LITERATURA DOMINICANA

 

 

POLÍTICA DOMINICANA

 

LA CORRUPCIÓN ¿MAL DE MUCHOS?

FERNANDO UREÑA RIB

 

 

 

 

 

La corrupción ¿un mal de muchos?
 

Fernando Ureña Rib


Hace apenas unos días leí con tristeza y horror la declaración presidencial que establecía que de diez dominicanos ocho eran personas corruptas. Ignoro en qué estudios sociológicos, en qué estadísticas o reportes policiales se basaría tan devastadora declaración del primer mandatario, Ing. Agrónomo Hipólito Mejía. Pero me gustaría conocerlos, porque ese juicio implica que el ochenta por ciento de nosotros está envuelto en la delincuencia. Eso es grave. Nuestro propio presidente nos acusa, a la mayoría de los dominicanos, de dedicarnos a los actos dolosos y a los deslices morales propios de la falta de honradez.

Esa declaración oficial no fue un chiste ni un desliz. No podemos tomarla ligeramente, y como broma no me parece nada graciosa. Dado el principio de que quien calla otorga, aceptarla en silencio implicaría admitir que un gran porcentaje de la población dominicana está incriminada y por tanto, de hecho debería, estar en la cárcel. Eso dejaría en libertad a sólo un veinte por ciento de la población. Sólo dos entre diez, serían ciudadanos honestos, confiables y apegados con rigor a la ley entre quienes confiamos, por supuesto, se encuentre el presidente mismo.

Es paradójico que esa declaración fuera hecha ante la prensa, poco después de ciertas preguntas impertinentes sobre el sonado caso de corrupción que afecta a oficiales muy allegados a su persona, y sólo un par de días antes de uno de esos viajes presidenciales que se arman con la intención expresa de promover la bondad y la seguridad que ofrece nuestra tierra a la inversión extranjera.

Es paradójico, porque si el primer mandatario califica de corrupto al ochenta por ciento de sus gobernados, y desconfía de ellos, mal podría convencer a los inversionistas foráneos para que entreguen aquí alegremente su dinero.

También me causa horror que esa declaración apenas haya sido comentada en la prensa por nuestros políticos o por nuestros sesudos analistas económicos y sociológicos. Quien hizo la declaración no fue un predicador, ni un taxista, ni un anarquista. Señores, fue el presidente. Y me causa tristeza porque en labios presidenciales una declaración tal no estimula a los conciudadanos a elevar sus metas y a establecer cada vez más altos valores éticos, ni intereses y objetivos comunes. Los desmoraliza.

La frase es de un escarnio mayúsculo. Y es una afrenta para todos los dominicanos honestos. Contrario a la declaración presidencial, yo creo que somos muchos aquí los que nos esforzamos cada día en ganarnos el pan honestamente. Creo que somos mucho más numerosos quienes no aceptamos ni ofrecemos dádivas, quienes ni traficamos con drogas, ni lavamos dinero, ni evadimos impuestos.

Perdona mi ingenuidad o mi ignorancia, pero creo que los que se dedican a la corrupción son una minoría. Son unos cuantos avezados que hacen sus fechorías, se esconden tras una fachada de honestidad y cuando son descubiertos tratan de embarrar a todo el mundo. Pero es así. Como dice el adagio, cada quien juzga por su condición.

El caso es que la infortunada frase no consigue sino deshilachar aún más la precaria fibra moral de la gente común, del hombre de la calle que no tiene ni el más remoto acceso a las jugosas arcas del peculado. La frase coadyuva a aceptar como un hecho establecido que "somos así y así somos". Que nada podemos hacer para cambiar el curso de las cosas o para frenar la avalancha de podredumbre moral que se nos echa encima.

Y es triste, porque esa frase contribuye a aumentar la desconfianza. Y la desconfianza recíproca entre gobernantes y gobernados es el principal enemigo del desarrollo económico. Porque el ciclo de la corrupción es terriblemente falaz, pernicioso e interminable.

¿Qué garantías y qué seguridad ofrecen los gobernantes al contribuyente para que este pague honestamente sus impuestos y no se convierta en evasor y por tanto en delincuente? ¿Qué garantías y seguridad tiene el gobierno de que los contribuyentes y las compañías pagarán al fisco los impuestos establecidos por la ley? ¿Qué garantías tiene la sociedad de que no será defraudada por sus gobernantes en el uso que hará de esos fondos? ¿Cómo se garantiza que la ley misma esté libre de la manipulación y del oprobio y que no sirva para encubrir actos dolosos y amañados? Este es el eterno dilema de nuestros países.

Perdona, me siento muy molesto. Aún así entiendo y acepto que lo que en realidad el presidente ha querido decir es que el país atraviesa por una grave crisis moral. (A nuestro presidente debemos defenderlo y ayudarlo, parafraseando un poco sus atolondradas declaraciones y sus sórdidas bromas).

Lo que no entiendo y no acepto es su manera de enfrentarla, bajo la consoladora y enfermiza premisa de que se trata de "un mal de muchos."


 

FERNANDO UREÑA RIB

 

 

 

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Revisado: January 10, 2009
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