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LA DISECCIÓN Y OTROS
CUENTOS
de
FERNANDO UREÑA RIB
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LA DISECCIÓN
Fernando Ureña Rib
Conviene analizar la estructura orgánica
del pecado. Sí. Ponerlo sobre la mesa de disección e ir
descubriendo sus membranas, sus vasos capilares, sus
tegumentos, sus nervios, sus cartílagos, sus fluidos, su
orden molecular.
Usted verá que todo pecado se origina en la culpa. Que
la culpa solo es posible en presencia de la ley. Y a su
vez, la ley solo es posible en presencia de una
autoridad. La autoridad puede ser legítima o ilegítima y
en consecuencia la dichosa ley podría ser legal o
ilegal. Ley también cuestionable, puede ser juzgada como
buena o mala dependiendo de los servicios que preste al
orden, la vida en común y la convivencia urbana.
Y verá que las leyes generalmente se originan de dos
fuentes, una divina y otra humana. Cuando se trasgrede
la ley de los hombres, lo llamamos delito. El pecado
solo aplica a la transgresión de leyes divinas. Existen
también leyes de la naturaleza, como aquella de la
gravedad, o las de la selva; las del mar, cuyas
violaciones tienen casi siempre un castigo inmediato.
Al entrar a este punto puede que le sobrecoja el pánico,
el temor o la confusión. Asegure su bisturí y sus pinzas
y continúe la disección sin inmutarse. Recuerde que una
cosa es la ley y otra es su interpretación y aplicación.
El problema, el mal, radica en que los hombres se
esfuerzan en formular leyes divinas para las cuales
carecen de autoridad. También carecen de autoridad para
interpretarlas.
Ya estamos mirando los fluidos: El de la fe, el del
miedo. Nos damos cuenta de que hemos estado insuflando
fe y temor a fin de subsanar el problema de la
suplantación de la autoridad divina. Para sustentar esa
suplantación hemos creado libros sagrados, órdenes,
hermandades, iglesias, parroquias, rediles, cofradías,
escribas y profetas. Ahí están las jerarquías, los
cultos, las liturgias, los ritos, los santuarios, las
ofrendas.
Usted descubre el lado pavoroso: La Inquisición, la
Guerra Santa, las Cruzadas y tantas otras guerras
libradas en el nombre de Dios. Al otro lado de la espada
están el aquelarre, el festín, las riquezas arrebatadas
y las orgías. Ah... y el deseo. Lo olvidaba. El deseo de
la carne, el deseo de los ojos, el deseo de poder, la
avaricia, el tejido adiposo de la gula. En órganos
menores, apéndices y vesículas encontrará la hiel y
amargos venenos milenarios. Ya ve usted. Algunos dicen
que el pecado lo produce la falta de fe. No. ¿Se dio
cuenta? Es la falta de amor. Ahora vea cómo aumenta el
volumen sanguíneo. La hemorragia es profusa, extrema,
grave.
Retírese. No prosiga. La paga por el pecado es la muerte
y usted sabe que el paciente morirá de todas formas.
Utilice analgésicos, paliativos, drogas calmantes,
anestesia, morfina. Lave sus manos con agua abundante.
Tire la bata zafacón, póngase su traje de obispo, de
banquero o de teniente general. Salga al jardín y
líbrese de toda culpa. Usted ha sido perdonado.
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MUERTE AL PASO

Honorables Señores: Yo soy Orduff, el contador del Rey. Mis días transcurren
sin prisa en un húmedo sótano de palacio, en una rústica y fría taberna
donde el Rey y las sombras me visitan.
Los ejercicios de contabilidad son simples y se ejecutan con matemática
precisión a las primeras horas. Mii ayudante Malcuff y yo, nos ocupamos en
recibir los toneles, los odres y los cuencos que traen desde el alba los
campesinos de los viñedos al otro lado de las dehesas.
Me limito a emitir bonos reales, recibos, comprobantes fiscales y otros
documentos de cobro propios de la anquilosada burocracia real. Y digo
anquilosada, porque no es mi culpa que las barricas tarden meses y años en
ser pagadas a los feudos, quienes a su vez se dilatarán enternidades en
saldar a los campesinos. Según me cuentan mercaderes, plebeyos y la gente de
segunda que viene a visitarme por negocios el descontento es grande y los
dolores del hambre inaguantables.
Les aclaro que no tengo nada que ver con las arcas del rey. Solo me ocupo de
sencillos mecanismos de registro y control. Aunque durante las orgías ese
control se pierde y luego es preciso empezar de cero y reordenar los libros
trabajosamente. Todo, porque los jóvenes capitanes, ebrios y exaltados,
penetran en las bodegas, me echan a un lado, y saquean mejores vinos.
Me consolaba que en sus horas negras, ya hastiado de las injusticias y
trampas del poder, el Rey viniera a mí, a tomar cerveza y jugar ajedrez. Esa
tarde Malcuff rebanaba pan sobre un tablón y sajaba lascas del mejor jamón
con un afilado cuchillo de Solingen.
Mientras el Rey adelantaba sus peones y desarrollaba alfiles y caballos me
enteraba de las perversidades de la corte, de las prevaricaciones del clero.
Durante el juego medio (yo prefiero siempre las Negras) yo le contaba al Rey
llas miserias y agonías del pueblo. Cómo se revenden y se compran las deudas
y los créditos y cómo banqueros y usureros se quedan siempre con la mayor
tajada.
“Los vicios y enredos de la corte son repugnantes. Los hombres y las mujeres
adictos al poder venden su cuerpo y su alma a los infiernos por un poco de
oro, por un título o un blasón. Sacerdotes, obispos y cardenales trafican
con la culpa y el pecado, te venden el perdón y la ofrenda, te aseguran
copias falsas de las llaves del Paraiso.”
Escuchábamos al rey sin emitir juicio. Mi Reina y mis alfiles apuntaban a su
flanco. El Rey se protegió con un caballo eficaz que esquivaba y atacaba de
improviso. Yo sabía que era preciso sacrificar hasta la Reina misma a fin de
deshacerme de sus poderosos caballos. Pero en el ajedrez y en la vida uno
cae en medio de encrucijadas terribles. Malcuff observaba el juego y
escuchaba nuestra conversación con un silencio ansioso, mientras nos proveía
de jamón recién cortado y frutas frescas.
Debo dar testimonio de que Malcuff era un hombre intolerante e inflexible,
pero de fíar. Su mal carácter le habían granjeado enemigos. Había sido
amenazado desde todos los bandos. Los capitanes de la corte le acusaban de
rudeza, obispos, cardenales y curas lo culpaban de crueldad. Los usureros
temen su espada y los banqueros su boca. El Rey trató de acorralar mi Reina
con sus torres. Él me aventajaba ahora con dos tiempos y estaba dispuesto a
sacrificar cualquier pieza a fin de evitar el jaque mortal.
Malcuff afila su cuchillo y vuelve a servir cerveza espumante de los
barriles. Hacia el atardecer se oyó una tropelía y los capitanes del rey
entraron a buscar vino. Malcuff les cerró el paso. Sus orejas y su nariz
estaban enrojecidas y resollaba de coraje.
Estoy absorto en el juego. En esto un peón blanco ataca mi Rey. No tengo más
remedio que sacrificar mi Reina. El silencio de la taberna había sido
invadido abruptamente por estruendosas altercaciones, se desenvainaron
espadas. El alcohol y el poder ensordecen a los hombres. El caballo del Rey
ataca simultáneamente a mi rey y a dos de mis torres. Los hombres se pelean
por el vino, hay gritos, maldiciones, violencia, confusión. Levanto la
cabeza del tablero y veo que Malcuff se desangra sobre el tablón de madera
junto a la pierna de jamón. El Rey cae desnucado sobre el tablero. Las
piezas se desparraman. Les juro, honorables Señores de la Real Audiencia,
que no sé quién le dio a nuestro Rey la traicionera estocada mortal.
FERNANDO UREÑA RIB
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LA CUCARACHA, LA CUCARACHA
"La cucaracha, la cucaracha ya no puede caminar..."
Iba una cucaracha caminando rápidamente por una
emblanquecida acera de la Callé de Alcalá, cuando
súbitamente fue lanzada a la vitrina de una joyería
por un salpicón de nieve. Era el rojo Ferrari del
príncipe que resplandecía veloz en aquella inusitada
blancura de Madrid. La primera reacción de la
cucaracha, mientras se deslizaba vidriera abajo, fue
la de vengarse. Yo no lo sabía, pero las cucarachas
suelen ser vengativas y es preciso ejercer cautela.
Pero entonces ella observó que el vehículo dio de un
golpe un frenazo, retrocedió a gran velocidad y se
aparcó frente a la joyería. El esbelto príncipe
surgió del carruaje. Lucía un traje de pana gris y
encima un abrigo de piel negra orlado con armiño que
le sentaba muy bien. Abrió la portezuela y descendió
una joven hermosa a la que acompañó hasta la
joyería.
La cucaracha afinó las antenas y pidió por radio
recomendaciones a sus superiores en el claustro. La
frecuencia era muy alta y la recepción no era de lo
mejor, de modo que los mensajes llegaban
distorcionados hasta la cucarachita. Sin embargo,
las órdenes fueron precisas: No debía tomar acción
alguna sino simplemente grabar toda la escena con el
video de sus antenas, transmitirlo, si la calidad de
transmisión lo permitía o simplemente guardarlo en
el archivo de sus antenas y mostrarlo en la próxima
reunión del claustro.
El príncipe hizo que le mostraran a la dama algunos
broches, anillos, collares y prendedores engarzados
en oro y diamante. Rechazó zafiros, rubíes,
amatistas y esmeraldas. Ella buscaba un ágata.
Seleccionó un prendedor con incrustaciones de oro
blanco y filigranas de platino. El príncipe pagó en
efectivo e hizo que le envolvieran el regalo en un
fino y crujiente papel japonés rojo. Aquí la
grabación de video no es muy clara, porque las
antenas se mueven rápidamente y sobreviene una
súbita oscuridad.
Nuestra cucaracha comienza a oír entonces el
estridente ronroneo del motor del Ferrari. Cuando
logra ver de nuevo la luz, ella se encuentra en una
recámara real. Se oyen risas. Las mucamas han
abierto el regalo y colocan el ágata en la mesa que
está al lado de la tina. Mientras la princesa se
dispone a desnudarse y tomar un baño caliente, la
cucaracha sale disimuladamente del paquete, ubica
las oxidadas tuberías de la bañera e Intenta llamar
al claustro, pero la señal es muy débil,
imperceptible apenas. Ella imagina que está lejos
del radio de Madrid.
La princesa está a solas, sumergida en las aguas
burbujeantes de la tina, cosa que no le impide oir
el crujir de los goznes ni ver cómo se abren las
pesadas puertas de la recámara. Hunde su tierno
cuerpo rosado en el agua caliente. La cucaracha
llama al claustro. No hay respuesta. Llega el
príncipe. Se despoja del sable, de las medias de
tafetán gris, de los guantes y breteles. Cuando está
desnudo y a punto de zambullirse en la tina con la
joven, la cucaracha recuerda la imperdonable ofensa
de haberle arrojado con un sucio salpicón de nieve
sobre la dura e inhóspita vidriera de la joyería. El
príncipe está erguido frente a la joven dama. Ella
no se atreve a mirar aquello, pero mira su ágata y
recobra las fuerzas. Ella entonces se ase firmemente
del príncipe quien desciende con ella a las
profundidades de la gran bañera.
Otra vez la cucaracha siente en sus alas el
imperdonable salpicar del agua y se abalanza sobre
el príncipe en el mismo momento en que él intenta
besar los labios de la tierna princesa. El grito se
oyó en el cielo. Sonaron todas las alarmas y hubo un
gran desparpajo en el Palacio cuando príncipe y
princesa saltaron de la tina y corrieron desnudos y
horrorizados los pasillos del Escorial.
Sin embargo esa noche cenaron todos juntos como en
los buenos tiempos de la Corte de Felipe II.
Vinieron bufones, condes, vizcondes y lacayos y por
supuesto el rey, la reina y la cucaracha quienes se
apersonaron allí, al gran comedor del Palacio,
porque esa noche eran las fastuosas fiestas de
Navidad, y todos, absolutamente todos debían de
disfrutarlas.
Fernando Ureña Rib
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