La
pintura del uruguayo Sergio Viera se exhibe en estos días
(febrero-marzo 2004) en las salas principales del Museo de Arte
Moderno, en Santo Domingo. La primera impresión impacta al espectador
por la contundente fuerza de las imágenes en su conjunto. Pero una
segunda mirada lo subyuga; porque además de la formidable visión
inicial, hay sutiles detalles, evanescencias, trasparencias,
pulsaciones, gestos, veladuras, y violentos contrastes que nos
refieren al mismo tiempo a la voraz arquitectura urbana, a la Casa
Tomada de Cortázar, a los escaques del ajedrez, a los esquivos
laberintos de los jardines bifurcados de Borges, a los blasones y
emblemas de los sombríos caballeros medievales, a sus pesadas
armaduras y a los resguardos y fetiches del hombre indígena.
Pero
no se trata de una pintura descriptiva o ilustrativa. Sergio Viera
utiliza señuelos, pequeñas trampas visuales y nos hace perseguir un
misterio que creemos se resolverá en el cuadro mismo, o en el
siguiente y que sin embargo sólo consigue avivar la intriga.
Pero
no se trata de esto ni de aquello. De lo que se trata,
verdaderamente, es de aproximarnos a una mente inquisitiva, a una mano
sabia y a una visión despejada que no ha perdido ese aspecto esencial
del arte, lo lúdico. Viera juega, propone, construye, decontruye con
una espontaneidad que no puede sino ser el registro táctil y visual de
una detenida reflexión frente al lienzo o la superficie virgen.
La
selección del título es ya, en sí misma, un acto creativo que refuerza
el concepto visualmente comunicado:"Celebración del encuentro", "La
posesión" ,"Espíritu del mar" Es entonces cuando advertimos el aspecto
narrativo de la imagen, que si bien no intenta atar los cabos sueltos,
los presenta; y es el espectador quien arma la historia como un
rompecabezas, quien la construye a su medida, quien se deja invadir
por el candor o la furia, por la pasión o la angustia de estas
imágenes que no hacen otra cosa que tirar del gatillo de la
imaginación, dejando que esta se dispare y ande sus propios e
inextricables caminos.
Particular mención merecen las piezas y objetos de Sergio Viera. Aquí
nos enfrentamos al puro y sencillo placer de las manos, del tacto.
Viera no olvida que el artista no es otra cosa que un labrador y
empuña sus buriles, afila sus gubias y nos ofrece ese regalo de las
manos que guardan detrás de su epidermis toda una memoria de táctiles
remembranzas que se remontan, quién sabe, a las antiguas
civilizaciones prehispánicas, a remotas migraciones de hombres que
combatieron el frío haciendo estrías, dando forma y pintando objetos
que no servían para ninguna otra cosa que para olvidar lo imponente de
la soledad.
Fernando Ureña Rib