FÁBULAS URBANAS
CALDO DE TEATRO
Fernando Ureña Rib
Washington, 10 de Marzo
La prima noche lucía una luna llena
generosa. El Lincoln Continental negro serpenteó las riveras
plateadas del Potomac. Afuera cero grados centígrados. Dentro
el embajador dominicano, Dr. Roberto Saladín, pedía a Lizardo,
su chofer, que ajustara la calefacción a grados más benignos.
Íbamos con su familia a Arlington, al Teatro de la Luna. Era
el cuarto Festival Internacional de Teatro Hispano y un grupo
dominicano (Koldo Teatro) presentaba La Verdadera Historia del
Descubrimiento de América. A la entrada del Gunston Art Center
nos recibió Muriel Alfonseca, una joven dominicana que además
de participar como voluntaria trabaja en la sección de
protocolo del BID.
Unos días antes el director del festival, el reconocido
actor Mario Marcel, había luchado infructuosamente desde
Washington para que se le otorgaran visas norteamericanas a
los miembros del otro grupo dominicano invitado a participar
en el importante encuentro del teatro hispano. No hubo manera.
En el proscenio Mario Marcel lamentó la ausencia del grupo
dominicano Los Teatreros, del director Reynaldo Disla y de la
obra "Chicken Cordon Blue". Su sentimiento de impotencia no
impidió que nos sintiéramos molestos. Pensamos que esa
ausencia del Festival es inexcusable, teniendo nosotros una
flamante Secretaría de Cultura que bien podría avalar, frente
a cualquier Gobierno, a actores de tanta valía y larga
trayectoria. El embajador se hizo portavoz de esa preocupación
que atañe no solo a ese grupo, sino a todos los actores y
artistas dominicanos invitados a eventos internacionales.
Marcel dio la bienvenida al Koldo Teatro con su Verdadera
Historia del Descubrimiento de América. Koldo, quien escribió
la pieza y hace el papel de un desenfadado rey Fernando (cuyo
parecido físico con Joan Manuel Serrat es pura coincidencia) y
Karina Guerra representó a una Reina Isabel coja, maloliente y
sexualmente frustrada que leía con envidia, en veleidosas
revistas cortesanas, las nuevas sobre la fecundidad de los
sultanes que ocupaban Granada.
La fidelidad histórica no era lo importante. Se trataba de
una sátira cuyas incongruencias, y la apestosa camisa de la
reina, son el eje conductual de la obra y de los parlamentos,
impregnados de inteligente humor. Uno de los protagonistas de
la obra es, sin duda, el lenguaje. No la acción, que es
conocida y que es revertida y reinventada con el objetivo de
que nos reflejemos en un espejo distinto del que nos
impusieron los colonizadores.
El autor quiere que dudemos, que cuestionemos la consabida
historia del descubrimiento y sobre todo que reflexionemos
sobre la expoliación que sigue padeciendo América, ahora bajo
la influencia de los grandes capitales ocultos bajo el oscuro
manto de la globalización. La estratagema funciona. Un público
culto y amante del teatro participó en el juego que el autor
proponía. ¿Quién descubrió a quién? En la novela "El último
colombiano" se cuenta una historia muy parecida: Un cacique
indio se echa a la mar y descubre Europa. La óptica ética y
moral divergente se hace parte de la trama.
En este caso, el contraste del habla y de la mentalidad
entre colonizadores y colonizados se hace patente con la
aparición en escena de Micky Montilla en el papel del "Indio"
que descubre a los reyes católicos quienes se solazan en una
playa del litoral gallego. Esta primera parte de la obra es
sin duda la más jocosa, la de más impacto y la de mejor puesta
en escena.
El monólogo de la segunda parte mantiene vivo el interés y
Koldo se apodera del personaje, un Rodrigo de Triana beodo que
no avista tierra hasta que la nave encalla estrepitosamente en
las arenas de una isla.
La tercera escena es de difícil digestión y sus
incongruencias no se articulan entre sí con el mismo efecto de
la primera escena. El papel del Almirante, interpretado por
Montilla se limita a encajonarse en una improvisada estatua de
papel maché verde. Tampoco hay una línea de acción o de
diálogo que pueda ser seguida con facilidad. El humor de esta
parte es más físico que intelectual. Así el cura (Fernando
Castillo) desparrama agua bendita, toletazos e improperios
sobre la audiencia, y el marinero (Mirtha Martín) hace
gesticulaciones sexuales muy poco graciosas. La escenografía y
el soporte técnico de iluminación y sonido son elementales.
Creo que la obra ganaría mucho si este último acto es
revisado.
Al final un debate público demostró el interés del público
en un tema que sigue latente.
Fernando Ureña Rib