| LA IMAGEN POÉTICA DE SALOMÉ UREÑA
En el proceso de elección de la palabra
poética, Salomé Ureña prefiere aquellas que llevan en sí ese
torrente de imágenes, táctiles, tangibles, sensibles que navegando
sobre el fluir de una rima serena se expanden en la imaginación
del lector y le transportan sutilmente a otros parajes, los del
sentimiento más hondo y puro que puede encontrarse en toda la
poesía dominicana.
Su sentimiento se hace nuestro. La convicción es tal que su
dolor nos aqueja con igual tortura o su placer o su inocencia se
aferran con similar fervor en el lector apasionado.
La imagen poética de Salomé Ureña alcanza, pues, esos estadios
interiores que padece toda mujer y que ella los sublimiza de tal
modo y con altura tal, que de pronto nos sentimos ser como sus
hijos, o su amado. Tal respuesta a la lectura de un poema no es
usual. El poeta tiende a tomar una distancia, describe, señala,
indica. Salomé Ureña canta para sí misma, en silencio, y ese rumor
intenso se desborda en la palabra poética.
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HORAS DE ANGUSTIA
(En la enfermedad de mi segundo hijo)
Sin brillo la mirada,
bañado el rostro en palidez de muerte,
casi extinta la vida, casi inerte,
te miró con pavor el alma mía
cuando a otros brazos entregué, aterrada,
tu cuerpo que la fiebre consumía.
En ruego entonces sobre el suelo frío,
y de angustia y dolor desfalleciente,
aguardé de rodillas ¡oh, hijo mío!
que descendiese el celestial rocío,
el agua bautismal, sobre tu frente.
Después, en mi regazo
volví a tomarte, sin concierto, loca,
de cabezal sirviéndote mi brazo,
mientras en fuego vivo
se escapaba el aliento de tu boca;
y allí cerca, con treguas de momentos,
el hombre de la ciencia, pensativo,
espiaba de tu ser los movimientos.
Pasaron intranquilas
horas solemnes de esperanza y duda ;
latiendo el pecho con violencia ruda,
erraban mis pupilas
de uno en otro semblante, sin sosiego,
con delirio cercano a la demencia;
y entre el temor y el ruego
juzgaba, de mi duelo en los enojos,
escrita tu sentencia
hallar de los amigos en los ojos.
¡Oh, terrible ansiedad! ¡Dolor supremo
que nunca a describir alcanzaría!
Al cabo, de esa angustia en el extremo,
reanimando mi pecho en agonía,
con voz sin nombre ahora
que a pintar su expresión habrá que cuadre,
¡salvo! -dijo la ciencia triunfadora
¡salvo! -gritó mi corazón de madre.
¡Salvo, gran Dios! El hijo de mi vida,
tras largo padecer, de angustia lleno,
vástago tierno a quien la luz convida,
salud respira en el materno seno.
Hermoso cual tus ángeles, sonríe
de mi llamado al cariñoso arrullo,
y el alma contemplándole se engríe
de amor feliz y de inocente orgullo.
Por eso la mirada
convierto al cielo, de mi bien testigo,
y, de santa emoción arrebatada,
tu nombre ensalzo y tu poder bendigo.
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SALOMÉ UREÑA DE HENRÍQUEZ
(1850 – 1897) |
Nació en Santo Domingo. Fue poeta y pedagoga. Todavía se le
considera como la figura central de la poesía lírica dominicana de
mediados del siglo XIX y también innovadora de la educación
femenina en su país.
Fue hija del también escritor y preceptor Nicolás Ureña de
Mendoza. Sus primeras lecciones las tomó de su madre Gregoria
Díaz. Más tarde su padre la llevó de la mano en la lectura de los
clásicos, tanto españoles como franceses. Debido a ello, la joven
Salomé alcanzó una educación y formación intelectual y literaria
que ayudaría a codearse con el mundo literario de su país a los
quince años. Se casó con el escritor, médico y abogado Francisco
Henríquez y Carvajal.
A los 20 años casó con Don Francisco Henríquez y Carvajal. Les
nacieron cuatro hijos: Francisco, Pedro, Max y Camila Henríquez
Ureña. Su tercer hijo, Max, llegaría a ser una de las lumbreras
humanísticas más destacadas de la América Hispana en el siglo XX.
Alentada por su esposo, en 1881 instituyó en la Isla el primer
centro femenino de enseñanza superior, nombrado Instituto de
Señoritas. A los cinco años de su iniciación, se diplomaron las
primeras seis maestras normales.
Publicó sus primeros poemas a la edad de 17 años. Su estilo nítido
y espontáneo se manifiesta muchas veces lleno de ternura, como
ocurre en El Ave y el Nido, en otras se vuelve trágico, como En
horas de angustia y otras veces su verso se torna viril y
patriótico como en A la Patria y en Ruinas. La poetisa cantó a su
patria, a su panorama hermoso, a sus hijos, a su esposo, a las
flores, a la isla misma, como ocurre en La llegada del invierno.
Murió relativamente joven a la edad de 47 años, debido a la
tuberculosis.
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