En
esencia, la memoria es un espacio de intimidad. El
recuerdo, a diferencia del pensamiento, no supone
una expresión externa. La evocación del pasado no
nos obliga a actuar. El recuerdo puede valer por sí
mismo, no por otra razón se afirma que recordar es
vivir, y asume un tono especial cuando lo
consideramos simple abstracción estética, imagen que
reposa como un último trago de vino en el fondo de
la copa. En esta ocasión hablo de “recordar”, no de
“acordarse”: a diferencia de la primera acción, el
que “se acuerda” está convirtiendo la memoria en
presente, con el objeto de perfeccionar una actitud
concreta.
Pero recordar lo vívido, y nada más, es quizás la
acción más adecuada sobre el contenido de la
memoria. ¿Pero qué sucede cuando el ayer es
aprehendido a través del poema? Si alguna sabiduría
tiene el poeta, habría que pensar con seriedad a qué
se debe que innumerables versos se contruyan a
partir de los reflejos del pasado. ¿Es el poema una
acción válida para representar la reminiscencia? ¿Es
idóneo el verso para exponer aquello que pertenece a
la intimidad de la memoria? Debe serlo. Muchos
poetas han estado de acuerdo con la idea de que la
poesía es inoperante, o sea que no conlleva una
acción más allá del placer estético. Asumiendo este
punto de vista, entonces resulta que recordar es
sinónimo de poetizar. Estamos ante dos expresiones
igualmente íntimas, ambas sin interés de transformar
fuera del espacio íntimo del ser humano.
En Los júbilos íntimos, poemario reciente de José
Rafael Lantigua, encontramos este delicado
equilibrio entre recordar y poetizar. Durante seis
segmentos que se distribuyen a lo largo del libro,
se entra a la memoria del escritor. Se trata de un
texto íntimamente biográfico, no porque en sus
páginas haya datos, citas, informaciones concretas
(que nada de eso hay), sino porque el autor nos
muestra en sus versos una radiografía sensible de su
pasar por el tiempo. Ver en un libro lo que ha
sentido un hombre, más que lo que ha hecho, es la
mejor forma de conocerlo.
La palabra del recuerdo
José Rafael Lantigua retorna con este libro a sus
raíces poéticas. Después de haber publicado una
biografía sobre el poeta Domingo Moreno Jimenes en
1976, que fue su primer libro, y seis años después
Sobre un tiempo de esperanzas, donde reunía sus
versos de la adolescencia, este escritor se dedicó
al trabajo de la prosa.
Su labor en el suplemento Biblioteca, lo movió
durante veinte años a escribir artículos de índole
literaria y de cultura general. No es extraño que
durante ese período sus libros fueran de ensayos y
entrevistas. La conjura del tiempo (1994), El oficio
de la palabra, entrevistas literarias (1995) y
Semblanzas del corazón, memorias y nostalgias
(2001), son tres ejemplos de su dedicación a la
prosa.
En su reciente poemario, el autor retorna a su
origen creativo. Y lo hace volcando en el decir
poético todo el mobiliario de la memoria. Los
júbilos íntimos abren y cierran con una declaración
estética, una especie de ars poetica en dos partes:
en la primera, el autor anuncia que hará de la
memoria su temario sensible; en la última, declara
su noción de la palabra como instrumento sensitivo.
Fiel a estas declaraciones, Lantigua en todo
instante desplazará al lector por decantados
paisajes del recuerdo, siempre a través de una
palabra limpia, libre de rebuscamientos, dispuesta a
empaparse de la reminiscencia y a encadenarse en
estructuras de lenguaje que encarcelen, con puertas
abiertas, las imágenes del pensamiento.
El ajuar de la memoria
La niñez, el barrio de la infancia, las vivencias
familiares, el amor que palpita desde las tardes
diluidas y los muertos que han ido abandonando el
camino, son evocados a través de los treinta poemas
que componen el libro. La estrategia de lenguaje y
el eje temático se entrelazan de forma coherente, de
manera que en ningún momento el lector queda a su
suerte en medio de las páginas.
Muy a menudo surge, sin embargo, un poema que se
perfila por encima de los anteriores, y allí el
poeta eleva más aún la experiencia estética. El
lector será capaz de detectar por sí mismo tales
poemas cuando transite por títulos como La paciencia
quebrada, Los tiempos fugaces, Los candiles (éste
inicia: Sobre tres candiles/ Una espuma de viento
sacude la/ sombra veloz que atrae pájaros cautivos),
La partida, Ciudad II, Interrogación III, donde el
escritor condensa el instrumento creativo.
En algunos momentos, la reminiscencia es captada a
partir de relaciones de pensamiento, más que de
evocación mediata de hechos pasados. Estos poemas de
carácter reflexivo los encontraremos en las tres
trilogías: Trilogía de los días, donde se poetiza a
partir de cierta clase de día que ha marcado la
memoria; Trilogía de los tiempos, en la que se
reflexiona la temporalidad consumida, y Trilogía de
las interrogaciones, donde la pregunta es el motivo
para rastrear respuestas a la existencia venida de
ayer y convocada por el hoy. En estas secciones se
alcanza, con mayor nivel de abstracción, la
filosofía sobre el tiempo y el ser que navega en el
remolino de sus manecillas.
Los júbilos íntimos, reunidos en una hermosa y
cuidada edición, nos convocan a un viaje por la
poesía. Es un libro bueno para leerlo de tardecita,
o al anochecer cuando los demás se han recogido.
PEDRO ANTONIO VALDÉZ