Uno de los grandes nombres del arte italiano
de hoy lo es sin dudas el de Robert Scherer. Con un espíritu
renacentista, Scherer incursiona en campos diversos,
pintura, escultura, cerámica, vidrio, instalciones, gráfica
y muchas otras disciplinas relacionadas al campo de lo
visual. Nada le es ajeno. Scherer descubre en cada material
una forma de la trascendencia, de la inmanencia.
Su pintura insiste siempre en la
transformación, deformación, en la reformación y en la
reconstrucción de las formas. Su visión nos muestra otro
lado, oscuro quizás de la realidad cambiante y le otorga
nuevos giros inesperados, o nos mantiene alerta ante un
inminente destino que se abalanza sobre el ser humano con su
carga de muerte y de esperanza.
Este aspecto dramático y al mismo tiempo
lúdico de Scherer nos induce a la reflexión serena y a veces
hasta el paroxismo, porque a veces nos sentimos tentados a
danzar con sus figuras o sufrir con ellas su fama o su
ignominia.
La pintura de Scherer es siempre una
tentación, un pinchazo, un llamado o una puntura sobre la
herida lacerada del hambre, de la guerra o de la soledad.
La pintura de Robert Scherer nos empuja a
mirar lo que hay al otro lado de la montaña, al otro lado de
las apariencias.