía, el músico tiene
que buscársela y picotear, todavía, a estas alturas
desgraciadamente, todavía, el problema de la Sinfónica es
muy serio porque no hay gente que se dedique a estudiar
porque aquí no vale la pena con los sueldos de hambre que
están pagando. Siempre he dicho que si el gobierno cogiera
los sueldos que le están dando a todos esos secretarios que
no hacen nada, eso es lo que debiera estar ganando un músico
que sí trabaja... pero desgraciadamente hasta hoy ningún
gobierno ha demostrado interés por la cultura. ¡Ninguno!
Aquí el único que hizo algo por la Cultura fue Trujillo que
creó la Sinfónica, el Conservatorio, todas las instituciones
culturales, la Dirección General de Bellas Artes, todo lo
hizo Trujillo porque aquí no había nada... Para empezar
hasta el Himno Nacional lo oficializó Trujillo,
después ningún gobernante ha tenido ningún interés en el
desarrollo. Se mantienen las cosas para decir que hay. Hay
Sinfónica, hay esto pero ... (¡^^”+ª!) El colmo está en que
la Sinfónica no tiene un local donde ensayar. Hasta ahí
llega la gravedad de la situación... ¡Bueno!... ¿Por dónde
andaba yo que me fui un poco de la pregunta tuya?
P Andábamos por la relación suya con la Sinfónica
y usted iba a comenzar a hablar de dos buenos amigos suyos
que tocaron en la orquesta.
R ¡Ah sí!... te hablaba de Min y de Leroux. Ellos
picoteaban en un programa en la HIZ, allí en la
Avenida Mella, con el conjunto típico de Tito Martínez; allí
interpretaban danzones, danzas, merengues, de todo.
Entonces, yo iba siempre después de comida, arrancaba para
allá y tocaba en lo que ellos estaban jorungando y
hablando, o dándose sus tragos de algo que fabricaban. Y ahí
aprendí yo a tocar pizzicato con dos dedos como en la
guitarra porque me lo enseñó Min Pichardo, lo cual me vino
divinamente bien para tocar el pizzicato de
Chaikovski. Esa fue una de las cosas muy importantes que yo
siempre digo que me beneficiaron en mi carrera, la cantidad
de música popular que yo he hecho en la vida. La música
popular te crea un sentido del ritmo muy estricto, no puedes
variar porque te atraviesas. Yo siempre he dicho que hay dos
clases de música: la buena y la mala. Hay música popular muy
buena. No sé si tú sabes que yo le puse frac al merengue
tocándolo en la Sinfónica, porque creo en eso. A mí me
atacaron mucho, como siempre. Es muy bueno atacar a Carlos
Piantini porque sales en la prensa porque atacaste a Carlos
Piantini, pero yo he actuado siempre con la conciencia de
que lo que he buscado siempre es lo mejor que yo puedo dar y
he pedido a quienes han trabajado conmigo lo mismo. Siempre
pido lo mejor. Yo hago una obra y siempre sale con lo mejor
que yo puedo. No digo que eso esté bien y tampoco que está
mal, pero eso es lo mejor que yo lo hago. Así hago mis
decisiones. No me baso en familia, en amistad, nunca he
creído en eso ni mucho menos en nacionalismos. Ese es el
punto de vista más estúpido para el desarrollo de un país.
Así que aquella fue mi primera etapa en la Sinfónica.
Ahora también recuerdo una anécdota de aquellos primeros
tiempos. Una noche, cuando se estrenó la Rapsodia para
piano de Luis Rivera, que entonces se llamaba
Generalísimo Trujillo, si mal no recuerdo eso fue en un
club militar que existía frente a la Fortaleza Ozama, y
Trujillo, que era un gran amante del merengue, quedó
encantado con la obra y al terminar de tocarla hizo que
brindaran champagne para toda la orquesta. Con aquella
euforia, después de todos los brindis, un grupo de amigos me
enrolaron para ir a dar serenatas, tenía yo entonces como
quince años. Y entre el relajito de la serenata he llegado a
mi casa casi amaneciendo y ya papá estaba trabajando porque
papá y mamá vendían leche y se levantaban como a las cuatro
de la mañana. Cuando yo llego, que me doy cuenta del
disparate que he hecho. No sé, pero tocamos como cuarenta
serenatas. Llego a mi casa, papá me mira y me dice "vete a
acostar que debes estar cansado" y yo dije "ah, pero me
salvé, está bien". Me voy a acostar y al otro día había un
gran baile con la orquesta de Luis Alberti que venía de
Santiago, que para nosotros en aquella época hablar de la
orquesta de Luis Alberti era como decir "viene Papá Dios
para acá a tocar". Yo estaba cenando en mi casa, ya con mi
esmoquin tropical, muy que sé yo qué y veo a papá que mete
un pan entero dentro del chocolate. Me acuerdo porque nunca
lo había visto haciendo eso. El pan entero, lo cogió
empapado en chocolate, se paró y me lo tiró en el pecho y
allá fue entonces el regaño: "Mire muchacho, cómo se atreve
usted a pensar que va a salir, usted tiene un mes entero que
no va a salir de aquí. Un hombre decente no permite que el
sol le agarre en la calle". Bueno, se me fracasó mi baile y
estuve "trancado" un mes.
Después de esa época vino algo muy importante para mí.
Apareció primero la posibilidad de una beca para ir a
estudiar violín en Chile, pero eso no pudo ser; entonces,
papá me dijo: "No te apures, yo te llevo". Y teníamos una
casita y esa casita papá la vendió para llevarme a estudiar
violín a México. Así que tú te imaginas los que significa
para mí mi padre. Teníamos una casita en la Casimiro de Moya
y esa se vendió para nosotros ir a vivir a México. Eso fue
en 1954 y fue una etapa de desarrollo. Ya en México, donde
pasé casi cuatro años, tuve un desarrollo mucho más serio y
al regresar aquí Trujillo me nombró Concertino de la
Orquesta Sinfónica Nacional. Entonces el Titular era
Caggiano. El pobre, recuerdo que una vez se dio una caída
aquí y fue fatal porque quedó cojo para el resto de su vida,
entonces yo le decía "el cojo director". Yo lo quería mucho
a él, mucho, mucho y fuimos grandes amigos.
Aquí también tuve el placer de trabajar en esa época con
Montelly quien fue miembro del Cuarteto de Roma, en
Italia... ¡Ah! Y otra cosa que se me olvidaba... tan
importante... Mi debut como solista con la Orquesta
Sinfónica Nacional había sido un tiempo atrás, cuando yo
tenía como quince años de edad
Y fue interpretando el concierto de Mendelssohn bajo la
dirección de Casal Chapí. De ese día guardo un recuerdo muy
gracioso. Termino la cadencia del primero movimiento y entra
la orquesta y yo muy feliz porque la cadencia me había
quedado muy bien y cuando el violín tiene que entrar otra
vez yo sigo muy tranquilo y oigo a Casal Chapí que me
tararea la parte del violín, pero yo estaba tan encantado
que no me daba cuenta de que tenía que entrar. Y no fue
hasta que escuché el pie que da la orquesta, un poco más
adelante, que me di cuenta que debía seguir tocando. Ese fue
un accidente que me pasó y otro fue tocando en la
Universidad Autónoma de Santo Domingo. Tenía yo el sol en la
cara, era en el Aula Magna donde entra el sol por unos
ventanales grandes que allí hay y estaba tocando la
Chacona de Bach y de pronto, mientras estoy tocando me
digo: "Bueno, si esto ya lo toqué" y así comencé a repetir
como en un círculo vicioso y no sabía como acabar aquello.
No me acuerdo cómo fue que salí, pero salí y, gracias a
Dios, aquí estoy si no allí estuviera tocando todavía el
mismo fragmento de la Chacona.
Después de esta época como Concertino de la Sinfónica me
fui a Nueva York y fue el período más largo que estuve
fuera, desde el 54 que me fui hasta el 62 que volví al país
que me invitó Simó a tocar el concierto de Beethoven. Toqué
mi concierto y Simó me dijo: "¿Y por qué tú no diriges?"
Tú sabes que Manuel Simó era un hombre muy especial. Él
sabía que era compositor y estaba buscando siempre quien
dirigiera en la Sinfónica, él nunca tuvo problemas con eso,
él invitaba muchos directores para que trabajaran con la
Sinfónica. Manuel Simó hizo una labor muy importante en la
vida de esta Orquesta. Desgraciadamente, no se le dio nunca
el verdadero valor, porque como ya te dije nuestros
gobiernos nunca han tenido conciencia de lo que es la vida
nuestra, de lo que significa para un país el nivel cultural.
Hay una cosa muy importante, un país muestra su calidad
según la calidad de su orquesta sinfónica, ese es el
termómetro para medir la calidad de un país. La calidad
humana, la calidad de cultura se puede medir según su
orquesta sinfónica. Un buen país, sólido de cultura no
permite que tengamos una orquesta como la que tenemos
nosotros donde nos faltan músicos, que no tiene esto que no
tiene lo otro, que no tiene local. Eso te indica a ti la
pobreza de mentalidad de las áreas gubernamentales. Pero en
todos los gobiernos, Balaguer, este señor que está ahora
gobernando, todos los gobiernos han sido igual, ninguno ha
tenido ni la noción más ligera de lo que es cultura para un
país. Nunca le ha interesado, eso no gana votos. Eso gasta
dinero y no gana votos.
Así que entonces yo estaba hablando de Simó ... Bueno,
vengo al año siguiente y dirijo mi primer concierto con la
Sinfónica. Me acuerdo como si fuera ahora que estaba el
Maestro Fello Ignacio en el primer ensayo. Hice la overtura
El Carnaval romano. Entonces me dice el Maestro: "Carlitos,
pero tú debieras dedicarte a la dirección porque tú eres un
director muy natural". Entonces preparo mi concierto...
P ¿Con quién estudió Ud. para ese concierto?
R Con nadie, yo solo. No te olvides que ya yo
estaba en la Filarmónica de Nueva York y allá yo tenía la
mejor escuela de mi vida, que fueron esos quince años dentro
de esa orquesta con los más grandes músicos del mundo.
Tocando con ellos, haciendo música con ellos. Aprendí
mucho... Tú te fijas como es mi técnica de ensayo. Aprovecho
el tiempo. Yo soy una persona que trabajo basado en
disciplina. Tengo un sistema de trabajo que aprendí siendo
músico en la Filarmónica. Aprendí que es lo que no se puede
hacer. Por ejemplo, estamos tocando un pasaje y tu llegas y
me tocas un si bemol en lugar de un si natural, yo no te
digo nada porque yo me imagino que tú te diste cuenta igual
que yo de que tocaste una nota mala. Yo vuelvo y lo repito y
vuelves y me haces el mismo error. Entonces yo digo:
"Maestro, corrija eso porque no debe ser un si bemol, debe
ser un si natural". Y el músico dice: "!Ay! perdón Maestro,
es que no me di cuenta". Porque yo siempre creo que el
músico debe tener un sentido de que está haciendo música de
cámara, debe escuchar a los demás.
Bueno, aquella vez terminé mi primer concierto como
director y le dije a Manuel Simó: "Maestro, me gustó, me
gusta la cosa". Al año siguiente volví e hice tres
conciertos.
Por aquellos años se creó en los Estados Unidos la Liga
de Orquestas Sinfónicas y todos los años se preparaban unos
cursos de verano en los que se daban Master Clases para
Directores. Aunque yo no era un Director formado conseguí
mediante algunas conexiones en la Filarmónica de Nueva York
que me aceptaran en esos Master Class. Ahí vino Hans
Swarovsky y en una de las clases me dijo: "Yo no sé que hace
usted tocando el violín, porque usted es un director
natural". Con eso me envenenó. Eso fue en el 1969. Me
envenenó la mente.
Hice mi debut con la Filarmónica de Nueva York dirigiendo
el Réquiem de Verdi y ya en 1971 no aguanté más y
pedí un permiso, una licencia sin sueldo por un año para
irme a estudiar a Viena con Hans Swarovsky y allá me sucedió
algo muy gracioso.
En Viena recibí una carta de la Filarmónica cuando
faltaban seis meses para que se cumpliera el permiso que
ellos me habían dado. Me decían que necesitaban saber si yo
iba a regresar o no para poder contar con la plaza que yo
tenía allá como violinista. Si yo no iba a regresar ellos
tenían que poner a concurso aquella plaza. Tenían que poner
a funcionar la maquinaria para poner mi puesto a oposición
como siempre se hace allí.
¡Tremenda decisión! Un hombre con cuatro hijos, una
mujer, sin entradas, sin seguros, sin nada. Decidir si iba a
dejar una cosa tan sólida como la Filarmónica de Nueva York
donde yo tenía seguro de vida... ¡Bueno, todo!... Porque ya
al llegar a una orquesta de esa categoría tu tienes el resto
de tu vida garantizado. Una pensión muy sólida y todo eso...
y yo me senté entonces y le dije a mi esposa de aquella
época y a los hijos míos que estaban allí, todo lo que
estaba sucediendo y todos me respondieron, especialmente mi
esposa, que aquella era una decisión que ellos no podían
tomar por mí, pero que cualquier determinación mía, fuera
cual fuera, ellos la iban a respaldar. Después de eso me
acuerdo que esa noche me quedé sentado a oscuras en la sala
mía en Viena y me quedé dormido y en el sueño... Yo nunca me
acuerdo de los sueños, el 97% de las veces que yo sueño no
me acuerdo pero de ese sí me acordé ... Lo vi clarito como
si estuviera pasando en realidad. En el sueño regresé a la
Filarmónica y la cara de burla de los músicos y el choteo
porque yo había fracasado me despertó. Entonces le dije a mi
mujer: "!Renuncio!"
Hice mi carta, me acuerdo como si fuera ahora, y cuando
la eché en el buzón sentí como el exorcista. Respiré y sentí
que era libre y hasta el sol de hoy nunca me ha faltado
trabajo. Por suerte.
Estando en Viena, Peter Morales me ayudó mucho para que
Balaguer me nombrara embajador cultural ante las Naciones
Unidas porque nosotros no teníamos sede diplomática en
Austria. Ese fue entonces mi único sustento, no era mucho
dinero pero algo servía. Estábamos todos allá, menos una
hija que se quedó en Estados Unidos porque tenía amores con
su actual esposo y no quiso irse a Europa.
En 1973, cuando terminé mis estudios en Viena, Balaguer
me nombró Director del Teatro Nacional, fue entonces cuando
regresé al país nuevamente.
Como Director del Teatro Nacional traté muchas veces de
que la Orquesta Sinfónica Nacional se mudara para el Teatro.
Pero Simó nunca quiso. Si entonces se hubiera hecho eso
nunca nadie le hubiera podido quitar esa casa a la Orquesta.
No sé, parece que en eso Simó no confió en mí. Quizás pensó
que yo me iba a quedar con su trabajo o lo que fuera y no
pasó así y ya tú ves como estamos más de veintiséis años
después, ni siquiera tienen donde ensayar.
En mis años de Director del Teatro, además de las
temporadas que Simó hacía, yo tenía una temporada con la
Sinfónica en el Teatro Nacional que yo patrocinaba, donde yo
dirigía la mayoría de los conciertos. Traía directores
invitados, solistas; una cuestión pequeña de tres o cuatro
semanas.
Yo tuve en esa época una asociación muy directa con la
Orquesta. Dirigí la primera ópera, fue La Traviata, y
pedí un poco más de dinero para los músicos porque yo les
estaba poniendo un poco más de trabajo y los sueldos en esa
época realmente eran vergonzosos, como lo son hoy. Menos mal
que hoy está la Fundación que da una ayuda. Es increíble que
a estas alturas del juego estemos así.
Aquí hay más Subsecretarios de Estado que en China, un
país que tiene doscientos y pico de millones de habitantes,
esto es una cosa que es un chiste, un chiste de mal gusto
diría yo.
Conseguimos entonces en aquella época algún dinero para
hacer aquella primera Traviata en el Teatro Nacional
y me vanaglorio de que durante los años en que yo fui
Director del Teatro Nacional tuve una relación muy fuerte
con la Sinfónica. Presenté veintiocho funciones de ópera en
siete años. Hice en un año una temporada de ópera e hice
cuatro óperas consecutivas. Con aquello se perdió hasta la
camisa pero lo hicimos.
Después vinieron más de veinte años en los que no se
pusieron óperas hasta que en el período de Natacha volvieron
a la escena. Ella, Natacha, yo considero que ha sido una
gran Directora del Teatro. Ha sido una mujer con una cultura
muy sólida. Ella me llamó para que le preparara las puestas
de esas óperas que se pusieron en estos últimos tres años. |