Danzas
órficas, la muestra que exhibe Fernando Ureña Rib en el Museo de Arte
Moderno, es un conjunto de obras donde la poesía, la música y la danza
aparecen concatenadas, fundidas. El conjunto recrea todo un escenario
de centelleante colorido y de honda expresión onírica. Ureña Rib es
fundamentalmente un pintor figurativo. Conscientemente se alejó de las
tendencias que marca la moda, mirando con desdén los afanes de las
vanguardias y transvanguardias. Fiel a la elección de ese derrotero, y
durante muchos años, la figura de la mujer continuó siendo el eje
central de su inspiración. Hoy, en su obra pictórica, ella gira,
poseyente y poseída, en torno a un universo impregnado de gran belleza
y lirismo.
Ahora
él r ecrea para nuestro deleite visual e intelectual, ciertos
mitos antiguos. Porque además de pintor y excelente narrador, Fernando
Ureña Rib es un estudioso de la filosofía, de la historia y de la
mitología. Retomando uno de sus temas favoritos de la teogonía griega,
Ureña Rib nos trae ahora su visión de la filosofía órfica. Aunque las
obras reflejan ese mundo, la connotación pictórica, sin embargo, es
independiente, válida en sí misma y puede ser juzgada con absoluta
independencia de los mitos que la inspiran.
Porque Danzas Órficas transmite aquellos principios y pureza de
sentimientos que caracterizan el tránsito de Orfeo, desde las
profundidades del Hades, en la búsqueda de su amada, la ninfa Eurídice.
Y en ese orden recordamos otra gran exposición del artista, Ninfas,
presentada en el Museo de Arte Moderno en 1996. Y es que estas
figuraciones son al mismo tiempo un estudio de la anatomía y de los
cuerpos en movimiento de la danza. En este caso, la danza es siempre
circular, es decir, infinita. Una danza perpetua de singular gracia
expresiva vincula la maestría de su ejecución a la riqueza de su
imaginería mítica.
Como
si se tratara de estudios para una coreografía imaginaria, la
disposición estructurada de los cuerpos, es enriquecida por el manejo
sabio de la pincelada, que va dictando el curso del movimiento con
trazos ágiles y rastros de color. El observador tiene la sensación de
vencer visualmente la estática propia del cuadro, porque estos
movimientos estimulan su fantasía. Los cuerpos se agitan, flotan y
vibran en ese universo de sueños y de encantamiento. Así Ureña Rib crea
otra realidad, que es una firme declaración a favor de la viva realidad,
de la presencia actual del mito y de los sueños.
La
conformación de los cuerpos en la obra de Ureña Rib sitúa al crítico en
un terreno de difícil catalogación, porque los elementos figurativos
funcionan más como mecanismos de relación entre espacio y forma que como
entes visuales autónomos. Estas fusiones contribuyen a subrayar el
anonimato de los personajes y se centran en las relaciones corpóreas.
Así, el movimiento en sí y el tránsito del color en los cuerpos es lo
que interesa al artista y es lo que él propone como finalidad de su
obra.
La
pasión por la música es otra característica destacada en la obra
pictórica de Ureña Rib. De ahí esa integración de los elementos propios
de esa disciplina, como ritmo, balance y la reiteración casi melódica de
ciertas líneas y juegos cromáticos. La música, a su vez, se funde con la
poesía inherente a las fábulas, creando todo un escenario pictórico que
se vincula con el espectador para que este sea tomado de las manos y
transportado a la antigua quimera órfica, a la insinuante danza de las
ninfas y se acerque, por decirlo así, a las inmortales fabulaciones
griegas.
La
pintura de Ureña Rib fluye como el río de la memoria. Fluye como fuente
de acceso a cierta verdad histórica, fábula maravillosa de los dioses,
semidioses y héroes de la antigüedad clásica, fundiendo las imágenes
dentro del marco de la más auténtica creación artística. Bien es sabido
que todos los pueblos, en algún momento, sienten la necesidad de
explicar los orígenes del mundo. Los griegos crearon prototipos de
fabulación que de alguna manera siguen vigentes hoy, como en los días de
su apogeo. Pero en cada obra de este pintor se refleja el sentimiento
profundo que existe en el alma de su hacedor, quien no sólo percibe la
presencia y contemporaneidad de los aspectos esenciales de las
mitologías antiguas, sino que los hace visibles para el gozo y la
reflexión del espectador.
No es
la primera vez que Ureña Rib nos sorprende. Su pintura es siempre
transformada con la inclusión de elementos nuevos que la enriquecen y la
hacen más sutil y sugerente. Sus grandes formatos, iniciados en el
estudio del artista en Miami, muestran el mismo equilibrio compositivo
que su obra menor, en la que los espacios son distribuidos en un orden
preciso.
En la
serie Órfica, que en el 2004 el artista presentara Montevideo gracias a
una invitación de la Biblioteca Nacional, y del Ministerio de Cultura
del Uruguay, se manifiesta esa misma capacidad de asombro. Se trata de
figuras orgánicas y biomorfas que resplandecen
contra un fondo oscuro como si se tratara de objetos escultóricos vivos
e iluminados. Estas imágenes se basan en el
relato del peligroso tránsito de Orfeo hacia las afueras del Hades, con
su amada Eurídice. Las formas cobran vida y se retuercen contra sí
mismas en palpitantes movimientos de espiral. Esta serie nos recuerda a
otra gran invención del artista, las Crisálidas, presentada hace ya
muchos años en el Museo de las Casas Reales. Como en aquella serie, aquí
se integran lo figurativo y lo abstracto con admirable resolución. En
estas obras, que expresan mayor libertad cromática, se advierte el
innovador manejo que el artista hace de las técnicas renacentistas del
claroscuro.
En
Ureña Rib la renovación es constante. No hay rompimientos, más bien el
seguimiento ordenado y el desarrollo de sus propios cursos de acción.
Durante muchos años he seguido de cerca de este pintor y he podido darme
cuenta del rigor, de la disciplina y de las exigencias que él mismo se
impone en el oficio de pintar y en cada proyecto artístico o literario
que emprende. Su labor creativa es apasionada, y su investigación
intensa. Sólo de esa manera ha podido lograr él una obra de gran solidez
y calidad plástica.
Otro
aspecto que merece especial mención, tanto en la serie Órfica, como en
las Danzas, es el de la sensualidad. La obra de Ureña Rib se
caracteriza por un sutil erotismo que a veces se desborda en sus formas
más abstractas u orgánicas. Esa sensualidad nos retrotrae, desde el
mundo de los griegos, a la esfera tropical y caribeña, porque refleja
mucho de lo que somos como cultura, como pueblo, en el que la
sensualidad es parte de la vida cotidiana y permea todas las cosas,
incluyendo los terrenos áridos de la economía y la política. La
sensualidad es lo que cubre el alma de estos cuerpos danzantes, alados,
plenos de magia y misticismo.
Aunque son fábulas de la Grecia antigua las que dan origen a la creación
de estas imágenes, estas se convierten a su vez en entes fabuladores y
el espectador se siente tentado a recrear a partir de ellas, sus propias
historias y fantasías. Ureña Rib no se detiene en el tiempo. Al igual
que Orfeo, su búsqueda es infinita y en esta muestra recorre ese espacio
entre cosmos y tierra, entre noche y luz, entre memoria y exploración,
entre magia y realidad, entre el sentimiento trágico de la vida, del
amor y de los sueños y la poesía o la danza que les sirven de testimonio
y los justifican.
JOSÉ
SALDAÑA